140. UNA REACCIÓN DESCONCERTANTE
LILIAN:
No puedo creer lo que estoy escuchando. Mi valiente y temerario amigo, el mismo que siempre se lanzaba a las aventuras más descabelladas conmigo, ahora estaba hecho un manojo de nervios. Lo observo de reojo, incrédula, mientras el rugido del motor llena el carro.
—¡Haz lo que te pido, Migue! Es más, dame acá —le quito el teléfono—. Pelirrojo, nos persiguen, giren y aceleren a todo dar. Ya los alcanzo; me meteré en el medio de ustedes. Son dos autos y tengo el techo abajo, y a esta velocidad no puedo subirlo.
—¡Sí, señora! —escuché sus voces de inmediato.
Migue se acurrucó en su asiento mientras murmuraba que no debíamos salir de la casa; Rufo lo iba a matar.
Lo regañé al escucharlo. Ni Alessandro ni Rufino tenían por qué enterarse.
Sigo a todo dar, dejando a los que me persiguen atrás; sus autos no son tan potentes como el mío.
De pronto, veo un Ferrari negro y uno blanco que vienen a mi encuentro.
No lo puedo creer, ¡son Alessandro y Rufo!
—¿Decías, Lili? —pregunta Migue con sarcasmo.
—¡Ups! Lo siento, mi amigo —seguí conduciendo a toda velocidad—. No te preocupes, le diré que te obligué.
—No es necesario; yo contento a mi hombre —dijo con una sonrisa—. No debes preocuparte, se ven lindos en esos autos, ¿verdad?
—Sí, también son muy buenos conduciendo —señalo al ver cómo maniobran para protegernos—. Vamos a acelerar para que nos alcancen.
—¡No seas loca, Lili! No nos metamos en más problemas. Espéralos, ¿no viste la cara de tu dragón negro? —me grita, y es verdad; al pasar por el lado de Alessandro, su mirada no era nada buena.
—Es verdad, es verdad, tengo que contentarlo. Pero ya sabes cómo lo haré: ¡me lo comeré hoy! —río divertida, recordando la mirada de Ale.
—¡Loca, eres una loca! —gritó mientras giraba la cabeza para mirar a Rufo, que nos pasó en ese momento por nuestro lado—. ¿Viste cómo me miró mi Papichuli? ¿Cuándo vas a madurar, mi amiga? ¿Cuándo?
—¡Nunca, Migue, esta soy yo! —contesto de igual manera.
Mantengo la velocidad, esperando por ellos, que giran y nos hacen señas para que los sigamos.
Me llevan en el medio, pero avanzamos a la misma velocidad.
Pasamos frente a la casa hasta llegar a una extraña hacienda rodeada de árboles.
Las puertas se abren automáticamente y conducimos por un camino flanqueado por una densa arboleda.
El entorno está cargado de un aire de misterio que me hace estremecer.
Al detenernos, no lo pienso dos veces y corro hacia Alessandro.
Su rostro refleja una mezcla de furia y algo más que no consigo decodificar, pero él, para mi alivio, se deja abrazar.
—Disculpa, Ale. Solo iba a la farmacia y me alejé un poquito de los de seguridad. No te molestes, cariño, ¿eh? Corrí solo un poquito para soltar el estrés —le digo en un tono meloso, entre abrazos y suaves besos en sus mejillas, como intentando suavizar su enojo.
Sin embargo, aunque se deja abrazar, su mandíbula sigue tensa. Siento su cuerpo rígido; sé que está a punto de estallar en cualquier momento. Me giro rápidamente hacia Rufo, que no ha perdido el tiempo y ya se encuentra regañando a Migue.
—Rufo, no te molestes con Migue. Fui yo quien lo obligó; él no quería venir. Lo engañé —explico, intentando sonar despreocupada bajo su mirada severa.
Rufino parece debatirse entre continuar con sus reprimendas o dejarlo pasar. Pero finalmente se relaja, ladeando la cabeza y suspirando profundo.
—Lilian, tienes que ser más responsable —me reprocha suavemente, mientras Migue, astuto como siempre, lo abraza y le planta un beso ruidoso en la mejilla. Rufo sonríe, ligeramente inclinado hacia él.
Migue me lanza una mirada de complicidad y me guiña un ojo. Yo sonrío divertida, aunque no puedo evitar sentir que esto no servirá para calmar a Alessandro, que sigue en silencio a mi lado.
—¿Quién te avisó, Ale? —cuestiono de forma despreocupada, aunque ya sé perfectamente que fueron los de seguridad los que lo alertaron.
Alessandro no responde. La línea de sus labios se tensa aún más, y su mirada parece atravesarme con ese oscuro magnetismo que al mismo tiempo me fascina y me aterra.
Sin decir nada, se da la vuelta y comienza a caminar a paso firme hacia el interior de la hacienda.
Lo sigo sin dudar ni chistar, tratando de alcanzarlo porque su andar es rápido, decidido, como siempre.
—Ale, cariño, no camines tan rápido. Espérame, dame tu mano —le digo casi jadeando mientras intento mantenerle el ritmo por un pasillo largo y oscuro, cuyos muros están decorados con pinturas antiguas que apenas alcanzo a mirar.
Alessandro no detiene su caminar y, por primera vez, siento que estoy hablando con una muralla que no admite fisuras. El silencio me pesa más de lo que quiero admitir.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? —insisto, mirando alrededor, aunque mi vista aún está más ocupada en su espalda amplia y tensa.
Antes de que Alessandro pueda responder mis inquietudes, o que siquiera considere hacerlo, la grave voz de Rufo interrumpe la atmósfera densa:
—¿A dónde van, Alessandro? —pregunta jovialmente, aún abrazado a Migue, cuya expresión traviesa me hace sonreír. No puedo evitar pensar en lo bien que se ven juntos, como si se complementaran en su peculiar dinamismo—. ¿Necesitas mi ayuda?
—No —responde Alessandro con sequedad, ni siquiera girando para mirar a Rufo.
La contundencia de su tono me hace tragar saliva.
Sí, definitivamente está muy molesto. El silencio que se cierne entre él y yo se vuelve más pesado con cada paso que doy.
Por un segundo, imagino que podría simplemente girarse y tirarme ese par de palabras frías y cortantes que son su especialidad. Pero no lo hace. Y eso me preocupa más.
Tomo aire y, con decisión, acorto la distancia que nos separa hasta quedar a su lado.
Él sigue sin mirarme, pero yo, en una acción tan osada como natural para mí, tomo su mano.
Su calor me sorprende. Contrario a lo esperado, él no la retira.
Sus dedos permanecen allí, estáticos, mientras seguimos avanzando.
—Ale, si estás enojado, dilo. Pero no me ignores. Odio cuando haces eso, lo sabes, ¿verdad? —señalo suavemente, tirando de su mano. No pienso darme por vencida tan fácilmente—. ¿Qué vamos a hacer aquí, amor?
Alessandro no me responde; se detiene en seco, obligándome a parar en el acto para no chocar contra él. Se gira y, por fin, me mira fijamente. La intensidad de su mirada me deja sin aliento, y por primera vez desde que entramos, las paredes del pasillo parecen cerrarse aún más.
Cruzamos una puerta y, sin decirme nada, avanzamos por otro pasillo hasta llegar a otra puerta al final. La abre. Es un consultorio médico. Me giro hacia él, preocupada, revisando todo su cuerpo con la mirada. ¿Estará herido?