130. EN MEDIO DEL DESEO
ALESSANDRO:
Ya me he despojado de mi camisa, mientras sonrío con suficiencia, de esas que tanto me caracterizan, y me acerco despacio hacia ella.
Con una seguridad que parecía indestructible.
Aun así, mi Lili se ve nerviosa. ¿Son los celos?
Tal vez. ¿O solo la sensación de que está metida en este mundo tan peligroso del que no va a salir ilesa?
—¡Jamás, amor! —me apresuré a decirle—. Tú eres la única que hace vibrar mi cuerpo, incluso con los ojos cerrados. No te preocupes, concéntrate en nuestro entrenamiento. Estoy muy orgulloso y feliz de tus avances.
—Yo todavía me siento muy insegura, Ale —confesó la verdad—, sobre todo al tomar decisiones.
Me detengo justo frente a ella, le sujeto el mentón con firmeza, haciendo que levante la cabeza para que me mire a los ojos. Ella lo hace, con esa mirada suya que me desarma cada vez que quiere.
—Lili, tienes que tomar la misma actitud de cuando estás operando. No esperas que nadie te diga qué hacer, es lo mismo. ¿Qué haces? —quiero saber al sentir cómo comienza a pasar sus manos por mi torso de una manera muy insinuante.
—¿Yo? Nada —ríe pícaramente, comenzando a besarme y mordisquearme—. Me gustas tanto, Ale.
La giro despacio, mientras la atrapo por la cintura. Estoy de pie, con el torso desnudo, y la observo loco por hundirme en ella. Al sentir cómo se estremece ante mis caricias, cómo su cuerpo me recibe acogedora y gustosa, me hace perder el control.
—Lili… —susurro mientras mi cabeza se hunde en su cuello llenándola de besos. Quiero dejarme llevar por este deseo salvaje que nos consume.
Quiero habitar al fin en esa carne sabrosa de mi mujer, llevarla a recorrer el universo de sensaciones junto a mí.
—Ale… Haz algo, por favor, muero de ganas…
Ale… No quiero esperar más… Ya podemos hacerlo, cariño, hazme tuya…
—ruega mientras levanta la cabeza, dejando que mis ardientes besos recorran todo su cuello, bajando hacia su pecho.
Me aprieto aún más contra su cuerpo caliente y tenso.
Siento mi miembro perfecto palpitar ávido por entrar en acción contra su vientre.
—Ah…, quiero hacerlo, Ale… —gime, aferrada a él.
Ambos nos quedamos mirándonos un instante.
Nuestras respiraciones agitadas, los cuerpos ardiendo de deseos, las mentes nubladas.
Nos contemplamos durante un minuto antes de acometer con pasión desesperada e intensa, sin tratar de evitar lo inevitable.
Tal parece más una pelea, el modo de arrancarnos las ropas, de besarnos, gruñir, morder o gemir.
La carne encendida por la pasión desmedida, desesperada, anhelada.
Quería que nos tomáramos el tiempo para amarla, para prepararla para lo que se avecinaba.
Me había propuesto a mí mismo hacerlo un momento único.
Pero mi cuerpo entero vibra ante el roce de nuestras partes íntimas.
La beso de una manera desaforada y salvaje, queriendo dominar las ansias locas que se desatan con cada caricia mía en su cuerpo, con cada balanceo de su pelvis viniendo a mi encuentro.
Quise bajar para saborear esa abertura que ya lo tenía despierto, pero ella me retuvo mordiéndome los labios, aferrada a mí, con sus ojos vidriosos prendidos de los míos, con una mirada delirante y deseosa incitándome a hacer lo que tanto deseaba.
Se abrió en una completa entrega para mí, jugué con mi miembro en su hendidura, sintiendo cómo de a poco crecía y crecía aún más.
Los líquidos chorreantes de ambos, los gemidos exaltando aún más la lujuria del momento.
Introduzco dos dedos para percatarme de que estaba lista para recibirme.
La besé con pasión, tomé despacio mi palpitante miembro, lo coloco con cuidado en la abertura.
Me detuve por un instante, la miré temerosa, con miedo.
Pero, a la vez, deseosa, besé sus ojos, bajé despacio por su nariz hasta sus entreabiertos labios, listo para dar el empujón que me llevaría a ese interior que tanto anhelaba…
¡PUM, PUM, PUM! El sonido de múltiples detonaciones hizo que nos detuviéramos. Nos levantamos de un golpe. ¡PUM, PUM, PUM! Resuenan sin cesar, el sonido indiscutible que conocemos muy bien.
—¡Tiros! ¡Eso son tiros, Ale! ¡Nos están atacando! —grita Lilian asustada tratando de vestirse.
Me levanto de la cama desnudo y, en un instante, intento vestirme mientras salgo corriendo al balcón.
Los disparos resuenan en la casa del lago, junto con el ruido ensordecedor de autos que corren por doquier y la gritería de los guardias que también se desplazan, siguiendo las órdenes de otros que están armados.
—¡Mamá, Luci, Damián! —exclama Lilian asustada.
La miro mientras busco mis armas. Lilian está descalza, con solo el camisón a medio poner, sin bragas ni ajustadores. Toma sus armas de la gaveta y, sin esperar por mí, que hago exactamente lo mismo, corremos por el campo de golf, sigo a Lilian con las armas listas.
—¡Están tratando de quemar la casa, Ale! —me señala con voz temblorosa.
—No te preocupes, mira a nuestros hombres —le señalo, con el torso desnudo y descalzo, solo vestido con el pantalón—. Sígueme, Lili, no te separes de mí, y haz exactamente lo que te diga sin chistar.
Ella lo hace, y veo que ahora no tiene miedo, solo está concentrada en salvar a sus seres queridos.
De pronto, salimos al lado contrario de la casa y veo un auto arremeter contra la cerca del jardín de mi suegra.
Lanzan antorchas encendidas hacia la casa, pero, afortunadamente, no la alcanzan porque el Pelirrojo y todos sus hombres están protegiéndola y disparándoles, interponiéndose en el medio y haciendo que se desvíen.
—¡Dispárales a las gomas, Lili! —le ordeno, elevando mi voz por encima del ruido.
Nos tiramos al piso, como tantas otras veces en el entrenamiento, apuntando en medio de la oscuridad con la tenue claridad de la luna. El auto se acerca vertiginosamente, casi sobre nosotros.
—¡Ahora, Lili! —exijo, con una potente voz por encima de todo el ruido.
No lo piensa dos veces. Respiramos profundamente y apretamos el gatillo.
Miro a mi esposa y veo que se siente segura, sin miedo a mi lado, que la trato como a un soldado más, y eso le gusta mucho.
Que la valore y no la proteja como a una mujer débil, dándole el lugar de su igual a mi lado.
Ambos disparamos y damos en el blanco, antes de salir corriendo, alejándonos del recorrido del auto que gira dando varias vueltas hasta quedar con las cuatro ruedas arriba.
Corremos junto con algunos hombres del Pelirrojo, que desarman a los atacantes y los reducen a prisioneros.
—¿Qué está pasando, Pelirrojo? —inquiero rápidamente al llegar a su lado.
—Jefe, esto solo es una distracción —responde el Pelirrojo—. Creo que quieren introducirse en la casa mayor. Debemos ir ahora.
No ha terminado de decir eso cuando todas las luces de los campos de golf se encienden y escucho claramente los tiros en la residencia principal, junto con la alarma de la casa.
—¿Ale, qué hacemos? —me llama Lilian asustada, sin saber qué hacer. Estamos en medio de dos fuegos.