¡Ups! ¡No me equivoqué! 141. UNA CONSULTA SIN ANUNCIAR
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141. UNA CONSULTA SIN ANUNCIAR

LILIAN:

Por un segundo, creo que va a contestar, que estaremos atrapados en ese eterno tira y afloja que caracteriza nuestra relación, donde él me esconde todo lo que le sucede. Pero, en lugar de eso, cierra los ojos y suelta un suspiro largo y cansado.

—Ven conmigo —dice al fin, llevándome suavemente del brazo.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Qué tienes? —Me detengo para observarlo muy preocupada, recordando que no estaba en la cama cuando desperté—. ¿Por qué no dejaste que Rufo te examinara?

—Estoy bien, no se trata de mí, vinimos por ti —dijo con un tono venenoso que me eriza la piel.

—¿Por mí? Estoy bien, Ale, no me tiene que revisar nadie —protesto, no puedo creer que se haya asustado tanto al punto de traerme al médico—. Además, Rufo está allá afuera.

—Lilian, por favor, deja que te vea la doctora —me toma por el brazo y abre la puerta.

Lo detengo antes de introducirnos en el consultorio. Me pongo de puntillas y lo beso en los labios; no me corresponde y eso me desconcierta. Parecía estar realmente furioso esta vez conmigo. Lo suelto y acepto.

—Está bien, está bien. Si eso va a hacer que te tranquilices, lo hago.

Deja de estar molesto, amor, por favor. No me pasó nada; los autos de los enemigos no son tan potentes como el mío, los dejé atrás enseguida —digo sintiéndome cada vez más nerviosa al ver a Alessandro tan serio—.

Así que cambia esa cara, te prometo que dejaré que sigas con lo que empezamos ayer, ¿sí?

Tengo que comprobar si lo que dijiste es verdad, ji, ji, ji...

Anoche me dormí con mamá y hoy te levantaste muy temprano.

Lo abrazo y beso en el cuello lentamente, con la intención de calmarlo, de derretir esa expresión fría y molesta que tiene. Pero, para mi sorpresa, él simplemente se aleja de mí y, sin decir palabra, me señala que entre.

Sigo sus instrucciones y entro al lugar que me indica.

Mis ojos recorren el espacio y, de inmediato, me doy cuenta de que estoy en un consultorio ginecológico.

Me detengo en seco y mis pensamientos comienzan a desbordarse.

¿Qué diablos pasa? ¿Por qué Alessandro me trajo aquí sin siquiera mencionarme nada de esto?

Por un momento, pienso en cuestionarlo, en soltar una de mis típicas rabietas impulsivas, pero algo en su mirada, fría y enigmática, me detiene.

No saco conclusiones inmediatamente; todavía no conozco del todo a este hombre.

Sé que Alessandro es un enigma, un rompecabezas que parece no tener solución, así que, con un suspiro, decido darle el beneficio de la duda.

"A lo mejor es para ponerme algo para no salir embarazada", pienso.

Aunque no puedo negar que la idea me toma por sorpresa, tiene sentido.

Después de todo, Alessandro siempre ha sido meticuloso y precavido con todo.

Supongo que esto es parte de su forma de ser.

Quizás debí pensar en esto antes que él.

Con un nudo apretándome la garganta, me quito la ropa lentamente, sintiendo mi piel arder de nerviosismo. Subo al sillón después de colocarme la bata blanca que encontré colgando cerca. No me gusta para nada la idea de estas revisiones, pero aquí estoy. Esto es más incómodo de lo que imaginaba.

La puerta se abre y entra una doctora rubia, de apariencia amable y profesional. Aunque luce mayor que yo, tiene una sonrisa perfecta y unos ojos que irradian confianza.

—Hola, señora Minetti, no se asuste, esto no llevará mucho tiempo —me dice con una voz dulce, casi condescendiente.

Le devuelvo una sonrisa nerviosa y tomo aire profundamente.

Estoy tratando de calmarme, pero mi respiración traiciona mi actitud supuestamente relajada.

La doctora mueve el sillón para que quede totalmente horizontal, y cuando empieza el procedimiento, siento cada nervio en mi cuerpo tensarse.

Tengo las manos aferradas a los brazos del sillón como si de eso dependiera mi vida.

Mientras me revisa, trato de distraerme.

En mi mente, me juro que, de haberlo sabido, esto nunca hubiera pasado.

Mi querido y "cuidadoso" Ale pudo haberme avisado antes, ¿no?

Aunque, por desgracia, probablemente habría buscado la manera de evitar venir.

Odio perder el control y, en este momento, estoy completamente en manos de un extraño.

Finalmente, la doctora se pone de pie y, sin decirme nada más, endereza el sillón. Su sonrisa sigue clavada en su rostro como si todo estuviera perfectamente bien.

—Ya puede vestirse. Por favor, reúnase conmigo en la consulta cuando esté lista —me dice antes de marcharse con esa calma profesional que me exaspera en este momento.

"¿Qué demonios fue eso?", me pregunto mientras me visto.

Había supuesto que la doctora iba a ponerme un dispositivo intrauterino, pero no hizo nada.

Esto no tiene sentido. Con el corazón latiéndome rápido por la incertidumbre, salgo del cuarto y camino hasta donde está Alessandro.

Él sigue sentado, con el rostro imperturbable, la mirada fija hacia ningún lado en particular.

No dice nada cuando me siento a su lado.

Al poco rato, reaparece la doctora con unos folletos en las manos. Su expresión sigue siendo cálida y amigable, pero yo solo siento que estoy al borde de un abismo del que nadie me ha advertido.

—Señora Minetti, no tiene por qué asustarse —inicia, suavemente, con esa seguridad que tenemos los médicos al transmitir una información.

Yo, sin embargo, no estoy en la misma página. Estoy más confundida que nunca. Soy doctora y conozco todas las expresiones de los de mi clase. Y en verdad no estoy entendiendo nada.

—¿Eh? ¿Asustarme? —arrugo la frente por la confusión. Echo una ojeada rápida a los folletos que me pone en las manos y, luego, levanto mi mirada hacia ella.

Alessandro no dice nada. Su rostro sigue siendo un muro de mármol que no me deja leer sus pensamientos. Está concentrado en cada palabra que sale de la boca de la doctora.

—Sí, no tiene por qué estar asustada por ese hecho. La entiendo —prosigue la doctora al notar mi desconcierto—, pero todo está bien, no tiene de qué preocuparse. En esos folletos que preparé porque, créame, esto me pasa seguido con muchas mujeres, encontrará las explicaciones que necesite.

No puedo evitar alzar una ceja. ¿Qué se supone que eso significa?

¿Qué les pasa "a muchas mujeres"? Ni siquiera sé de qué está hablando.

Mi mirada va de la doctora a Alessandro, buscando respuestas, pero encuentro en ambos un extraño contraste: ella luce tranquila, casi maternal, mientras que él sigue siendo un bloque de hielo.

—¿Está segura de que todo está bien, doctora? —pregunta Alessandro para mi desconcierto.

—Doctora, con todo respeto... ¿puede ir al grano? No entiendo nada, ni siquiera sé por qué estoy aquí —señalo finalmente, con mi paciencia al límite. ¿Qué era lo que se suponía que debía entender con esos folletos y su discurso?—. ¿Alessandro?

—Deja que la doctora se explique —me corta secamente—. ¿Seguro que mi esposa no tiene por qué preocuparse? ¿Era o no era?