¡Ups! ¡No me equivoqué! 139. UN PEQUEÑO ESCAPE
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139. UN PEQUEÑO ESCAPE

LILIAN:

Lo miré entendiendo a lo que se refería; era realmente exasperante la situación en la que se encontraba, pero de la que tendría que salir él solo. Ya le había dicho lo que había hecho, lo demás dependía de él. Por eso acepté contarle lo sucedido para que dejara de tener esa expresión de agonía.

—Bueno, cuando entramos en la casa, le salté encima a Ale.

Me sentía muy excitada por todo, Migue, te lo juro, estaba ardiendo de deseos.

Me quería comer a Ale y él a mí —reí, sintiendo cómo me ruborizaba—.

Tenía una imperiosa necesidad de que me penetrara.

Subió conmigo así, cargada, besándonos todo el tiempo.

¿Puedes creer que lo hicimos de pie en el closet? Fue alucinante.

Reí, avergonzada, y bajé la cabeza. Ahora que lo había dicho en voz alta, me sentía abochornada de mi confesión y de lo que había hecho por primera vez en mi vida.

—¿Lo hiciste de pie? ¿En serio, Lili? Te debe haber dolido un montón —mencionó, mirándome con preocupación y lástima.

Volví mi cabeza para mirarlo. Miguel tenía la misma expresión de desconcierto que Alessandro cuando me preguntó si me había dolido mucho. Empecé a pensar que algo no estaba bien conmigo.

—Fue algo extraño, Migue; me dolió, o más bien me sorprendió que me lo entrara. Pero estaba tan mojada, tan dilatada, que entró como si lo hiciéramos todos los días —bajé la voz para que solo él me escuchara—. ¿Es normal eso?

—¿En serio? ¿No te dolió de esa manera? —Se detuvo para mirarme muy serio. Parecía que era un tema muy serio.

Expliqué que Alessandro me había dicho que solo me había introducido la punta, aunque yo no lo creí; la sentí enorme. Pero es verdad que no me dolió como había escuchado de las demás mujeres que lo habían hecho.

—Tiene lógica si fue así —murmuró, pensativo—. ¿Sangraste mucho?

—¿Sangrar? —Me quedé pensativa—. Ahora que lo preguntas, no sé. Fue todo muy rápido y loco; luego nos limpiamos con mi camisón, nos vestimos y salimos. No sé si tenía sangre, no me fijé.

—¿Te gustó? —insistió, queriendo entender cómo me sentía.

Lo miré, ruborizándome de nuevo, mientras echaba a correr, seguida por él. Al alcanzarme, le contesté entre risas que me había encantado. Si no llegara a haberse ido por la mañana, lo hubiéramos hecho de nuevo.

—Creo que ahora que al fin pasó, le estaré saltando a mi Ale a cada rato, lo voy a violar seguido —confesé, riendo a todo dar, seguida por él.

—¡Loca! Él es el que va a acabar contigo —se divertía conmigo como siempre, olvidando todas las preocupaciones que nos embargaban—. Después del tiempo que lo tuviste con la ley seca. ¡Prepárate, ese dragón va a estar arriba de ti todo el tiempo!

Reímos divertidos mientras avanzamos hacia la casa; el flamboyán estaba completamente florecido. Mientras le decía que eso era muy bueno, porque me había gustado mucho el sexo, muchísimo.

—Me alegro de que al fin sepas lo que uno disfruta con el sexo, mi amiga —de pronto se puso serio y me detuvo—. Lili, estás muy feliz; pero… ¿te tomaste la pastilla del día después? Porque con eso que cuentas, no hubo preservativo por el medio.

—¡Cielos, es verdad, Migue, lo olvidé! Vamos ahora mismo a comprar, no puedo salir embarazada.

No ahora que todavía no he aprendido todo.

¡Pelirrojo, Pelirrojo! —lo llamé al verlo al lado del lago; viene corriendo—.

Necesito ir a la farmacia. Prepara todo para que me acompañen.

Estefan y Humberto están en la ciudad, y Luci no creo que vaya a salir ahora.

El Pelirrojo de inmediato se ofreció a ir por lo que quisiera. Pero me negué de inmediato. Le ordené que preparara una escolta, porque Migue y yo iríamos en un auto.

—¿Estás segura, Lili? —Migue frunció el ceño con preocupación—. Fíjate que Rufo me pidió que me quedara hoy aquí sin moverme, hasta que ellos averigüen qué está pasando. Estamos lejos de todas las farmacias; ¿por qué no llamas y que te lo traigan?

Negué con la cabeza; me llenaría de vergüenza. Lo tomé de la mano, diciendo que lo dejaría conducir, pero al momento me di cuenta de que no podía por su brazo herido.

—Lo haré yo; soltaremos un poco de estrés —entramos en la casa y fuimos a la habitación de mi madre—. Mira el baúl de mamá, vaya que pesa algo; ¿puedes cogerlo por un lado, Migue?

Regresamos a la casa, dejamos el baúl en el despacho de Ale, subí a mi habitación y me puse un juego de pantalones. Pasé a ver a Luci, que seguía dormida. Vaya que ese somnífero que le di la durmió, y el tonto de Damián no se levanta, ja, ja, ja, parece que mi plan está resultando.

Bajo al garaje y me monto en mi Ferrari rojo; salgo rugiendo el motor, me encanta su sonido.

Migue se monta; salimos despacio ante los ojos de todos los guardias.

En la entrada, me esperan dos autos, me colocan en el centro.

Pero yo necesito correr, soltar todo. Así que acelero y les paso por el lado a los de seguridad, y aprieto el acelerador.

—¡Es fantástico, Lili, me hacía falta! —señala feliz Migue, sacando la cabeza por la ventanilla; al ver eso, bajo el techo.

—¡Sí…, a mí también me gusta; extrañaba esta sensación! ¿Acelero? —cuestiono, subiendo una ceja en un reto.

—No dejes tan atrás a los de seguridad, Lili, no seamos tan locos —me asombra ver lo cuidadoso que es Migue; es evidente que el asalto de anoche lo había perturbado.

—Solo un poco; ¿cuándo has sido tan cobarde? —pregunté, con burla—. Después los esperamos, vamos a ver en esta porción de carretera donde no hay nadie cuánto acelera mi bebé.

Y sin esperar que responda, meto el pie en el acelerador hasta lo último; el motor ruge, el carro se siente como si volara. Es una sensación única. En pocos minutos, perdemos a los de seguridad, que los escucho como me llaman.

—¡Señora, señora, espere por nosotros, no es seguro que vayan solos! —nos piden con urgencia.

Pero sigo disfrutando de avanzar a todo dar, hasta ver a lo lejos dos autos que me son conocidos; son como los que usaron los que entraron a la casa.

Freno al tiempo que giro, chirriando gomas, que sueltan por la fricción una estela de humo; casi giro al frente de ellos.

Aprieto de nuevo el acelerador cuando enderezo el auto.

—Migue, avísales a los de seguridad que nos persiguen, que den la vuelta y nos esperen en tres minutos; les vamos a pasar —le pido, acelerando aún más—. Pero que no se detengan, que avancen en dirección contraria para meterme en el medio de ellos.

—¡Estás loca, Lili! ¿Cómo les voy a decir eso? —nunca antes había visto a mi amigo tan asustado—. Deja que nos alcancen.