144. EN PLENA LUCHA
ALESSANDRO:
Unos autos de nuestros enemigos, al vernos solos, comenzaron a acercarse rápidamente.
Desde el primer vistazo supe que eran los mismos que habían perseguido a Lilian; venían con las armas desenfundadas y la intención de matarnos escrita en sus rostros.
Rufo maniobró con habilidad y frenesí, girando abruptamente el volante para esquivar una embestida directa que casi nos arrastra hacia el costado de un edificio.
Las llantas chirriaron contra el asfalto, el olor a goma quemada llenando el aire. Sentí el auto dar una sacudida violenta mientras disparos consecutivos golpeaban nuestra parte trasera, tan cerca que el cristal se astilló con un crujido peligroso.
—¡Cabrones hijos de perra! —gruñí entre dientes, revisando rápidamente la carga de mi pistola antes de sacar la segunda arma del compartimento del auto.
—¡Van a cerrar el paso! —gritó Rufo, girando el volante con una violencia que hizo rechinar las llantas. El auto derrapó hacia un lado, y sentí el cuerpo pegarse al asiento cuando evitó por centímetros que nos encerraran entre dos autos negros que aparecieron por los costados.
Las ráfagas comenzaron a llover sobre nosotros, impactando primero en el maletero y luego cruzando los cristales traseros.
El sonido de los disparos era ensordecedor.
Sin pensarlo dos veces, saqué el arma larga de debajo del asiento.
Me giré, apoyé una rodilla en el asiento y alcé el arma.
Con un ruido sordo, disparé contra el parabrisas del auto enemigo que estaba a nuestra derecha.
No tenía tiempo de apuntar con precisión, pero uno de los disparos logró estrellarse contra el vidrio justo frente al rostro del conductor, rompiéndolo en mil pedazos.
El auto zigzagueó un poco, pero no se detuvo justo a tiempo para ver cómo mis hombres llegaban ante el llamado de Rufo, que conducía con gran destreza.
—¡Dirígete a la casa! —ordené al ver cómo escapaban seguidos por algunos de mis hombres, mientras otros nos rodeaban—. Estamos a salvo.
Respiré hondo y bajé la mirada. El corazón me latía con tal fuerza que casi podía sentir su eco en mis oídos.
Esto no era solo un enfrentamiento. Era una declaración de guerra, y mi mujer estaba afuera en algún lugar del mundo, fuera de mi protección.
Esas ratas habían aprovechado su oportunidad, y yo, Alessandro Minetti, no iba a dejar que me cazaran como a un simple animal.
Pero ahora no era el tiempo para encargarme de ese asunto. Dejaría al Pelirrojo a cargo.
Cuando al fin nos detuvimos al cruzar el portón de mi casa, sentí la mirada interrogante de Rufo.
—Ayer, en medio de la locura, la hice mía —confesé con la verdad—. Pero hoy, al no ver sangre en el camisón con que nos limpiamos, empecé a sospechar, a sentirme burlado y traicionado por Lili.
Rufo levantó las cejas ligeramente, sin dejar de mirarme interrogante. Lo conocía lo suficiente para saber lo que atravesaba su mente: no juzgaba, simplemente escuchaba. Me tensé. Esa maldita calma suya a veces me desesperaba.
—No entiendo. ¿Por qué sentiste eso? —Su naturalidad al escucharme sabía que venía de su experiencia como doctor—. Hay mujeres que no sueltan sangre en su primera vez.
—Lo sé, Rufo, ahora lo sé —suspiré con gran pesar—. Pero es demasiado tarde, el daño ya está hecho.
—¿Qué quieres decir? ¿No me digas que trajiste a Lili a esa clínica para comprobar si era virgen o no? ¿Dime que no lo hiciste sin hablarlo con ella? —¿Qué podía decirle? Bajé la cabeza abochornado.
Recorrí el lugar con la mirada por puro hábito, identificando cada rincón, asegurándome de que todo estaba exactamente como debía estar. Pero por más que traté de concentrarme, no podía borrar de mi mente lo que había hecho.
—¡Sí, sí lo hice, lo hice, Rufo! —Esquivaba su mirada, no podía mirarlo a los ojos por ni siquiera confiar en él—.
Te juro que no sé qué me entró. No sé por qué pensé que ella me estaba engañando, mintiéndome con eso.
Me entraron unos celos locos de que hubiera sido Andrea quien la tuvo en su primera vez y no yo.
¡No me mires así! ¡Lo sé, fui un estúpido celoso y ahora la perdí!
Suspiré con fuerza, pasándome una mano por el cabello. No podía quedarme encerrado mientras esa duda me carcomía. Estaba equivocado, pero ahora no ganaba nada con lamentarme.
—¿Por qué no me preguntaste a mí, Alessandro? —Sabía que me preguntaría eso, era mi mejor amigo y doctor—. ¿Por qué no lo hablaste con Lilian?
—No sé, Rufo, no sé por qué me cegué y fui directo a esa clínica —cerré los ojos recordando la mirada que me había dedicado Lilian, llena de dolor e incredulidad—. Perdí a mi Lili, la perdí, ella no me va a perdonar que le hiciera eso, no lo va a hacer, Rufo.
—Yo tampoco te perdonaría —señaló molesto mientras cerraba de un portazo—.
Vamos ahora al despacho, tenemos que suspender todo.
Diremos que es por el ataque que sufrimos, lo realizaremos el próximo mes si logramos encontrar dónde están, y si ella quiere volver contigo.
Porque yo, en su lugar, ¡jamás te volvería a mirar la cara!
Lo observé, estaba furioso, entramos al despacho sin dejar de marcarle a Miguel, que no le toma la llamada. Maldice y tira el teléfono con furia contra el sofá.
—¡No sé lo que vas a hacer, Alessandro, pero encuéntralos! Nunca voy a ir en contra tuya ni te voy a abandonar; pero Miguel es el amor de mi vida, haz que regrese o me voy a morir —lo miré con incredulidad al ver sus ojos cristalinos y una gran expresión de desesperación en su rostro.
No sé qué decir, jamás había visto a mi mejor amigo así. Me siento doblemente culpable por hacerle esto a todos. Por ser bruto, por dejar que mi antiguo yo y todas mis inseguridades se apoderaran de mí y llevara a Lilian a hacer tal locura.
—Doctor Rufo, venga a ver al señor Minetti —se escucha la voz de mi suegra. Me mira, asiento y lo veo marcharse.
Tomo el teléfono de nuevo, llamo a todos los que creo que se fueron con ellos. Para mi sorpresa, ninguno de ellos toma la llamada. La puerta se abre y veo a la señora Libia, entra y me mira en silencio.
—Lili me acaba de llamar, dice que está bien, que necesita un tiempo a solas. Que no la busquemos, que confía en que sabrás cuidar de nosotras hasta que regrese —mi suegra se detiene sin dejar de mirarme interrogante—. ¿Qué está pasando, Alessandro?
—Nada, señora Libia, nada —rehusé responder.
—Si no quiere decirme, no insistiré —la escuché decir con suavidad—. Pero, por favor, encuéntrala y cuídala. Sabes que está en un gran peligro ella sola allá afuera. Tome, eso llegó hace media hora.
Miré el sobre que me daba mi suegra con un sello que conocía demasiado bien. Lo abrí de inmediato, ¡esto no podía estar pasando! ¡Era imposible!