¡Ups! ¡No me equivoqué! 143. LA PERDÍ
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143. LA PERDÍ

ALESSANDRO:

Miro cómo Lili se aleja en su auto, seguida por Migue, que se ha montado en el de Rufo y la persigue.

Mi mejor amigo se ha quedado mirándonos a todos sin comprender nada, hasta que corre a mi auto.

No sé qué hacer, ¿por qué diablos hice eso?

¿Qué me importa a mí si es virgen o no? La amo con todo mi ser.

—¡Monta, Alessandro! —me regresa a la realidad el grito de Rufo al volante de mi auto. Lo hago al tiempo que salimos a toda velocidad detrás de ellos.

—¡Pelirrojo, pelirrojo! —escucho a Rufo, mientras intento llamar a Lili, que no me responde, y lo comprendo, ahora es que me doy cuenta de lo que hice.

Su bello rostro cuando me dirigió aquella mirada cargada de dolor me hizo darme cuenta de lo que le había ocasionado—. ¿Para dónde cogieron, los ves?

—No, señor, se nos perdieron —responde enseguida—. Nos pasaron a una enorme velocidad por al lado.

—¡Maldición! ¿Qué fue lo que hiciste, Alessandro? ¿Por qué vinimos realmente a esa clínica? ¿Por qué Lilian salió llorando? —pregunta furioso Rufo al tiempo que trata de contactar con Migue, sin resultado.

Bajo la cabeza, concentrado en conectar con todos mis hombres que la cuidan. No le contesto, porque la vergüenza que siento de mí mismo, de mi proceder, no me deja. Seguimos conduciendo como locos tratando de encontrarlos, hasta que mi teléfono suena.

—Jefe, es Humberto —respiro aliviado al escucharlo—. No se preocupe, la señora Minetti está con nosotros, Miguel nos avisó y vino a nuestro encuentro, pero ella nos ordenó que no le digamos dónde estamos. La cuidaremos, jefe, la cuidaremos bien.

—Humberto, ¿dime dónde están? —exijo de inmediato.

—Lo siento, jefe, usted mismo me lo hizo jurar —me recuerda, haciendo que mi sangre hierva—. Mi jefa es la señora Minetti, no puedo desobedecerla ni siquiera por usted. Son sus propias órdenes.

—¡Maldición, Humberto, olvida lo que te dije! —grito a toda voz—. ¿Dime dónde están ahora?

—No puedo, jefe, no puedo. Usted nos hizo jurar con sangre que, aunque nos matara, jamás debíamos traicionar las órdenes de su señora y pretendo cumplirlo —no lo puedo creer. ¡El desgraciado es tan leal que cumple a cabalidad lo que le ordené!

Nunca me imaginé encontrarme en esta situación en que mis propias órdenes se tornaran en contra mía. Mis mejores hombres, los más leales, me están retando. Soy el Capo de todos los capos, ¡el UNO! ¿Cómo pueden no decirme dónde está mi mujer?

—¡Humberto, juro por Dios que si no me dices en estos momentos dónde está mi mujer, te meteré un tiro en la frente en cuanto te vea! —lo amenazo a toda voz, fuera de control.

—Hágalo, jefe, es su derecho —contesta con la misma paciencia y serenidad de antes—. No faltaré a la palabra ni al juramento que le di. Jefe, de veras lo siento, pero le juro que está bien. Me llevé a todo el cuerpo élite, y señor…, no creo que haya boda mañana, estamos saliendo de Italia.

Aparto el teléfono de mi oído. Nunca creí llegar a este punto.

Nunca creí que mis propias palabras se convertirían en una jaula para mí.

Pero aquí estoy, enfrentándome al hierro de los juramentos que forjé y siendo víctima de la lealtad implacable que exigí de mis hombres.

Tomo aire antes de llevar el aparato a mi oído de nuevo.

—¡Cuídalos muy bien! ¡Que no les falte ni un cabello, Humberto, o los mataré a todos!

¿Me escuchas? —ordené con firmeza—. ¡No dejes que atrapen a mi mujer, porque no tendré piedad!

¡Y cuiden de Miguel tanto como de ella! ¿Capisci?

Y utiliza todos nuestros recursos, no escatimes, Humberto, hagan todo lo que ella decida, pero cuídala bien.

Mis manos se aferran al asiento hasta que los nudillos se ponen blancos. Mi cabeza bulle de pensamientos caóticos, pero hay uno que sobresale: encontrarlos. A ella. Mi Lili. La necesito de vuelta.

—Lo haremos, jefe, tiene nuestra palabra, daremos la vida por ellos —lo escucho y sé que lo hará. Humberto es el mejor hombre que he tenido a mi lado.

—Daré orden de que por donde quiera que vayan les hagan caso —seguí planeando su seguridad, muy a mi pesar—. No obstante, si pasa algo que vaya más allá de lo que ustedes puedan solos, prométeme que me avisarás.

—Le doy mi palabra, jefe —respiré aliviado al escuchar esa promesa.

Lanzo mi teléfono contra el piso, mientras choco mi cabeza contra el frente del auto. Rufo, al verme, se detiene.

—¡¿Dime qué hiciste, Alessandro, a ver si te ayudo a arreglarlo?! —cuestiona Rufo con cautela, mirando de reojo cómo restriego mis manos contra mi rostro en un intento fútil de controlar la ira y la frustración.

—¡Humberto me está retando, Rufo! ¡Un jodido reto del hombre más leal que tengo en este maldito planeta! —golpeo el reposabrazos, y el crujido de la madera me llena los oídos, alimentando mi furia—. ¿Cómo puede atreverse? ¿Cómo puede atreverse a usar mis propias órdenes contra mí, justo ahora?

Rufo suspira pesadamente, apretando los dientes. Sé que no todo está perdido, pero por primera vez siento esa sensación venenosa de que mi control, que siempre ha sido absoluto, está tambaleando.

—¡Deja eso y acaba de decirme qué le hiciste a tu mujer! Se llevó a mi pareja con ella, ¿qué hiciste? —insiste Rufo en el tema.

Cierro los ojos, apretando los párpados con furia. No hay forma de esconder la enorme estupidez que cometí: yo obligué a mi mujer a pasar esa vergüenza por mi inseguridad.

—¡La perdí, Rufo, la perdí! —el dolor al decir tal cosa me aprisiona el pecho.

—¿Qué locuras dices? —el auto da un vuelco porque Rufo casi pierde el control del volante—. ¡Alessandro Minetti!

—Le hice algo muy malo, Rufo —me avergüenzo de mí mismo—. No sé ni por qué lo hice, a mí no me importa si es verdad o no, pero lo hice.

—¿Qué hiciste, acaba de hablar? —el frenazo que dio Rufo me hizo aguantar con fuerza—. ¡Migue se fue con ella, Alessandro! Lo sabes, no puedo concentrarme si no sé dónde él está, así que habla si no quieres que te entre a golpes hasta que me lo digas.

Miro por la ventanilla cómo todo pasa a toda velocidad. Roma desfila ante nosotros, pero mi mente está atrapada en sus ojos, en esa mirada cargada de dolor que nunca había visto en Lilian. Ella, mi mundo entero, se sintió dolida ante mi enorme desconfianza. ¿Cómo voy a lograr que me perdone? ¿Cómo?

—La perdí, perdí a mi Lili —repetí mientras encuentro el valor de contarle lo que hice. ¿A dónde se iría? Tengo que encontrarla y hacer que me perdone. Levanto la mirada justo a tiempo: —¡CUIDADO, RUFO!