123. CONVERSANDO DE NUESTROS MIEDOS
LILIAN:
Me inclino sin perderlo de vista, tomo la falda por el borde, mientras avanzo hacia él.
Camina despacio de un lado a otro, se limpia su boca con el dedo gordo de su mano, sin dejar de observar cómo levanto de a poco la falda, dejando ver mis largas piernas que sé que le fascinan, hasta casi enseñarle mis bragas.
Contoneando mi cuerpo sensualmente, saco mi lengua moviéndola rápido.
Deja de reír, se saborea descaradamente.
—¿Quieres atraparme, dragón rojo? —cuestiona sin dejar de mirar cómo le enseño mis bragas y comienzo a tocar con una mano mis pechos y gimo sensualmente—. Debes emplearte más a fondo para eso, linda.
Y sin previo aviso, da un giro con un salto en que eleva las piernas, para terminar deslizándose sobre las rodillas y, sin que yo pueda hacer nada, mete su cabeza debajo de mi falda y todo mi centro se pierde en su boca, mientras sus manos se aferran a mis caderas, haciendo imposible escaparme.
¡Me atrapó!
Agarro su cabeza, sin ganas de querer escapar.
Dejo que la caricia se haga profunda, hasta que todo mi cuerpo convulsiona y me relajo lentamente dentro de sus brazos, desfallecida; todavía sintiendo como mi cuerpo está enervado por lo que acaba de hacer.
Me estrecha fuertemente, besa mi cara, mis ojos, mis labios al tiempo que me susurra:
—¡Eres deliciosa, Lili! Me vuelves loco.
—Ale, mi Ale, te amo tanto —aspiro su olor con ansias—. Gracias por eso, moría de ganas de que me lo hicieras.
—Yo también quería hacértelo, te adoro, Lili, te adoro.
Eres mi complemento en todo. Gracias por confiar en mí, no te defraudaré —afirma, y eso me llena de felicidad, lo aprieto con fuerza, mientras lo escucho decir—: No temas, amor, te va a doler, no te lo voy a negar, pero será un dolor lleno de placer.
Eso te lo puedo asegurar, linda, deja de temer.
Lo veo en tu mirada, confía en mí, linda. Confía y entrégate como hiciste ahora.
—Tengo miedo, Ale, de ese día —confieso la verdad.
—¿Por qué, vida mía? Te cuidaré, amor, te cuidaré mucho —besa mis ojos, mi rostro con vehemencia, mientras sus manos vuelan por mi cuerpo.
Lo observo apoyando mi frente a la suya mientras le confieso que no es a eso a lo que temo, sabía que me cuidaría. Lo que temo es que pase igual que en nuestra primera boda, que nos asaltaron disparando a diestra y siniestra.
—Mira tu brazo, te atacaron ayer los rusos —señalé la herida en su antebrazo, todavía vendado—. ¿Y si lo hacen ese día?
Ale apartó el cabello de mi rostro mientras me besaba suavemente, asegurando que estarían listos, que los estarían esperando. No solo estarán sus hombres, todo el que venga traerá su seguridad. Y créeme, son muchos.
—Con más razón, Ale. Realmente tengo miedo —lo miro a los ojos por unos momentos.
Alessandro me abraza muy fuerte y se queda por unos instantes en silencio, sopesando las próximas palabras. Al separarme de él, se queda con mis hombros, tomándolos y apretándolos suavemente, transmitiendo su fuerza y seguridad.
—Te prometo algo, ese día no nos separaremos un instante. Ya estamos casados, no existe eso de que no puedo ver a la novia, ¿verdad? —me observa con una sonrisa cargada de amor—. ¿No crees en esas cosas? Estaremos armados, ¿quieres?
—¿Armados? —me estremezco al recordar el arma en mi mano.
—Sí, ponte de pie, vamos a practicar nuestra propia danza, será una coreografía en la que estemos atentos a lo que pasa a nuestro alrededor.
¿Recuerdas el entrenamiento que te he estado enseñando últimamente?
—quiere saber con una sonrisa mientras me lleva de la mano hacia el centro del salón de baile.
—¿Cuál, la secuencia que me haces practicar hasta el cansancio, en la que me escapo? —suspiré resignada a mi destino.
Alessandro me sonríe, con ese destello peligroso en sus ojos que me asusta y al mismo tiempo me hace sentir segura. Me hace girar en el centro del salón, mientras su mano derecha asegura mi muñeca firmemente. No sé si es ternura o su obsesión por el control, pero no intento resistirme.
—Es la misma secuencia, un día te voy a explicar qué significa cada movimiento.
Solo sígueme, haz todo lo que sabes. Vamos a hacer eso, parece un juego, pero no lo es, linda —me concentro en lo que me explica—.
Sé que te gusta donde yo te atrapo y tú te liberas con tus trucos de mujer hermosa.
Hasta ahora no han dejado de funcionar, por mucho que trato de aguantar.
Me río divertida al recordar que es verdad lo que dice.
Siempre le gano, por mucho que se resista.
Ale se ríe también, abrazándome, asegurando que no miente; nunca lo hace.
Es verdad que no se puede resistir a mis encantos, siempre le gano.
No le da temor admitirlo, porque sabe que nunca lo utilizaré en su contra, esa debilidad.
—No lo haré nunca delante de otros, pero no te prometo nada cuando estemos a solas —respondo con una sonrisa pícara. Luego me pongo seria—. Ale, si hacemos todo el juego ese con este vestido, se me verá todo.
Me soltó mientras me miraba. Confiesa que ya lo había pensado cuando se lo dijo Rufo, lo hace solo para complacer a los de la organización. Son cosas que creó su madre; a ella le gustaba todo eso, solo lo estaba modernizando.
—No te preocupes, Gina me dio la idea. Te pondrás un vestido como ese pero con pantalón —eso me gustó, esas chicas siempre lo resuelven todo—. Se abrirá hasta un poco más arriba de las rodillas, pero nada más. La primera parte tendrá una saya por encima, luego te lo quitaré.
—Eso me gusta, está bien —estaba complacida porque hubieran pensado en todo. Así que dejé de preocuparme, decidida a disfrutar todo—. Vamos, mi dragón, agárrame. Ya viste que Rufo dijo que estoy lista para todo. Así que vamos, demuéstrame que sabes hacer. Añoré hacer esto contigo.
—Yo también, a partir de ahora entrenaremos todo el tiempo juntos —hablaba mientras se acercaba a mí con una amplia sonrisa.
—¿Solo entrenar? —retrocedo lento delante de él—. Procura que estemos solos cuando lo hagamos; no creo que me pueda contener, te lo advierto. Me he demorado mucho para iniciar mi vida sexual; tú pagarás las consecuencias.
Alessandro se ríe sin dejar de avanzar. Me encanta verlo así; es tan varonil, tan viril, que cualquier mujer, incluyéndome a mí, no se puede resistir al ver cómo avanza.
—No tengo ningún problema, amor. Tu dragón te responderá a cada hora y minuto que lo solicites —lo observo, es tan engreído. Pero en realidad me preocupa mucho la secuela que me ha quedado—. Nunca te contengas, sé que tienes esa pequeña secuela, compartiré con mucho placer eso contigo, vida mía.
—¿No te vas a cansar, Ale? —es una preocupación que tengo dentro de mí, porque he tratado pacientes con esta condición y no todos los hombres la aguantan, y tengo miedo e insisto—. Puede que se incremente demasiado mi deseo sexual cuando aprenda. ¿Estás seguro de que vas a aguantar?