¡Ups! ¡No me equivoqué! 131. EL ATAQUE A LA CASA
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131. EL ATAQUE A LA CASA

MINETTI:

Miré a Lilian con su pelo sudado pegado a su rostro, con los ojos verdes iluminados, llenos de decisión y un atisbo de miedo.

Le pedí de inmediato que se quedara aquí; cuando terminara en mi casa, vendría por ella.

Señalé a Libia y a Luci, que se asomaban asustadas abrazadas de Damián, quien tenía un arma en sus manos y trataba de cubrirlas con su cuerpo.

Lo observo asombrado de verlo de pie, firmemente.

Inclino la cabeza, saludándolo; él me responde de la misma manera.

—Iré a ver qué pasa en la casa —tomo a Lili por la mano, tirando de ella hacia la casa mientras le explico—. No olvides que allá están James, Rufo y el abuelo. Te mandaré a tu cuerpo élite, con Humberto y Estefan.

—¡No! —me detiene Lilian en seco—. Pelirrojo, cuida a mi familia, yo iré contigo, Ale. Dijimos que a partir de ahora siempre estaríamos juntos.

—¿Jefe? —mi hombre se gira hacia mí en busca de mi orden.

—Haz lo que te ordenó mi esposa, Pelirrojo —le pido y agrego con firmeza—. Y que sea la última vez que dudes; su palabra es la mía, ¿me entiendes?

—Entendido, jefe —responde de inmediato.

Sin soltar a Lilian, le pido que me siga mientras le sigo dando indicaciones a mi hombre. Le avisaría cuando pudiera traerlos para la casa.

—Cuídalos bien, Pelirrojo, confío en ti —camino rápidamente, sin dejar de escuchar los disparos en mi casa.

Nos montamos en el carro de Lucila, atravesamos el campo a toda velocidad. Al llegar, vemos cómo Rufo, junto a James, ha atrapado a los que pretendían prender fuego a la casa.

—¿Cómo diablos traspasaron la defensa exterior? —bufó, mirando a todos inquisitivamente.

—No lo sabemos todavía, Alessandro —se adelanta Rufo, a medio vestir, al igual que Migue, con armas en las manos; este último sangrando por un brazo—. Creo que esto es un intento de arruinar la boda.

—¿Lo crees? —miro el desastre que han hecho los atacantes.

Rufo me llama la atención, señalando hacia donde estaban dirigidas las antorchas, al área donde estaba todo listo para celebrarse la ceremonia de mi boda. Apenas una o dos lanzaron contra la casa.

—¿Estás bien, Migue? —quiere saber de pronto Lilian.

—Sí, Lili, no es nada —contesta aquel, haciendo que todos lo miremos.

—¿Qué tienes, cariño? —cuestiona asustado Rufo al percatarse de la sangre que corre rauda por el brazo de Miguel—. ¡Oh, Dios! ¡Te dieron un tiro! ¿Cómo no me di cuenta? ¡Te dije que te quedaras detrás de mí para protegerte! ¿Dónde te hirieron? Enséñame rápido, amor.

—No es nada, Rufo, es un rasguño, no tienes que asustarte así —responde Migue, que se sostiene el brazo.

Rufo está realmente asustado; es la primera vez que lo veo así. Lili se acerca, encogiéndose las mangas como siempre hace antes de trabajar. Pero es imposible acercarse a él.

—Deja que lo vea, amor, por favor. Te dije que te quedaras en el cuarto. Tú no sabes ni disparar bien un arma —habla nervioso mientras lo revisa—. Es solo un roce, pero que hay que atender; estás sangrando mucho. Deja que te venda con tu pañuelo.

Al ver que mi segundo ha perdido la concentración, lo dejo y me giro hacia el jefe de la seguridad de mi abuelo, que sigue dando órdenes a los demás hombres.

—¿James, dónde está el abuelo? —es el hombre de confianza.

—Está dormido en su habitación —señala en medio de su trabajo—. Por suerte, se tomó los somníferos que le recetó Rufo y no se ha enterado de nada.

—¿Lo dejaste solo en su habitación? —mido hacia la casa preocupado.

James niega con la cabeza; sé que él jamás haría algo así. Me informa que el cuerpo élite mío lo cuida. Le puso guardia por dentro a Humberto y Estefan, por fuera a los demás. También bajó todas las paredes que mandó a instalar la señorita Lucila, que convierte el cuarto en algo impenetrable.

—Fue una muy buena idea de la señorita; me acabo de dar cuenta —me asombra al ver que, al fin, aceptó las mejoras de mi cuñada.

—Gracias, muchas gracias por eso, James, no lo descuides —me alegra al escuchar tal cosa—. Vamos a interrogar a esos que cogieron ahora mismo. James, ve a cuidar al abuelo y mándame a Humberto y Estefan al sótano. Primero ordena que lleven a todos los prisioneros al sótano.

—Sí, señor —lo veo alejarse mientras me encargo de todo.

—¡Ustedes, encárguense de hacer un recorrido por todo el borde y ver qué pasó! ¡Encuentren por dónde entraron! Me informan cuando lo sepan. ¿Qué esperan? —vocifero al verlos estáticos, con los ojos fijos en Lilian—. ¡En marcha!

—¡Sí, jefe! —contestan los hombres al mismo tiempo, reaccionando y marchándose corriendo.

Me quedo por un momento pensativo ante la reacción extraña de mis hombres. Al darme la vuelta en dirección donde ellos miraban, me doy cuenta. ¡Mi esposa es la viva imagen de la sensualidad!

Me asombro ante la hermosura de Lilian y por un instante me deleito contemplándola.

Su cabello largo y alborotado cae por sus hombros desnudos; no puede cerrar bien el camisón casi transparente que lleva puesto y deja ver el enorme dragón rojo y negro que brilla por el sudor.

Sus senos redondos, sin sujetador, son muy evidentes; suben y bajan al compás de su respiración agitada.

Sus largas piernas desnudas, perfectamente torneadas, se elevan hasta sus caderas bien delineadas, que se abren para dar paso a sus redondos y perfectos glúteos.

Ella me mira sonriente, con la boca entreabierta y jadeante, disfrutando de ver lo que provoca en mí.

Se moja despacio los labios con su lengua, como si me invitara a besarla.

No puedo contenerme más; la atrapo posesivamente por la cintura y la beso desaforadamente, y sé que ella me responde de la misma manera.

La encuentro endemoniadamente sexy, con su torso desnudo y sudoroso, sus músculos tensos y el enorme dragón que reluce en su espalda sudada.

Me fascina ver cómo actúa como una gran jefa dirigiendo a todos; para mí, es muy excitante verla así.

Sin importar el mundo a mi alrededor, nos besamos como si no hubiera un mañana, hasta que reacciono y la separo, colocándola detrás de mi cuerpo.

—¿Hicieron algún daño grande? —le cuestiono a Rufo, que sigue revisando a Migue, que protesta molesto.

—No, no, creo que también fue una demostración de poder, una advertencia —me responde sin dejar de limpiar y tratar de vendar la herida de Miguel.

—¿De quién? —tengo tantos enemigos que, ¿cómo vamos a saber quién acaba de atacar en plena ciudad?

—No lo sé, pero lo averiguaremos ahora. Migue, me tengo que ir con Ale; sube, báñate y espérame —le señala Rufo con expresión de espanto, acariciándole delicadamente el rostro, como si fuese alguien muy frágil que hay que cuidar.

—¡No quiero, no soy tan inútil, Rufo! —protesta Migue molesto—. Quiero ayudar, esto no es nada. ¿Crees que en verdad nos ataquen de nuevo?