134. DESPUÉS DEL ATAQUE
LUCILA:
Acher asintió rápidamente y, con un ademán respetuoso hacia Damián y otro hacia mí, se retiró del salón.
Una vez que se cerró la puerta, el silencio entre Damián y yo fue tan espeso que podía cortarse con un cuchillo.
Lo miré de reojo, aferrándome ahora al cojín del sofá como si fuera mi salvavidas personal.
—Sí, señor —respondió Acher el Pelirrojo.
—Mantén la vigilancia —ordenó, mientras me miraba con tal intensidad que sentí un escalofrío bajar por mi espalda—. Yo me encargo de mi esposa.
—Sí, señor. Y perdón de nuevo, no quise sobrepasarme —Acher se inclinó suavemente antes de girarse para salir, pero lo detuve.
—¡No lo hiciste, Acher! Ve y regresa rápido, por favor —le pido, todavía agarrada de su mano—. ¡Y tú deja de hacerte mi esposo, que no lo eres, no lo eres! Ven rápido, Acher.
—Lo haré, señorita, lo haré —repite Acher de nuevo—. Aunque no nos vea, siempre estamos alrededor de usted protegiéndola. ¿Lo sabe, verdad?
—Sí, sí, pero tengo miedo, te quiero conmigo —exigí, todavía muy asustada—. ¿Dónde está el reloj que te di para que sepas siempre dónde estoy?
—Mírelo aquí, pero aun sin el reloj, siempre sé dónde está usted —asegura Acher, al fin soltándose de mi agarre—. No tema, y quédese tranquila, ya regreso.
La puerta se cerró con un leve clic tras Acher, y mi desesperado grito pareció flotar en el aire. Damián no respondió enseguida. Se quedó ahí, de pie, mirándome muy serio. Me hice un ovillo en el sofá, con Damián observándome sin acercarse.
—Luci, hija, tómate esto —mamá viene a mi lado y me abraza—. Debes tranquilizarte, hija, te vas a enfermar, siempre que te asustas, te pones peor.
—Muero de miedo, mamá, querían prender fuego a la casa —tomo con manos temblorosas el té que me da—. ¡Y esos malditos drones no están listos, sino, nos hubieran podido defender!
No me moví. Sentía que si me mantenía sentada estaría segura hasta que llegara Acher, aunque quería salir corriendo a refugiarme con el abuelo en su habitación. Esa era muy segura.
—Cálmate, viste que no pasó nada, vamos para que te acuestes. Alessandro tiene bien protegido todo —insiste mamá.
Pero me opongo a entrar hasta que regrese mi guardia de seguridad con todas sus armas, mientras me pregunto cómo pudieron entrar.
El nerviosismo me hace hablar todo lo que viene a mi mente.
Mañana mismo voy a revisar toda la valla, la modernizaré, pondré electricidad, campos minados, cámaras, láser, y todo lo que se me ocurra; nunca más van a poder acercarse a esta casa.
Tenía que haber dejado que mi hermana Lili me enseñara a disparar un arma.
—Deja de decir boberías, quédate ahí, ahora vengo para acostarnos —me regaña mamá, porque sabe que soy capaz de hacer todo lo que digo.
Más con el permiso que me dio Alessandro y el dinero desmedido que tengo a mi disposición, que ya he empezado a llenarle la casa de cuanto aparato electrónico encuentro—.
Mira la hora que es. Damián, hijo, ¿te sientes bien?
—Sí, señora Libia —Damián ha permanecido de pie escuchando nuestra conversación—. Estoy bien, me despertaron los disparos y me levanté sin pensarlo; todo mi cuerpo funciona bien.
Ambas lo observamos asombradas, hasta ese momento no nos habíamos percatado de que estaba de pie. Se acercó lentamente. Todo en él irradiaba amenaza contenida.
—Qué bueno, hijo —se alegró mamá—. Pero no abuses, ve a acostarte, yo cuido a Luci.
—¿Lili estará bien, mamá? —pregunto al escuchar los disparos a lo lejos en la casa principal.
—Están todos bien, amor, deja de estar tan asustada, ya todo pasó —señala Damián, que no ha dejado de observarla, sin mantener una distancia prudente.
La indignación me ganó y me puse de pie para enfrentarlo. Lo encaré, aún sabiendo que era como enfrentarse a un león con un tenedor. El miedo se había apoderado de mí.
—¿Qué tú sabes si te has salido de aquí?
—lo espeté furiosa—. Lili andaba corriendo como una loca con dos armas en las manos, y se escucharon muchos disparos en la casona.
¿Crees que el abuelo esté bien? ¿Por qué se demora tanto Acher?
Muero de miedo, ¿crees que regresen? Mañana mismo voy a aprender a disparar un arma.
Vuelvo a acurrucarme en el sofá, muy nerviosa.
Mi corazón latía desbocado, aunque no sabía si de miedo o de furia por la insistencia de Damián en tratarme como su esposa.
Está bien, le había dicho que no lo abandonaría, pero me enfurecía saber que ese amor que veía en él no era para mí, sino para su difunta esposa.
—Todo pasó, cariño, y no necesitas aprender a disparar un arma; me tienes a mí para protegerte.
Ven, amor, no te va a pasar nada —. Lo observo ahora, asombrada de ver lo bien que se mueve, de cómo llega hasta mí; con el susto no se había percatado de lo bien que se mueve—, vamos, querida, vamos para que te duermas.
—¡Deja de decirme así! ¡No soy tu esposa, no lo soy y mucho menos tu amor! Esperaré a Acher, dormirá conmigo hoy en mi habitación para que me cuide. Esos locos son capaces de volver de nuevo —contesto alterada, alejándolo de mí.
—Deja de decir eso; sabes que no lo permitiré, el único hombre que tiene derecho a dormir contigo soy yo, lo sabes muy bien —replica muy serio esta vez Damián—. Eres mi esposa, Luci; es mejor que te acostumbres porque jamás te dejaré, y tú tampoco lo harás, me diste tu palabra.
Abro la boca para seguir discutiendo, pero me callo ante lo último que dijo él.
Me quedo quieta cuando Damián se inclina, me abraza fuertemente; al sentir que mi miedo se va al contacto de su cuerpo, me aferro a él, que me levanta y me lleva al cuarto bajo la mirada asombrada de mamá, de que él se haya recuperado del todo.
Nos sigue hasta el cuarto y me da una medicina que no hablo; solo me dejo hacer por los demás.
Sobre todo, no salgo de los brazos de Damián al sentirme segura en ellos.
—Mamá, Luci, Damián, ¿están bien? —escuchamos a Lilian que entra en compañía de Migue.
—Sí, Lili, estamos en el cuarto de Damián —contesta mamá—. Luci es la que está muy asustada.
Lilian corre y me abraza, de mí que no suelto a Damián; nunca antes mi hermana me había visto tan asustada. He sido siempre muy impresionable desde niña, es por eso que me dan las enormes crisis cada vez que me asusto. Y ahora me mira realmente asustada.
—Vamos, mi hermana, ya pasó —insiste mientras me acaricia el rostro—. Los vinimos a buscar para que se vayan a la casa principal; a partir de ahora viviremos todos juntos.
—Hija, pero nada más tienen que poner más vigilancia; me encanta esta casa —protesta mamá enseguida.