137. ENTRE AMIGOS
LILIAN:
Migue levanta la mirada, frunciendo el ceño mientras mira a lo lejos, inseguro de cómo decirme lo que lleva dentro. Ladeo la cabeza, impaciente. Detesto cuando se toma tiempo para hablar, parece que lo hiciera a propósito solo para desesperarme.
—¿Me lo vas a decir hoy o esperamos a que se congelen los infiernos? —presiono su mano, haciendo que me mire.
—Ay, Lili, estoy muy asustado —al fin comienza a hablar—. Lo de anoche me tiene con los nervios de punta. Es como que me di cuenta del mundo real en el que nos hemos metido.
—Me pasó lo mismo a mí cuando me di cuenta; estaba aterrada —confesé, apretando más su mano—. Pero ahora me estoy acostumbrando. Dale, vamos a la casa del lago y hablamos, tengo cosas que contarte.
Salimos tomados de la mano rumbo a los campos de golf.
Estaban verdes y muy bien cuidados. No dije nada, dejé que se desahogara.
Toda su vida había sido difícil, lo sabía, me lo contó.
Siempre escapando, escondiéndose de los más fuertes que lo maltrataban y abusaban de él.
Toda su vida queriendo encontrar esa persona que lo amara y lo hiciera feliz.
Migue suspiró, apretando mi mano rumbo a la casa del lago.
—Por fin lo encontré. Rufo es esa persona con la que quiero pasar el resto de mi vida —suspiró con tristeza—.
¡Pero es el Consigliere de todas las organizaciones de la mafia en la que está metido tu esposo!
Y lo peor es que no puede negarse; Minetti le salvó la vida.
Tampoco quiere hacerlo; a él le gusta andar con Alessandro.
—Migue, sé que es difícil. Solo te haré una pregunta —me detuve para mirarlo de frente—. ¿Amas a Rufo?
—Más que a mí mismo —respondió de inmediato con vehemencia.
Asentí despacio, mientras buscaba en mi mente cómo consolarlo, pero con cada segundo de silencio, Migue parecía más ansioso. Solté un suspiro y, con la serenidad que no sentía en ese momento, le pregunté:
—¿Qué estás dispuesto a hacer para mantener ese amor?
—De todo, Lili —se apresuró a decir con sinceridad—. No te estoy diciendo que lo dejaré, pero tengo miedo de perderlo, de que le pase algo.
Él me miraba con la misma agonía que vi un día en mis ojos, mientras los suyos se llenaban de lágrimas, sin dejarlas caer; parecía un guerrero que se niega a rendirse pese a estar al borde de la derrota.
Me recordó a mí misma cuando irrumpí en el mundo de Alessandro Minetti con mi caos, desordenándolo mucho más, aunque, por extraño que parezca, también creo que lo arregló de alguna forma.
—Yo también, Migue, me aterra la idea de perder a Ale —dije la verdad—. Pero sabes que él me está ayudando con eso.
—¿Qué? Dímelo y lo haré, no quiero seguir sintiéndome así —cuestionó con ansiedad, apretando mis manos—. ¿Lo viste anoche lo aterrado que estaba? No quieres saber cómo me ha regañado. ¿Qué haces para no sentirte así?
Agaché la mirada, queriendo ayudar con toda mi alma a mi mejor amigo.
Me sentía arrepentida y culpable de haberlo traído a este mundo cruel conmigo.
Lo fácil sería culparlo de haberse enamorado del hombre de confianza de mi esposo, pero no lo haría.
Migue no necesitaba escuchar eso de su hermana del alma; estaba desmoronándose como yo en esos primeros días.
—Lo que me sacó de ese terror fue entrenar con Alessandro, seguirlo a todas partes, ser su sombra —admití, mirándolo fijamente—. Anoche, cuando comenzó el tiroteo, Migue, estábamos a punto de que me desflorara.
—¡¿En serio?! —Su semblante se iluminó de pronto—. ¿Al fin te decidiste, amiga mía?
—¡Sí, sí, sí, Migue! —salté, tomada de sus manos mientras él me seguía—. Fue alucinante. Ahora sí soy la señora Minetti de verdad, ¡lo hicimos, Migue, lo hicimos ayer!
—¡Felicidades, amiga, felicidades! —Me abrazó sin dejar de saltar abrazado a mí, lleno de alegría—. Cuenta, cuenta, cuenta todo con lujo de detalles, no dejes nada afuera.
—Cielos, Migue, cariño, ¿crees que voy a describirte cada maldito detalle? —solté, entre susurros y risas nerviosas mientras lo alejaba de mí a empujones suaves.
—¡Al menos cuéntame si el capo de todos los capos es… ya sabes! ¿O es de esos tipos que solo mandan y esperan que uno haga el trabajo? —me reí al ver esa chispa de descaro que había echado de menos en toda esta conversación.
Lo observé fijamente sin dejar de reír a carcajadas, avanzando por el campo de golf. Por un momento habíamos olvidado el mundo en que estábamos metidos y volvimos a ser aquellos dos mejores amigos despreocupados del pasado. Migue era el hermano que no me dio mi madre, pero sí la vida.
¡Claro que sabía ser romántico! Pero nadie lo llamaría dulce…
lo de Alessandro era más bien brusco, un fuego intenso que te invadía de golpe y te quemaba sin aviso.
Me prendí de su brazo mientras susurraba lo sucedido para que solo él lo escuchara.
Mis guardias de seguridad me seguían a cierta distancia, la suficiente para dejarnos privacidad.
—Te decía que cuando nos atacaron estábamos ya listos para eso, pero salimos corriendo los dos con las armas listas.
No tuve miedo, Migue; me sentí su igual, y lo más importante, Ale me trató como un soldado.
En ningún momento me sobreprotegió ni nada; me ordenaba y yo ejecutaba —estaba realmente emocionada de no haberme quedado helada, pero sobre todo de que Alessandro me hubiera tratado como su igual—.
Y en ese momento sentí que eso es lo que necesito.
Ser su igual, estar con él en todo. No me importa si tengo que empuñar las armas para eso, pero esa experiencia de anoche me hizo más llevaderos mis miedos.
Acompañarlo en el peligro, defender a mi familia. Ser uno con mi Ale.
—¿De veras, mi amiga? —Se detuvo intrigado y al mismo tiempo esperanzado.
Migue abrió mucho los ojos y luego negó con la cabeza. Sabía en lo que estaba pensando. Había escuchado los regaños de Rufino anoche y cómo quería encerrarlo en la habitación sin dejar que corriera peligro.
—Migue, impídele a Rufo que te sobreproteja; casi no te deja respirar ni salir.
Pídele que te entrene, que te enseñe todo lo que hace.
Oblígalo a traerte para todas partes, hazte uno con él —le decía eso no solo porque quería ayudarlo en su relación, sino porque temía que le sucediera algo.
Tenía que aprender a protegerse—. Esa es la única manera de que pierdas un poco esos miedos.
Demuéstrale que no tiene que estarte protegiendo, que eres su igual.