¡Ups! ¡No me equivoqué! 149. DEMASIADA HUMILLACIÓN
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149. DEMASIADA HUMILLACIÓN

LILIAN:

Miro a Alessandro al pasar por su lado en la puerta de la consulta, todavía sin dar crédito a lo que me acaba de hacer.

El agravio que siento es tan grande que no tengo palabras para describirlo, y lo único que viene a mi mente, ofuscada, adolorida y rabiosa, es meterle un tiro entre ceja y ceja para abrirle la cabeza y ver qué tiene en ella.

¿Cómo fue capaz de hacerme esta tamaña humillación?

No puedo contener el llanto, mi lacerado corazón no comprende lo que ese ser que amo tanto le acaba de hacer. ¡Me engañó! Me llevó allí sin tan siquiera detenerse por un instante a preguntarme, a decirme sus dudas.

¡Maldito mafioso estúpido! ¡Aaaaaah…! ¡Te mataré, Alessandro Minetti, te mataré!

No dejo de gritar mientras conduzco a toda velocidad, sin importarme nada.

El claxon de un auto me hace darme cuenta de que Migue me sigue.

Pero no me detengo, no quiero hablar con nadie ahora.

Mis instintos en estos momentos son los de matar; quiero matar al desgraciado ese, que fue capaz de dudar de mí de esa manera.

¡Bastardo! ¡Cabrón mafioso ignorante! —grito e insulto contra él, sin dejar de conducir como una desquiciada hasta ir a parar con los autos que me perseguían antes.

No me importa, les paso por el lado como una flecha, siempre seguida de Migue; ellos, al vernos, comienzan a perseguirnos—.

¡Mafioso cavernícola! ¡Indigno de ser mi esposo, vil, grosero!

¿Mira que venir a hacerme eso a mí, a mí?

¡Me las pagarás, Alessandro Minetti, me las pagarás!

—¡Lili, Lili! —escucho a Migue que ahora se ha colocado a mi lado y me hace señas. Giro mi cabeza y es cuando me percato de que los enemigos casi nos alcanzan; son dos y se han abierto de ambos lados.

—Vamos a desprendernos de ellos y regresar, Lili —me pide y le hago señas de que se adelante, que yo lo sigo.

Él lo hace; sin embargo, yo freno de golpe y me meto en el medio de los dos autos que me persiguen, saco mi arma y le disparo a sus gomas, dando en el blanco, haciendo que vuelen dando vueltas por el aire.

Maniobro para escapar del de mi izquierda.

Migue ha disminuido la velocidad y me observa aterrado.

Le paso por el lado a mil. Reacciona y me persigue.

Nos detenemos, me bajo maldiciendo, disparo mi arma contra un árbol con odio hasta que la vacío completa y, aun así, sigo apretando el gatillo, como si fuera Minetti.

Migue viene corriendo y me abraza; dejo entonces que salga toda mi frustración, mi agonía, mi dolor en los brazos de mi mejor amigo, mi hermano.

Lloro, lloro y lloro, sintiendo que he sido engañada, traicionada, burlada.

Siento tanto coraje, enojo, frustración y dolor que no sé qué hacer con ellos.

—Lo que sea que te hizo ese hombre, Lili, no merece que te pongas así, mi amiga; vamos, ven conmigo —me pide Migue y me lleva a su auto.

Lo dejo hacer, porque ahora mismo no puedo pensar. Lo veo cerrar mi auto, tomando mi cartera; se sienta al volante y hace ademán de girar para regresar a casa.

—¡No, Migue, no quiero ir para la casa, no lo quiero ver! —le pido de inmediato. Porque si veo a ese hombre en estos momentos, lo mataré.

—¿Qué quieres que hagamos? —Migue me observa con el ceño fruncido, lleno de preocupación—. ¿Vamos para tu departamento o el mío?

—No, conduce rumbo al aeropuerto —dije decidida, no podía quedarme en Roma.

—¿Aeropuerto? —aunque pregunta, no se niega; inicia el auto rumbo a donde le he dicho.

—Espera un momento, Migue; ahora te explico —cierro los ojos un momento para tranquilizarme un poco.

Respiro una y otra vez, escuchando todavía los latidos de mi corazón.

Cuando al fin logro no echarme a llorar, trazo un plan en mi cabeza.

Aunque estoy muy molesta, no puedo olvidar que soy la Prima Donna de la Mafia Italiana.

Saco mi teléfono, tengo un montón de llamadas de Alessandro, pero las ignoro.

Le marco a Humberto, sé que están en el aeropuerto porque los mandó Alessandro en la mañana.

—Sí, señora —me responde al momento.

—¿Dónde están, Humberto? ¿Siguen en el aeropuerto? —quiero saber, tratando de sonar tranquila.

—Ya estamos terminando, señora. ¿Nos necesita? —ese hombre en verdad es uno de los que se puede confiar.

—Sí, los necesito a todos —respondo de inmediato—. Alista el avión, toma todo el cuerpo élite que quepa en él y espérenme.

—¿Qué quiere decir, señora? —cuestiona receloso—. Todos estamos aquí, nos mandó el jefe a recoger a los invitados de la boda. Todos cabemos en el avión del jefe. ¿Por qué nos pregunta eso?

—Porque yo mando, Humberto, ¡haz lo que te digo y prepárate ya! —no quiero gritar, pero estoy llena de rabia y desesperación, tan autoritaria como fuera posible mientras lucho por contener la lágrima que amenaza con volver a salir.

Humberto se quedó en silencio unos segundos. Podía sentir su confusión al otro lado de la línea, pero finalmente respondió como siempre: fiel y leal.

—Sí, señora —respondió nada más.

—Muy bien, entonces móntalos a todos. Llamen a otros que hagan su trabajo; ustedes se van conmigo —continúo ordenándolos—. Es una orden, son mi seguridad y están bajo mi mando. Los necesito en estos momentos.

—Sí, señora, ¿cuáles son sus órdenes? —su voz suena firme.

—Tienen prohibido decirle a mi esposo dónde estoy, ¿capisci? —es la otra orden que les doy. Tengo que castigar a ese terco hombre—. Sólo avísale tú que estoy bien con ustedes. Luego recoge todos los teléfonos y déjenlos en los autos.

—Como ordene, señora. ¿Está segura de que nos necesita a todos? —vuelve a preguntar.

—Sí, quiero el cuerpo élite completo, bien armado —seguí ordenando bajo la mirada asustada de Migue—. Saquen permiso de viaje para Rusia.

—¿A Rusia? ¿Qué vamos a ir a hacer allá, señora? —siento preocupación en su voz, pero no me importa, quiero irme lejos—. Es muy peligroso, todos nuestros grandes enemigos están allá, ¿no puede ser otro el destino? Estamos en guerra con ellos.

—¿Acaso parece que me importa que sea peligroso?

—mi voz se corta con un sollozo ahogado; siento que se me rompe algo por dentro, pero me mantengo firme.

Sus palabras solo logran que mi decisión se solidifique más—.

Me voy de aquí, Humberto. Prepárense y esperen mi llegada.

Y no te preocupes, no nos quedaremos, es solo para despistar a tu jefe.

—No estoy de acuerdo, señora, eso lo podemos hacer desde otro lugar. Soy su jefe de seguridad y debo avisar del peligro —respondió, muy serio—. Mejor vamos a España. ¿El jefe sabe de esto?