¡Ups! ¡No me equivoqué! 147. EL DESCUBRIMIENTO
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147. EL DESCUBRIMIENTO

ALESSANDRO:

Lo miré con incredulidad. La angustia lo consumía, y eso me hizo sentir un dolor en el pecho.

La desconfianza normal en mi mundo había calado muy profundo en mí.

La imagen de su rostro consternado por el dolor y la desesperación, contrastaba con la siempre frialdad de la vida que llevaba, y verlo así me atravesaba como un cuchillo.

—Sí confío en ti, no es eso. Me daba vergüenza preguntarte, no sé Rufo, no pensaba con claridad, me sentí burlado —apreté con fuerza el hombro de mi amigo deseando que se repusiera—.

No te pongas así. Migue te ama, no te va a dejar.

Los vamos a encontrar y te prometo que cuando eso pase, iremos a su encuentro.

—Lili es un diamante Alessandro, ¿cómo es que no te has dado cuenta todavía que jamás vas a encontrarte una mujer como ella?

¿Por qué crees que te enamoraste de Lilian?

—Lo miré fijamente sin decir nada—. Es por eso, ella nunca te ha mentido, te dice siempre la verdad, la puedes leer hasta con los ojos cerrados, ¿cómo te iba a mentir en una cosa como esa tan fácil de comprobar?

Todo lo que decía encendía una rabia que ardía en mis venas. La impotencia me consumía, por no poder cambiar lo que había hecho.

—¡Lo sé Rufo, lo sé! —Gruñí sentándome frente a él—. Pero salió mi viejo yo: bruto, desconfiado, irracional y me cegué. Ya verás que los encuentro, Luci me prometió decírmelo mañana. Pero no podemos descuidar más todo lo demás.

Rufo asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, dispuesto a seguirme como siempre. Sabía que no podía subestimar a los enemigos que tenía en Rusia, pero también que tenía poderosos aliados allá.

—Está bien, pero iremos detrás de ellos en cuanto sepamos donde están, dejaré todo y me iré detrás de Migue, te lo advierto —se puso de pie respirando fuerte, para controlarse—. ¿Qué es ese baúl?

—Me lo dio Lili —me puse de pie y me acerqué—. Según era de Kenet, que tiene todas sus cosas adentro. Mira la llave aquí. También me dio este cofre, que dice que su padre le pidió a su mamá que me lo diera a mí.

Su interés lo hizo olvidar de inmediato todo lo demás y se acercó mientras me preguntaba si lo había abierto. Negué con la cabeza; con el escape de Lilian, todo lo demás lo había relegado. Además, acababa de verlo antes de que llegara.

—¿Lo abrimos ahora? —pregunté dudando.

—Abre el cofre —señaló la pequeña caja encima del despacho—. El baúl lo abriremos mañana.

—No sé cómo abrirlo, Rufo —confesé sinceramente—. ¿Quieres mirarlo?

—Dámelo —lo tomó y se puso a revisarlo—. Abre con tu anillo, Ale. Mira, colócalo aquí.

Hice lo que me pidió y se escuchó un clic. La tapa subió y en su interior había varias cosas, entre ellas un teléfono negro, una carta dirigida al dragón negro y algo muy importante que creímos perdido.

—No lo puedo creer —habló emocionado—. ¿Te das cuenta de lo que hemos encontrado, Ale?

—Sí, Rufo, me doy cuenta —sonreí con incredulidad—. Tanto tiempo buscándolo y mira quién lo tenía. ¿Qué más crees que tenga ese otro baúl?

—Lo averiguaremos en cuanto regresemos, vamos —nos dirigimos a la salida para ir a realizar la reunión—. Mira el mensaje, están reunidos todos los dragones esperando por nosotros.

Guardé el cofre, pero me quedé con el teléfono y un extraño emblema que encontré.

Me parecía que lo vi en alguna parte de esa cripta, junto a la llave maestra.

Al llegar, los saludé con normalidad, haciendo el mayor esfuerzo de no reflejar ninguna emoción; ellos entendieron el motivo.

Les explicamos que no podíamos arriesgar su seguridad.

Propusieron que lo hiciéramos en el lugar de siempre, pero me negué. Al marcharse todos, cerramos la puerta.

—¿Qué quieres hacer, Ale? ¿Para qué nos quedamos? —Pude ver que, como a mí, esta cripta no le gusta—. No perdamos tiempo y vamos a seguir a Migue y a Lilian. Ya arreglamos todo, podemos irnos sin preocupación.

—Lo haremos, Rufo, pero antes quiero comprobar algo. ¿Ves el emblema? Creo que lo vi por aquí. Sígueme, míralo aquí —coloco el que tengo en mi mano encima del que está en la pared. Lo giro; un ruido seco se escucha y toda la pared comienza a moverse, dando paso a otra cripta.

—¿Qué demonios? —camino hacia el lugar—. ¿Rufo, dime que estás viendo lo mismo que yo?

—Sí, Ale, también lo veo, también lo veo —exclama emocionado—. ¡Increíble!

Con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, entramos en la nueva cripta. La atmósfera era densa mientras observábamos a nuestro alrededor. Las luces tenues iluminaban el espacio.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, lleno de curiosidad.

—¿Trajiste la llave que encontraste? —cuestionó, también lleno de curiosidad.

Asentí mientras miraba la pared, buscando una cerradura. Rufo también se puso a buscar. Me indicó que buscara por el lado derecho de la bóveda, mientras él buscaba por la izquierda. De pronto, escuchamos un ruido.

—Sss, ¿cerraste la puerta? —susurró Rufo, viniendo a mi lado.

Dije que sí con la cabeza mientras trataba de escuchar lo que él había escuchado.

Había oído varios pasos. Me hizo señas de que lo siguiera en silencio para ver si podíamos entender lo que hablaban.

Caminamos sigilosamente hasta colocar nuestras orejas en la pared que se deslizaba.

En efecto, dos voces se escuchaban del otro lado.

—¿Y estás seguro de que el jefe y su Consiglieri no han salido? —preguntó la voz gruesa de un hombre.

—Te digo que se quedaron detrás —contestó otro que tampoco reconocimos—. Aquí no están. ¿Sabrán los pasajes secretos? ¿Tendrán las llaves que abren todo?

—No lo creo. ¿Ves el cuadro? Tiene la marca de que nadie lo ha movido. Esa es la entrada, no hay otra —contestó el primero, riendo mientras decía—: El jefe solo es de nombre, no conoce ningún secreto de esta cripta. Por eso tenemos que seguir con el plan.

—Señor, opino que seguir torturando a los otros no es correcto. Llevamos años en eso y no hemos logrado nada. Mejor será eliminarlos —Rufo y yo nos miramos sin entender de quiénes hablaban, pero decididos a averiguarlo y seguir escuchando.

El que parecía el jefe negó con vehemencia eliminar a los prisioneros, alegando que ahí donde estaban, nadie los iba a encontrar. A continuación, dijo algo que nos llenó de curiosidad.

—Tenemos que dar con el dragón blanco. Él fue el último que fue a ver al dragón rojo. Estoy seguro de que dejó todas las llaves con él, por eso se esconde —eso era realmente interesante—. Cuando lo encontremos, recuperaremos todo, entonces los eliminaremos.

—¿Y el trabalenguas? —preguntó el segundo.

—¿Qué hay con eso? —se molestó el primero—. ¿Sigues pensando que es lo que realmente abre todo?