¡Ups! ¡No me equivoqué! 142. UN DESCUBRIMIENTO INSÓLITO
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142. UN DESCUBRIMIENTO INSÓLITO

LILIAN:

La doctora soltó un suspiro con una media sonrisa que no me hizo gracia en absoluto y luego, respirando profundamente, se inclinó un poco sobre la mesa, mirando a Alessandro directamente a los ojos.

—Muy segura, señor Minetti, su esposa no tiene de qué preocuparse —dijo con una serenidad exasperante.

Los observo a ambos, sintiéndome como una espectadora en una obra cuyo idioma no entiendo. ¿De qué se supone que no debo preocuparme? Mi paciencia estaba llegando al límite.

—¿Preocuparme de qué? ¡Soy una maldita doctora! —espeté, sintiendo que mi sangre empezaba a hervir de frustración—. Alessandro, ¿puedes explicarme a qué me trajiste aquí?

Pero él, como era costumbre, no respondió nada.

Esa costumbre suya de ignorarme cuando más necesitaba respuestas empezaba a sacarme de quicio.

Imposible no notar cómo mantenía la mirada fija en la doctora con esa expresión impenetrable y dominante, queriendo extraer toda la verdad directamente de su boca sin necesidad de palabras.

Finalmente, su mirada se desvió hasta mí. Aquellos ojos oscuros, indescifrables e intimidantes como el mismísimo juicio final, se clavaron en mí. Podía sentirlo desnudándome con la mirada, escudriñando cada pequeña reacción, evaluándome minuciosamente. Y, demonios, ¡eso me trastornaba!

No sabía qué era peor: si su silencio sepulcral mientras me miraba, negándome la seguridad de sus palabras, o el hecho de que no podía leer lo que estaba pensando.

Alessandro era un enigma que muchas veces me hacía desear gritarle en la cara, arrancarle ese aire de superioridad y decirle que, de no hablar ahora, iba a arrepentirse.

Apenas abrí la boca para insistir, pero entonces la misma doctora interrumpió mis pensamientos.

—Señora Minetti… —me llamó la doctora.

Sin embargo, la mirada fría de Alessandro se dirigió a ella de inmediato, en tanto yo giré la cabeza automáticamente hacia ella, aunque con más rabia que otra cosa.

—Usted, como muchas otras mujeres, lo que tiene es un himen complaciente —dijo con una expresión de torpe amabilidad.

Me quedé en shock. ¡¿Qué dijo?! ¡¿Himen complaciente?

! ¿Qué demonios significa eso? ¡Claro que sé lo que significa, pero no el motivo por el que estoy aquí, condenada, pasando esta vergüenza!

La sangre subió a mi rostro y abrí la boca para decir algo, pero las palabras simplemente no salieron.

Era mediodía, pero para mí todo se oscureció por un instante.

—¿Perdón? —inquirí casi en un grito, mis mejillas ardiendo como brasas—. ¡¿Himen complaciente?! ¿Es una broma? Porque, si lo es, no tiene ningún chiste, ¿me entiende? Alessandro, ¿qué demonios estamos haciendo aquí?

Dirigí una mirada furibunda hacia Alessandro, esperando alguna clase de explicación, pero, para variar, él seguía ahí, inmóvil, como una estatua imponente.

Su mandíbula estaba apretada, sin mirarme, sigue concentrado en escuchar lo que explica la doctora.

Pero mi furia va en aumento: ¡no puedo creer que me haya traído a revisar sin hablar conmigo, solo porque al parecer se dio cuenta de que no eché sangre y que entró sin problemas en mí!

La doctora, ajena a mi incomodidad o quizás simplemente acostumbrada a ese tipo de reacciones, aclaró su garganta y me miró con condescendencia.

—Señora Minetti, por favor, cálmese —la escucho decir y la comprendo; ella no tiene la culpa de nada, como doctora que soy debo comportarme.

Suelto todo mi aire y me siento de nuevo frente a la doctora, aguantándome las ganas de matarlo, respiro profundo una y otra vez, mientras la escucho como Alessandro le pregunta:

—¿Himen complaciente? ¿Qué significa eso, doctora?

Me obligo a permanecer sentada mientras siento cómo mi rostro se pone colorado, no de la vergüenza, sino de la furia que me está cegando al punto de querer meterle un tiro entre ceja y ceja.

¡¿Cómo se atrevió a hacerme esto sin siquiera consultarlo conmigo?

! ¡¿Cómo?! Respira, Lilian, respira, no dejes que la doctora se dé cuenta.

—El himen complaciente, señor Minetti, sé que muchos hombres no saben de eso; creo que todos, incluso las mujeres, no lo saben —ella no dejaba de mirarme con actitud preocupada.

Sé que la doctora se había percatado de que mi esposo me había traído sin mi consentimiento, sobre todo al escucharme decir que era doctora, por eso se concentró en explicarle a él.

—Señor Minetti, en muchos casos cuando ocurre la penetración por primera vez, muchos hombres, al no obtener lo que se espera —se detuvo lanzándome una mirada—.

Quiero decir, lo que las películas han hecho creer a todos: la sangre, los gritos, la incomodidad de la mujer.

Todos, sin excepción, creen que su mujer los ha estado engañando, que les ha mentido y que no es virgen.

Y es todo lo contrario; la mujer que tiene un himen complaciente puede permanecer virgen incluso después de muchas penetraciones, hay quienes solo se les rompe el himen a la hora de parir.

—¿En serio? —Ahora la sorpresa era evidente en la voz de Alessandro, mirándome ahora detenidamente.

Aprieto mis manos sobre los folletos sin mirarlo ni una sola vez.

Mi furia es tan grande que llego a palpar mi arma en mi cadera.

Respiro, respiro, respiro y respiro para no cometer una locura.

Pienso en mi hermana, en mi mamá, en el gran amor que le tengo a este hombre que me está haciendo tamaña humillación.

Y me aguanto, me aguanto todo lo que puedo.

—Sí, su esposa tiene un himen complaciente. Así que a lo mejor solo necesita esforzarse un poco para que se rompa —sonríe la doctora, ahora haciendo que Alessandro se ponga colorado—. También puede que se vaya rompiendo de a poco y que existan pequeños sangrados cada vez, pero no siempre.

Conocía cada cosa que ella decía, pero mi cabeza comenzaba a llenarse de cientos de preguntas al escuchar que yo poseía un himen así tan inusual.

Por un segundo, recordé la noche anterior con Alessandro, los susurros, los besos, sus movimientos expertos y esa chispa de electricidad que sentí cuando su boca recorrió mi cuello.

—Existen diferentes tipos de himen, y hay quienes no nacen con ellos —prosiguió ella explicando, y al ver que fruncía el ceño se dirigió a mí—.

Así que, señora Minetti, no se preocupe; aunque tuvo relación sexual con su esposo, sigue siendo virgen.

Y puede que permanezca así durante un tiempo, sentirá ciertas molestias cuando comience a romperse, pero nada que le impida disfrutar.

Creo que sí es verdad que usted es doctora; conoce a lo que me refiero.

Pero yo resumí todo lo que aparece en los libros de medicina en esos folletos por si tiene alguna duda.

Tomo los folletos al tiempo que me pongo de pie y me obligo a sonreírle a la doctora. Le extiendo mi mano y se la aprieto, dándole las gracias. Luego salgo por la puerta que me tiene abierta Alessandro, que no se atreve a mirarme a los ojos.

—Lili… —no lo miro, salgo corriendo a toda prisa con las lágrimas a punto de rodar por mis mejillas.

Es tanta mi furia, mi vergüenza, la humillación, el agravio que me ha hecho sentir el hombre que más amo en esta vida, que mis lágrimas ruedan y se desbordan, corriendo libres por mis mejillas y sé que tengo que alejarme o lo voy a matar.

Al fin salgo al exterior frente a Rufino y Migue, que al verme lo suelto y vienen a mi encuentro.

—¿Lili? ¿Qué tienes? —cuestiona Migue al verme llorando.

Un sollozo se me escapa, lo miro diciéndole que no con la cabeza mientras lo empujo. De un salto, me monto en mi auto y salgo chirriando gomas a todo lo que da, mientras escucho los gritos de Migue: —¡¿Qué le hiciste, Alessandro, qué le hiciste?! ¡Lili, Lili, espérame!