148. DECIDIDO A TODO
ALESSANDRO:
La revelación retumbó en mi mente como un eco. Miré a Rufo, con los ojos abiertos de asombro, preguntándome si él también había captado la magnitud de lo que acabábamos de escuchar.
—¿Has oído eso? —le murmuré, tratando de contener mi emoción.
—Sí, Ale. ¿Quiénes creen que sean? —siguió susurrando, todavía con el semblante concentrado—. Sigamos escuchando.
Las posibilidades se desplegaban ante mí como un mapa inexplorado. Desconocíamos mucho de todos los secretos de los dragones. Y estos dos personajes parecían conocer mucho más que nosotros.
—No lo creo, lo vi con mis propios ojos —aseguró con firmeza el segundo, haciendo que mirara las llaves en mi mano—.
Aunque metas la llave, si no dices eso, no se abre nada.
Todo lo contrario; se activan todas las trampas.
Así fue como murió su hermano. Ellos no lo mataron, él quiso entrar en la bóveda del oro, y fue tragado por una abertura en el piso que se abrió a sus pies delante de la puerta.
¿Bóveda del oro? ¿Qué quería decir con eso?
—Hablas siempre de esa bóveda de oro —gruñó el primero—. ¿Cómo no puedes acordarte dónde está? Hemos revisado todos esos pasadizos durante años y no hemos dado con ella.
—Ya le dije, su hermano no me dejó entrar con él —contestó lleno de frustración el segundo.
—¿Y cómo sabes que se lo tragó el piso? —Estaba seguro de que estábamos escuchando informaciones que nos ayudarían.
Rufo colocó un dedo en sus labios para que no hablara y siguiéramos escuchando. Como yo, se daba cuenta de que era importante.
—Porque lo dijeron los dragones. Que habían detectado a un intruso, que se lo había tragado una trampa en el suelo y pusieron la imagen sin enseñar dónde fue.
Lo hicieron para recordarles a todos que había trampas por doquier, que solo ellos sabían abrir —teníamos que atrapar a ese lenguas.
De seguro sabía mucho de todo esto—. Y es verdad lo que le digo.
El UNO tiene un teléfono negro que lo abre ese trabalenguas; ahí se encuentran todas las combinaciones y mapas de este laberinto y otros.
Es como una pequeña computadora que siempre traía la señora.
La adrenalina y la emoción de descubrir las verdades que necesitábamos para nuestra supervivencia eran emocionantes.
Seguimos escuchando con todo mi ser, decidido a desentrañar el misterio que se escondía tras esas voces y a salir de allí con la información que cambiaría nuestro trabajo para siempre.
—¿Y cómo no la encontramos? —quiso saber de nuevo.
—No lo sé, jefe, no lo sé —continuó el segundo—. Estará en casa del Uno; a lo mejor, como iban al mar, la dejó guardada.
Estaba seguro de que estaban hablando de mis padres; según mi abuelo, habían desaparecido en el mar. Seguí escuchando cómo decían que tenían que ver cómo infiltraban a alguien más en mi casa. ¡Condenados! Tenía que volver a revisar a todos de nuevo.
—No lo sé, jefe. Eso va a ser difícil. Ese que teníamos habló porque le cogimos a su señora, pero ya vio lo que hizo ella; se suicidó para que él no tuviera que hablar.
No ha vuelto a salir de esa casa a no ser que salga con el viejo Minetti —Rufo y yo nos miramos entre nosotros, sin poder creer de quién estaban hablando—.
Por cierto, él sabe de esos otros sitios en los museos.
Muchas veces se nos desaparecieron en ellos.
—¡Maldición! ¡Y los muy condenados prisioneros no sueltan la lengua! ¿Cómo pudo la mujer de Kenet ocultarse todo este tiempo y no la descubrimos? —La mención de mi suegra me estremeció; tenía que protegerla—. Me rompió todos los planes con Lesie. Fue imposible rebatir todas las pruebas que trajeron.
El corazón me latía con furia. La escena que se dibujaba ante mí era aterradora. ¿Y si ellos se enteraban de que mi mujer estaba sola ahí afuera? Era evidente que era un hombre impredecible con instinto criminal; no titubearía en ir detrás de ella.
—Rufo —murmuré—, necesitamos actuar rápido. No podemos permitir que se infiltre nadie más en mi casa. Desde ahora, la protección de mi familia es lo primero.
—Tienes razón, Ale —contestó, con determinación—. Con esa información podríamos tener la ventaja que necesitamos sobre los dragones.
Esa idea me revolvió el estómago. Tener el teléfono significaba conectar todos los hilos de poder que rodeaban el puesto del UNO. Pero no era el momento de dudas; el tiempo se agotaba. No podíamos salir y delatarnos; no nos quedó más remedio que seguir escuchando.
—Eso es cierto. ¿Qué va a pasar ahora con la esposa del jefe, el dragón rojo? Ya no podemos decir que no es hija de Kenet —cuestionó el segundo.
—Nos queda la segunda opción —rió el primero—. El tonto de Minetti ni cuenta se va a dar.
Mi mano instintivamente bajó hasta mi arma, pero Rufo me detuvo. No podíamos dejar que supieran que los habíamos escuchado.
—¿Cree en verdad que lo logremos, jefe? —Siguieron la conversación.
—¡Claro que sí, ese plan no puede fallar! Vámonos, aquí no hay nadie —señaló el primero mientras sus pasos se alejaban, aunque aún podíamos escucharlos.
—¿A dónde va, jefe? —preguntó de nuevo el segundo mientras el primero reía sarcásticamente.
Tenía que descubrir quién era ese que se hacía llamar jefe y que estaba detrás de mí y mi mujer. Mi sangre se congeló cuando escuché la respuesta.
—¿Adónde? A recibir a mi futura esposa. Me acaban de informar que se ha ido para Rusia —su risa se hizo más macabra mientras me aguantaba para no salir y volar su cabeza allí mismo—.
La están esperando con los brazos abiertos; esta vez no se me escapa, será mía para siempre y todo lo demás.
De nada le valió al dragón rojo esconderla de mí por tantos años; será mía.
—No debe estar seguro de eso —los pasos de ambos se detuvieron—. Sabes que el dragón rojo le hizo la marca de pertenencia del Uno.
—Yo seré ese Uno, nadie me la podrá quitar.
Minetti todavía no la presenta como suya, ni ha jurado y ahora ella lo dejó.
La vieron irse en el avión con muy pocos hombres, y el novio del Consiglieri, que es una preciosura, será un buen trofeo para mis hombres —la mano de Rufo se dirigió a su espalda en busca de sus cuchillos; lo detuve—.
Vamos, debes haber cometido un error, ellos se fueron ya. Tengo que volar a Rusia para mi boda.
—¿Quién le da todas esas informaciones? —quiso saber el segundo, pero no obtuvo respuesta.
Los escuchamos marcharse y nos miramos asustados.
Esperamos unos minutos más; coloqué el emblema en la marca en la pared que nos deja salir.
Volviendo a cerrarla, salimos raudos sin hablar.
Nos montamos en el auto y marchamos rumbo al aeropuerto mientras alertaba a todos nuestros hombres en Rusia para que recibieran a Lili y los demás en el aeropuerto.
—Jefe, ellos llegaron hace rato y desaparecieron. No sabemos para dónde cogieron —me informa uno de mis hombres de inmediato—. Humberto había llamado para decir que venían, pero no aparecieron, no hay rastros de nadie, y el piloto no escuchó nada.
—¿Sabes si los cogieron los enemigos? —pregunté con el corazón apretado.
No pueden haberlos atrapado, me dije, girando mi cabeza para ver a Rufo a mi lado con el rostro desfigurado por la agonía.
—Los perdimos, Ale. Los cogieron, jamás los volveremos a ver —exclama aterrado Rufo.
—¡No! ¡Arrasaremos con Rusia; buscaremos hasta debajo de la tierra, pero nunca renunciaré a encontrar a mi Lili! —prometí, decidido a todo—. ¡Jamás perderé a mi mujer!