¡Ups! ¡No me equivoqué! 138. HAZ QUE TE LLEVE CON ÉL
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138. HAZ QUE TE LLEVE CON ÉL

LILIAN:

Migue me miró por unos instantes, pensativo. Estaba segura de que mis palabras lo habían impresionado. Siempre era él quien me aconsejaba, el sabio y experimentado, quien lo sabía todo. Miró a lo lejos, donde los hombres entrenaban y otros corrían arreglando cosas.

—Tienes razón, Lili, estos días siento que me ahogo; ni a correr los autos me deja.

Él cree que no me doy cuenta, pero cuando los chicos me llaman, me invita a hacer algo para que yo no pueda ir.

Sé que lo hace porque tiene miedo de que me pase algo —volvió a mirarme con un suspiro—.

¿Te dije que me hizo vender el negocio? Dice que yo no necesito trabajar como un esclavo, que a él lo que le sobra es dinero para darme todos los gustos que yo quiera.

Incluso creo que nos mudamos para aquí por lo mismo.

Para, cuando él no esté, sentir que estoy protegido.

—Esa es otra razón por la que te tienes que volver tan bueno como él, para que Rufo deje de sentir ese miedo, que aprenda a confiar en ti.

Que no sienta que tiene que protegerte de todos, Migue —insistí, convencida de que esa era la solución—.

Que sepa que eres su igual, que también lo puedes proteger a él.

No puedes ser su debilidad, Migue; lo vi anoche, se aterró cuando vio tu sangre.

—¡Ni me lo menciones! —movió las manos haciendo sus gestos tan característicos de impotencia—.

No quieras saber el alboroto que me armó, porque cuando empezaron los tiros, me dijo que me quedara en el cuarto; pero yo agarré una de sus armas y salí corriendo detrás de él.

Y me hirieron porque no seguí lo que me dijo, que corriera junto con él.

Vi a un tipo que iba a lanzar una antorcha encendida a la casa por la ventana, salí de donde estábamos y disparé; no le di porque antes Rufo me empujó y disparó.

Reanudamos nuestra marcha rumbo a la casa del lago, donde aún se veían los restos del ataque nocturno. Era un desastre todo, aunque los trabajadores se movían de un lado a otro, apresurados. Miré su mano vendada y quise saber cuándo lo hirieron.

—Cuando corríamos por el campo hacia los autos que arremetían contra las cosas de la boda, ahí un tipo me disparó; pero yo lo maté —contó, mirando sus brazos con un leve temblor en sus labios—.

Rufo no se dio cuenta, y no le dije nada para no desconcentrarlo, y no quieras saber cómo me ha peleado por eso, por no avisarle que me habían herido en ese momento.

—Debiste decirle, Migue, para que te amarrara la herida —lo regañé también. Tiene la manía de esconder todo lo que le sucede.

No dijo nada de inmediato. Suspiró mientras me apretaba la mano con una sonrisa triste. Lo conocía demasiado bien para saber que le era difícil hablar de las cosas que le sucedían; siempre había sido así desde que lo conocí. Por eso no lo presioné.

—Lili, si se lo llego a decir, creo que le hubiera dado algo.

Estaba gritando y ordenando como un loco; no lo quise desconcentrar —confesó, mirando la punta de sus pies mientras caminábamos—.

Ahora me trata como si fuera de cristal; un poco más y me encierra en un lugar del que no pueda escaparme.

No sabes cuántas veces hoy me dijo que no fuera a salir de la casa.

Solté la carcajada al escuchar su exageración. No creo que mi director Rufino sea así; bueno, es un poco protector, pero no para llegar a ese extremo de encerrarlo. Pero mire, no rió; me miró muy serio.

—No creo que sea para tanto, Migue; es verdad que se asustó —quise aliviar su tensión—. Pero Rufo es una fiera combatiendo como mi Ale y tiene tremendo control de sus emociones.

—¡Lo digo en serio, Lili! —afirmó con vehemencia—. No me deja hacer nada desde ayer.

—¡Migue, no seas exagerado! —reí para alejar su preocupación—. No me imagino a Rufo asustado a ese nivel.

—¿Ah, no? —protestó, poniendo las manos en su cadera, lo que me hizo reír más al verlo así, enumerando cada cosa con sus dedos—.

Hoy, antes de irse, me bañó, me lavó la boca, me peinó, hasta me vistió y me prohibió salir de aquí hoy.

Y como puedes ver, mi brazo funciona bien; me duele un poco, es solo un rasguño, me he hecho heridas peores en los accidentes de auto que he tenido.

—¿En serio, Migue? —no insistí al verlo subir la ceja derecha y poner una expresión cómica—. Entonces urge que lo obligues a entrenarte.

Eché a caminar con él detrás de mí diciendo que empezaría hoy mismo a practicar con los cuchillos; Rufo quiso enseñarlo. Pero él no lo ha dejado, le trae malos recuerdos de cuando era niño.

—Ahora veo que es un error; yo era buenísimo en eso, ¿sabes? —lo dice con orgullo.

—¿En serio? ¿Por qué lo dejaste? —estaba llena de curiosidad.

Esa era su vida pasada de la que no daba muchos detalles. Es la primera vez que lo escucho contar de su niñez. Según él, los adultos vivían obligándolo a competir contra otros; muchas veces lo hirieron.

—Los odié y me prometí jamás volver a utilizar un cuchillo en mi vida, solo para cocinar —no sabía nada de eso, siempre lo vi abusado por otros y lo defendía con todo mi corazón—.

Ahora me doy cuenta de que fue un error; mi Rufo es un experto en ellos.

Lo haré, Lili, volveré a dominar los cuchillos, solo debo practicar un poco. Está en mi sangre de gitano.

—¿Gitano? ¡Qué bien! —exclamé al darme cuenta de que me había confesado algo más de su vida—. Haces bien, Migue; no tenías que haberlos dejado nunca. A lo mejor te hubieras podido defender con ellos.

—O estaría preso, Lili, por asesinar a todo el que me maltrataba —su voz sonó demasiado sombría—.

Cambiando de tema, entonces, mi amiga, si los interrumpieron, ¿cuándo pasó tu entrega?

Porque que yo sepa, Alessandro bajó con mi Rufo para el sótano y no subieron hasta el amanecer; durmieron una hora y se fueron de nuevo.

—¿Viste cómo nos besamos delante de ustedes cuando Rufo te estaba curando? —cuestioné con picardía.

—Sí, un momento, porque Rufo estaba tan asustado por el rasguño que estaba arriba de mí. ¡Parecía que me habían dado un tiro y me estaba muriendo! —volvió a decir, exasperado.