124. LA LLAMADA DE MAMÁ
LILIAN:
Pero yo no soy como él. No sé si algún día pueda serlo. Por ahora, lo único que entiendo es que no quiero hacer esto. Me detengo, lo observo fijamente al escucharlo hablar con voz autoritaria.
—Jamás, vida mía, no sabes cómo te deseo, Lili. Nunca me voy a cansar de hacerte mía —me besó con ansias locas—. Tú solicítame, yo estaré ahí para ti o correré a ti.
—¿Lo prometes? —quise saber todavía con el miedo reflejado en mi rostro.
—Te doy mi palabra —levanta tres dedos como si jurara—. Y ahora vamos, suelta todo ese miedo que tienes. ¿Lista?
—Lista.
Y arremetemos con todo, uno contra el otro.
Lo hago dejando salir toda la frustración de este tiempo en el que hemos estado retenidos; él hace lo mismo.
Me acaricia, me besa, cada vez que tiene la oportunidad, enervando nuestros deseos locos de entregarnos a la lujuria.
Reímos y disfrutamos de sentirnos libres, de hacer con nuestros cuerpos lo que queramos.
Unas cuantas veces me lanza al piso, besándome con pasión.
—Lili, tienes que hacer que te suelte —me pide, muy serio, pero solo me río al tiempo que le digo que no quiero que me suelte—. Linda, pero tienes que lograrlo.
—Me gusta que me tengas en tus brazos. Cambia el final, no quiero escaparme de ti, todo lo contrario —aclaro viendo cómo me hace reír.
Me estrecha con fuerza, diciendo que tampoco quiere que me separe, pero teníamos que dar el salto final separados, y me pide que lo intente.
—Bésame primero y lo pensaré —juego, coquetamente.
—Lili… —gruñe hundiendo su cabeza en mi cabello.
—Oh, está bien —me alejo de él al entender que, en verdad, está muy serio—. Vamos de nuevo; lo haré bien.
—Ven acá —me toma por un brazo al ir a alejarme, me estrecha en sus brazos y me besa apasionadamente—. ¿Así querías? Ahora vamos a hacer el final. Lo pasaremos después una sola vez bien y terminamos.
—¿De veras no vamos a hacer nada hasta el domingo, cariño? —Lo atraigo de nuevo por su camisa y lo beso con deseos.
Me separa lentamente al terminar de besarnos. Su mandíbula se tensa, y un destello oscuro cruza por su rostro. Pero antes de que pueda alejarme, me toma bruscamente por la cintura y me pega a su cuerpo. Su mirada nunca abandona la mía, y aunque suena serio, hay un rastro de ternura en su voz:
—¿Quién sabe? —su voz es ronca—. A lo mejor logras convencerme. Te acabo de confesar que no puedo resistirme a ti. Si te esmeras, quizás logres algo.
Lo empujo con todas mis fuerzas, riendo divertida, viendo cómo se pasa el pulgar por su labio inferior mientras me come con la mirada y trata de acomodar su erguido instrumento que se quiere salir de su pantalón.
—Eres malo —sigo riendo mientras camino hacia mi posición—. Pero ya verás, no vas a poder aguantar, te voy a volver loco.
Ríe divertido al verme. A pesar de lo que me ha dicho, asegura que si ha aguantado todos estos meses, dos días más no son nada.
—¿Estás seguro? —cuestiono de nuevo, levantando mi vestido, dejando ver al desnudo mis largas piernas.
En lo que nos retamos entre risas, besos y abrazos, seguimos practicando. Estábamos en eso, cuando unos toques en la puerta hicieron que nos detuviéramos. Se abrió, dejando entrar a Migue en compañía de una extraña mujer, que nos observó raro por un instante, sobre todo a mí.
—Disculpen, no pude impedir que entrara —señaló Migue, visiblemente enojado—. Dice que es muy urgente lo que tiene que hablar con el señor Minetti.
—Señor, me urge hablar con usted —insistió siempre observándome, haciéndome sentir incómoda.
Alessandro me rodeó por la cintura con su brazo mientras su expresión se volvía cruel.
Su cuerpo se tensa y vuelve a ser el capo frío, que da miedo a todo el que se le enfrenta con frialdad.
Sus ojos oscuros fijos en la mujer como un halcón que evalúa a una presa.
Sentí su brazo apretarse alrededor de mi cintura, en un gesto protector, pero también de autoridad.
Ninguna palabra estaba dirigida a mí. Era su universo, y yo, su testigo.
—¿No puede esperar? —cuestionó con frialdad—. Como puedes ver, estoy ocupado.
La mujer titubeó antes de hablar, lo que solo logró que Alessandro afilara más su mirada. Era de cabello negro y ojos grises. Su vestido, aunque sencillo, dejaba poco a la imaginación. Instintivamente, me tensé. ¿Quién demonios era esta mujer y qué quería con mi esposo?
—¿Quiere realizar la ceremonia? —espetó de pronto la mujer—. Entonces escúcheme, es muy serio el asunto que me trajo aquí.
—¿Qué quiere decir con eso? ¡Dígalo de una buena vez! —exigió Alessandro con su autoridad aplastante.
El ambiente en el salón se tornó gélido de inmediato. ¿Qué quiso decir con eso de la ceremonia? Eso significaba una sola cosa: mafia, problemas, deudas, muerte probablemente.
Alessandro lanzó una carcajada hueca, la clase de risa que nunca te hace gracia, sino que hiela la sangre.
Sin soltarme, se adelantó un paso con ese andar depredador que parecía no tener prisa, pero que era irremediablemente intimidante.
Mi teléfono sonó en ese momento, los dejé solos y fui corriendo hacia mi bolso. Era mi madre.
—Lili, tienen que venir tú y Alessandro enseguida —su tono era tan urgente que me asusté—. Se trata de Damián y tu hermana.
Y antes de que pudiera preguntar de qué hablaba, escuché de fondo las voces de mi hermana y el abuelo tratando de calmar a Damián, que lloraba.
¿Qué demonios había sucedido? Cuando volví a observar a Alessandro, la mujer había desaparecido y él hablaba por teléfono, mientras me hacía señas de que me acercara.
Tomé mis cosas y lo seguí sin preguntar, con mi cabeza llena de preocupaciones.
—¿Qué sucede, Rufo? ¿Damián? —quiso saber mientras nos introducíamos en nuestro auto, rodeado de nuestros hombres—. Dime, hermano, ¿qué sucede con él?
Mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que cualquiera podía escuchar.
Alessandro, en cambio, permaneció inexpresivo hablando por teléfono, jugando con un mechón de mi cabello entre sus dedos.
Sabía que su mente ya trabajaba, como siempre, diez pasos por delante de los demás, mientras la mía todavía seguía detenida.
¿Qué estaba sucediendo en mi casa con Damián y Luci?
No le prestaba atención a lo que hablaba Alessandro, miraba por la ventanilla deseando que el camino se hiciera más corto. Muy pronto vi la entrada de hierro de nuestra mansión; a lo lejos, el gran árbol de flamboyán al lado del lago. Bajé corriendo en cuanto se detuvo y me dirigí a mi madre.
—¿Qué sucede, mamá? ¿Está bien Luci? ¿Qué sucede con Damián? —estaba realmente preocupada.