¡Ups! ¡No me equivoqué! 133. EL MIEDO DESPUÉS DE LOS HECHOS
45%

133. EL MIEDO DESPUÉS DE LOS HECHOS

ALESSANDRO:

Lilian ríe nerviosamente al verme caminar hacia ella despacio. Le tomo la mano y la llevo a mi intimidad. Trata de resistirse, pero no la dejo. Hago que me acaricie por toda mi longitud, y eso que no estoy erguido por completo.

—¿De veras crees que exagero? —le muerdo el lóbulo de la oreja.

—Eres un exagerado, deja de alardear —pero retira la mano mientras se ruboriza encantadoramente. Luego susurra avergonzada—. Sí entró toda... Lo que pasa es que estaba muy mojada. La sentí enorme, no quería entrar.

—Mm-mm… —niego con la cabeza, disfrutando de ver cómo se aleja—. No entró toda, en serio, linda, solo fue la punta. Me daba miedo lastimarte. ¿Seguro estás bien, Lili? ¿No estás sangrando? ¿Te lastimé?

Lilian me lanzó una mirada esquiva, el rubor en su rostro me divertía.

Todo lo que hacía tenía un efecto en ella que ni siquiera sus intentos más torpes de ocultarlo podían negar.

Esa inocencia en su mirada siempre conseguía hacerme sentir un tipo que oscilaba entre el cielo y el infierno, dependiendo de cada uno de sus suspiros.

Avanzó un paso, con las manos temblorosas, claramente nerviosa, pero con la típica testarudez que la caracterizaba. Le tomé una mano, aunque esta vez no hice nada más que entrelazar mis dedos con los suyos, tirando de ella con suavidad.

—Estoy bien, Ale, solo me siento un poco extraña allá abajo, ya sabes, pero debe ser normal por ser la primera vez —otra vez se puso colorada, viéndose encantadora.

Estoy perdido por esta mujer, lo sé, y lo peor es que me gusta. Al mismo tiempo me asusta, tengo una gran debilidad y sé que mis enemigos la van a explotar. No puedo dejar que le pase nada nunca más. Tengo que encontrar la manera de proteger al amor de mi vida.

—Cariño, apurémonos, mira un juego deportivo aquí, póntelo.

¡No me mires así, te digo que estoy bien!

—Lilian trata de cambiar de conversación y la dejo—.

Y apúrate, entre más rápido hagamos todo, más pronto lo repetiremos bien como tú quieres.

Y comprobaré si es verdad que no entraste completo, aunque a mí me pareció que sí.

Me incliné hacia ella, dejando que su perfume, ligeramente dulce y fresco, quemara mis sentidos. Mi pulgar acarició su muñeca, sintiendo cómo su pulso latía rápido, y no pude evitar una sonrisa ladeada que ella, aunque evitara mirarme directamente, no dejó de notar.

—Apurémonos, amor, y te lo voy a demostrar, no entré casi nada —la tomé por una mano saliendo de la habitación.

Mientras avanzamos, la escucho pedirme que la cuide.

La miro sonriendo y puedo ver que en verdad, después de tocarme, está asustada, mientras me pregunta si en serio no había entrado en ella completo.

La estrecho fuerte, explicando que me era imposible en la posición en que estábamos y que ella, saltando, me había hecho terminar rápido.

Aparte, que me había concentrado en hacerla sentir mucho y cuidarla, no quería lastimarla.

—Gracias por cuidarme, Ale, está bien si no entraste completo —se estrecha contra mí mientras me susurra con los ojos brillantes—. Lo importante es que lo iniciamos y me gustó mucho.

—Eso es verdad, cariño —la observo preocupado al ver cómo pasa una mano por su cabeza—. ¿Estás bien, no te duele tu cicatriz? ¿No sentiste nada extraño con el orgasmo? Rufo me dijo que estuviera atento a tu primera vez.

—Todo bien, Ale, deja de preocuparte y vamos a hacer todo para seguir en lo nuestro, me siento muy excitada —volvemos a besarnos con ansias—. Vamos, vamos rápido, quiero que me devores hoy como quieras.

LUCILA:

Estoy realmente aterrada y tiemblo incontrolablemente. Mi madre, Libia, también lo está, pero va a la cocina a hacerme un té. El Pelirrojo se me acerca, me pasa una mano por la cabeza al tiempo que me dice:

—Me recuerdas a mi hermanita, ella también se asusta mucho cuando escucha un tiro. Cálmate, no dejaré que te pase nada. Recuerda que tienes un cuerpo élite que te cuida. Moriremos por ti.

—Acher, ¿estás seguro de que no regresarán? —le tomo una mano, aterrada.

—No. Y si lo hacen, los exterminaremos —responde como si hablara de cazar mariposas—. Vamos, señorita, no olvide que me tiene a mí, que daré mi vida para protegerte. No debes ponerte así.

Mis nervios no me dejan razonar. Nunca antes había estado en una situación como esta, a pesar de que sé dónde nos hemos metido, ¡es la mafia y nosotros somos sus objetivos! Me pongo de pie de golpe, trastabillando, pero Acher me agarra del brazo con fuerza antes de que termine de caerme al suelo.

—Estoy aterrada —sollozo sin poder controlarme.

—No debes estarlo, estás segura aquí —insiste el Pelirrojo, haciendo que me siente en el sofá de nuevo—. Quédate con tu mamá, iré a ver qué pasa.

—¡No! ¡No me dejes! —grito, aferrándome de su mano y tirando de él, que cae sentado a mi lado, quedándose quieto al ver con asombro cómo me refugio en su pecho, abrazada a su cuerpo, como una niña pequeña.

—¡Suelta a mi esposa! —se oye la voz de Damián que entra en ese instante, luego de revisar si hay algún otro daño.

El Pelirrojo se pone de pie de inmediato, inclinándose delante de Damián mientras se disculpaba, diciendo que no sabía que estaba casada con él. Nadie se lo informó, apresurándose a aclarar que solo me miraba como su hermana menor.

—¡No soy tu esposa, no lo soy! ¡Deja de decir eso! —aclaro molesta—. ¡Y él es mi guardaespaldas personal y mi amigo!

—No debe preocuparse, señor Damián. Ella me recuerda a mi hermana menor, solo trataba de que se calmara, está muy asustada. Yo no quise propasarme, ella tiró de mí —aclara de prisa el Pelirrojo, poniéndose de pie, desprendiéndose de mí, aunque no le suelto una mano.

Miro con odio a Damián, mientras agarro la mano de mi jefe de seguridad, asegurando que no hizo nada de lo que lo acusaba.

—Gracias, Acher. Ve a hacer lo que me dijiste, y regresa rápido, no quiero que te separes hoy de nosotros, es una orden —le ordeno, volviendo a tomar la posición acurrucada en el sofá sin soltarle una mano—. Te quiero a mi lado todo el tiempo, ve y ven rápido.

—¡Sí, señorita! —responde como si fuera un militar—. Vengo enseguida. No tenga miedo, no está sola, el señor Damián y su señora madre están aquí.

—Gracias, gracias, puedes irte a hacer tu trabajo —señala algo molesto Damián al ver cómo sigo prendida de la mano de mi guardia personal—. ¿Tú debes ser el Pelirrojo, él que puso Minetti para cuidarla?