132. HAZME TUYA
ALESSANDRO:
Migue seguía protestando, pero Rufo le había puesto ya una implacable mirada de advertencia.
Era esa que me hacía pensar que incluso al tipo más obstinado del mundo le haría temblar las piernas.
Pero Migue, siempre terco, todavía mantenía un aire desafiante a pesar del dolor que debía estar sintiendo.
—Te lo repito por última vez: al segundo de que pongas un pie fuera sin mi permiso, te encierro por tu cuenta, Migue —Rufo volvió a hablar con una serenidad que claramente era una advertencia disfrazada de calma.
Rufo se dirigió a cubrirlo con una de esas mantas que alguien trajo del interior de la casa. Un impulso en sus movimientos latía en su pecho, lleno de miedo, cariño y frustración, una mezcla explosiva que no se molestaba en disimular.
Lilian, en cambio, seguía tras de mí, aún al tanto de cada detalle. Que mis enemigos intentaran algo aquí, en este terreno, me dejaba claro que no les importaba hasta dónde podían llegar en su intento de provocarme.
—Lili y Migue, vayan con Estefan y Humberto a buscar a Damián, Luci y a la señora Libia para acá —ordeno pensando que pueden atacarnos de nuevo. Mi casa está mejor protegida que la del lago—. Rufo, tú conmigo, lo de Migue no es nada. Pero Lili, ve a ponerte algo primero, no quiero que te enfermes.
—Ven conmigo, tú también estás sin zapatos ni camisa —contesta Lilian, atrapando una de mis manos y tirando de mí, llevándome hacia el interior de la casa sin que me oponga.
Cuando estamos fuera de la vista de todos, Lilian se gira, salta a horcajadas sobre mí, que la recibo goloso y la beso mientras siento su desnudez. Subo sin dejar de besarla las escaleras, devorándola, hasta entrar en el clóset de nuestra habitación.
—Estás preciosa, amor —susurro sin dejar de subir y besarla—. Vamos a hacer todo rápido para seguir con lo que estábamos.
—Sí, sí te quiero dentro de mí. Ale, lo quiero con locura, entra ahora, solo entra un momento, me estoy quemando de deseos al verte así tan macho —responde Lilian sin bajar de mi cadera ni dejar de besarlo—.
Estoy lista, amor, lista, no creo que pueda esperar tanto. Hazme tuya ahora, un momento, Ale.
—No, cariño, no perdamos tiempo —me niego aunque me muero por hundirme en ella—. Ve por tu familia, cuando vuelvas prometo no salir de ti en todo el resto de la noche.
—¿Lo prometes? ¿Pase lo que pase? —Lilian vuelve a besarme con pasión.
—Sí, me hundiré en ti hoy, cariño, hasta el cansancio —señalo mientras no dejo de acariciar sus perfectos, redondos y desnudos glúteos.
Ella tampoco deja de besarme, morderme, chuparme con las piernas enroscadas en mi cadera, moviendo la pelvis con ansias locas.
Y sin apenas darme cuenta de la locura que nos envuelve, desprendo su pantalón, dejando mi miembro listo y erguido, y sin más me introduzco de un golpe en Lilian, que suelta un alarido que ahogo con un beso.
—¡Ale… sí, sí…!
No digo nada, la beso empotrándola en la puerta del closet.
La tomo de la cintura, sintiendo que al fin habito el lugar más deseado del mundo para mí; mi corazón late acelerado, todo mi cuerpo contraído ante la salvaje embestida que realizo a mi mujer.
Quiero ser delicado, cuidarla, no lastimarla, y lo intento; pero la locura hecha mujer en mis brazos sube y baja al ritmo que yo impongo.
Gruñimos, jadeamos, nos mordemos como dos fieras en una lucha de poder.
En un ritmo desenfrenado, frenético y violento, hasta que ambos terminamos en un estertor, mirándonos sin poder creer que nos dejáramos llevar y lo hiciéramos, allí, de pie, en medio del closet por primera vez.
Suelto una risa al percatarme de la situación.
—¿Por qué nada contigo es como lo planeo, amor? —me pregunto lleno de incredulidad—. No puedo creer lo que acabamos de hacer. ¿Cómo pude dejarme llevar así?
—¿Lo preguntas? —Lilian ríe divertida también—. Creo que sabes la respuesta a eso.
—¿Sí? ¿Cuál? —Sé que me va a decir un disparate por el modo en que le brillan los ojos, y la sonrisa pícara que tiene.
—¡Porque soy la mujer que te vuelve loco! —ríe divertida Lilian y me vuelve a abrazar y besar, para separarse y quitarse el camisón.
¿Qué podía decir? Era la pura verdad. Nunca nadie me había dominado como lo hacía ella, y lo mejor era que no pretendía hacerlo. La atrapo por la cintura pero se aleja.
—Lo eres, linda, lo eres, me volviste loco —la observo lleno de amor sin poder creer que no me haya podido controlar, estoy muy preocupado—. Discúlpame, no sé qué me pasó; quería hacerlo algo único. ¿Te dolió mucho?
Mientras la ayudo a desvestirse y le acomodo el cabello para mirar su rostro feliz, con los ojos brillosos y una sonrisa enorme. Al escuchar mi pregunta se sonroja y baja la cabeza.
—Un poco —al fin responde, y agrega al ver mi expresión—. Pero me gustó mucho. Te amo, Ale.
Se estrecha fuerte a mi cuerpo, levantando la barbilla para ser besada de nuevo. La amo tanto que me aterra la idea de perderla. Pero ella es un alma libre, mejor la traigo conmigo para todas partes. La estrecho fuerte, muy fuerte.
—Yo te adoro, linda —confieso besándola suavemente—. Vamos rápido ahora y luego lo repetimos bien. Deseo llevarte al cielo, como siempre me dices, linda, que recorras el universo conmigo. Te lo prometo, Lili, esto no es lo que quiero enseñarte; te haré muy feliz. ¿Quieres?
—Sí, sí quiero, moría porque al fin entraras en mí, fue alucinante —contesta con una gran sonrisa, mientras termina de vestirse.
Luego vuelve a sonrojarse antes de decir con el ceño fruncido—: me dolió menos de lo que esperé.
Pero sentí mucho cariño, muchísimo; no sabes cuánto deseo que lo repitamos.
No quiero que salgas de adentro de mí, ¿de acuerdo?
Hoy no saldrás, no me dolió casi; no sé por qué tenía tanto miedo. Debe ser la adrenalina del momento.
La observo por un momento analizando lo que acababa de decir. ¿No le dolió? Debió dolerle más por la posición en que estábamos si era su primera vez. Pero el ruido de los autos y los gritos de mis hombres me recuerdan que debo salir a hacerme cargo de todo.
—Puede que después te duela más, amor, no entré completo en ti —señalo acariciándola suavemente—, pero no temas, linda, cuidaré que no te duela mucho. Te haré ver el universo como te prometí.
—¿De veras no entraste completo? —Lilian me miró intrigada—. Me pareció que sí, sentí que no me cabía. Toma, límpiate con el camisón; no nos da tiempo a lavarnos, lo haremos al regreso.
—Me encanta que huelas a mí —confieso oliendo su cabello—. Y no entró ni la mitad, cariño, así que prepárate. ¿Me has visto? Y como mismo dices, me vuelvo loco contigo, crezco mucho.
—¡Alardoso! ¿De verdad no entraste completo? —pregunta incrédula.