¡Ups! ¡No me equivoqué! 120. AL FIN TENEMOS PERMISO
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120. AL FIN TENEMOS PERMISO

LILIAN:

Estoy encerrada en mi habitación, es miércoles.

¡Dios! Aún quedan tres días más y me estaré comiendo a mi Ale, estoy tan excitada y al mismo tiempo tan temerosa.

Por eso me he puesto a investigar sobre el amor, las pasiones, las relaciones.

Es que extraño mi trabajo, soy una apasionada de la medicina, me gusta salvar vidas y en este momento siento que tengo que salvar la mía.

Porque esa mirada que me dedicó cargada de un abrumador deseo ese dragón esta mañana, cuando le pasé desnuda mojada por delante, me puso los pelos de punta.

Les cuento el por qué, todo lo que pasó después y durante el día, que es lo que me tiene así asustada.

—¡Miércoles, es miércoles Ale! —grité en la cama saltándole arriba a horcajadas llenándolo de besos—. ¡Solo faltan tres días! ¡Tres días para que me hagas ver el cielo otra vez!

No habló, sus ojos brillaron, todo su cuerpo se contrajo y reaccionó.

Especialmente una parte muy importante, que pude sentir latir en mi centro, mientras movía mi pelvis delante y detrás.

Me atrapó por la cintura apretándome violentamente contra él, mientras impulsaba su pelvis haciéndome sentir su hermoso y listo miembro.

Para luego levantarme en peso y tirarme lejos de él, salir corriendo, meterse en el baño y cerrar la puerta.

—¡Ábreme Ale, quiero bañarme contigo! —me río al verlo portarse así.

—Deja de tocar, no te abriré —lo oigo gritar desde dentro—. Tenemos que ver qué dicen tus resultados hoy, deja de ser alborotosa tan temprano.

—¡Ábreme, no te haré nada! —le exijo, sin poder dejar de reír y sufrir, al menos debería dejar que lo vea desnudo.

Pero no lo hizo, lo sentí bañarse apresuradamente para luego salir sin decirme nada, se dirigió al closet. Me percaté que tiene un gran corte en un brazo, ayer tuvo una gran pelea con unos rusos que lo atacaron.

—Amor, deja que vea eso —le pido realmente preocupada.

—Ya Rufo lo hizo, báñate que tenemos que ir a verlo para que te haga las últimas pruebas, es hoy la decisión final si ya podemos o no —me señala, cómo si lo fuera a olvidar—. Luego iremos por tu vestido, mi traje y hacer otra cosa con Migue.

—¿Vamos a buscar mi vestido? —Eso no lo sabía—. Qué bien, ahora vengo cariño.

Realicé un baño a la velocidad de la luz, salí corriendo completamente desnuda por delante de Ale que se quedó mirándome fijo.

Podía observar como su nariz se abría y cerraba respirando grueso.

Comenzó a caminar despacio hacia mí como si me fuera a comer, tanta era su expresión de deseos que retrocedí asustada.

Pero él avanzó rápido y me atrapó por la cintura empotrándome contra la pared, hundió su rostro entre mis senos, frotándose con frenesí contra mi cuerpo.

—Ale…—susurré enroscando mis piernas en su cintura y abrazándolo por el cuello.

Sintiendo como un escalofrío recorría mi columna vertebral, un deseo inmenso de caer en el abismo del deseo.

Sus dedos se clavaron con fuerza en mis glúteos, haciendo que entrara de pronto en una dimensión de placer desconocida para mí.

Mis partes lubricadas, rozando contra su pelvis extendiendo ese indescriptible placer por todo mi cuerpo.

—Ale… —musité prendiéndome con ansias de su boca—. Ale…

—No hables Lili, déjame… —gimió en un desatino mordiendo mis labios, sin dejar de restregar su cuerpo vestido contra el mío desnudo.

Atrapó mi cintura impulsándome contra su erección, que venía a mi encuentro dentro de su ropa. El deseo siguió creciendo hasta el punto de no importarme si era lesionada en ese hecho; mordí y succioné con furia sus labios.

—Ale… —rogué con ansias locas, invadiendo su boca con mi lengua en busca de la suya que me recibió gustosa. Cerré mis ojos, disfrutando del calor ardiente que emitía el cuerpo de mi hombre enardecido, que no había dejado de restregarse ahora con más vehemencia.

Luego de unos minutos así, subió solo un momento su rostro contraído con una mirada casi de súplica, sintiendo que estaba a punto de desplomarse en el abismo de mi cuerpo, reaccionó.

Atrapó mis labios con violencia, lo sentí estremecerse completo, mientras me mordía mi boca con su respiración agitada.

Acto seguido, de la misma manera que me había atrapado, me soltó y corrió al baño.

Apenas podía sostenerme sobre mis pies, todo mi cuerpo se encontraba en ebullición, reclamando a mi hombre, y al mismo tiempo temiendo.

Me vestí en silencio, temblando completamente y experimentando todavía las tenues contracciones que su roce provocó en mi interior.

Mis pezones parecían lanzas afiladas de lo duro que estaban.

Por un momento en mi mente se reflejó por lo que había sentido, el tamaño exagerado de su miembro.

¡Mamma mía, es enorme! ¿Me cabrá eso? ¿Me dolerá mucho?

Pensaba algo acobardada, teniendo una imagen de lo que me esperaba la noche del domingo.

No es que no lo desee, lo hago con todas mis fuerzas, pero tengo miedo de que Ale no se pueda controlar y me lastime, me ha esperado demasiado.

En silencio nos montamos en el auto sintiendo la tensión sexual entre los dos, no podía mirarlo porque me ruborizaba, al tiempo que un leve estremecimiento se apoderaba de mi cuerpo.

Al llegar al hospital me tomó de la mano como siempre, se inclinó un poco y susurró en mi oído:

—No tengas miedo linda, te cuidaré.

No contesté, porque en realidad estaba asustada. Hice todas las pruebas rezándole a Dios que todo estuviera en orden para poder al fin llevar una vida normal. Rufo se esmeró en revisarme una y otra vez, al fin estamos en su consulta.

—Lili, todo está muy bien, ahora sí puedo decir que estás recuperada —anuncia Rufo con una gran sonrisa.

—¿En serio Rufo? —salté feliz abrazando primero a Ale, y luego a Rufo.

—¿Estás seguro Rufo? —inquirió Alessandro.

—Sí, Ale. A partir de hoy Lilian puede llevar una vida normal —se gira para mí—. Claro está Lilian, debes cuidarte la cabeza; aunque el hueso sanó bien, sabes que después que se parten, son más vulnerables.

—Le compraré un casco que la proteja para practicar —propone Alessandro.

—No exageres Alessandro, ella está bien.

Así que ya son libres de hacer todo lo que quieran, cualquier cosa extraña que sientas Lilian, me avisas —continúa explicando Rufo profesionalmente—.

Y recuerda, que debes seguir tratándote con el psicólogo.

No queremos que tus sensaciones y emociones se salgan de control.

Eso no tiene que ver nada con la lesión, es de tu fuerza de voluntad.

—Lo haré Rufo, lo haré —afirmo sin dejar de mirar a Alessandro que se frota las manos.