¡Ups! ¡No me equivoqué! 119. LA REALIDAD
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119. LA REALIDAD

LUCILA:

Él alza la cara hacia mí. Sus ojos, rojos e hinchados, me atraviesan el corazón.

Una lágrima más cae hasta chocar contra su camisa.

Dentro de mí, todo se revuelve. Me importa un carajo si mi carácter a veces es un desastre y si suelo ser demasiado impulsiva.

Él está aquí. Está respirando. ¿Cómo puede pensar que lo ha perdido todo? Me tiene a mí.

—No, no, Damián... no estás solo —me apresuro a cerrar la computadora y abrazarlo—.

Me tienes a mí, a mamá, a Lili. A todos nosotros.

No estás solo. ¿No acabamos de descubrir que soy tu esposa?

No estás solo, Damián. No llores, por favor.

Discúlpame, no debí hacer eso, no debí buscar esas cosas. No estabas listo.

—Estoy solo… solo… —repite Damián, con el rostro cubierto por sus manos, sollozando.

—Perdóname, Damián. Es mi culpa. Estaba molesta, no sé por qué, y la cogí contigo. No llores, por favor —suplico, abrazada a él, que no levanta la cabeza y sigue cubriéndose el rostro con ambas manos, ahora inclinado en su silla de ruedas.

Él permanece inmóvil, escondiendo su rostro entre las manos.

Los sollozos que antes apenas se escuchaban, ahora son un murmullo desesperado en medio de la habitación.

Lo siento tan frágil, tan vulnerable, que por un instante se me olvida toda la rabia que me había invadido antes de todo esto.

La sola idea de que este hombre, que carga con tanto dolor y tantas pérdidas, se sienta solo me parte en dos.

—Solo, solo en el mundo… —murmura mientras se estremece por los sollozos que trata de esconder, pero no puede.

—¡Que no estás solo, me tienes a mí, Damián! —exclamo ahora desesperada y arrepentida, sintiéndome culpable.

—Vamos, muchacho, no te pongas así —le pide el abuelo, pasándole la mano por la espalda—. Eres de nuestra familia. Nunca más estarás solo, te debemos mucho.

Damián me mira confundido, sin ocultar las lágrimas de mí. Lo abrazo sin importar que los demás me miran. La rabia en mí se mezcla con un remolino de emociones llenas de culpa. Solo sé que estoy hecha un desastre, pero no puedo dejar que Damián se desplome.

—Damián, no llores, no estás solo, yo te quiero como mi propio hijo. Te estaré eternamente agradecida por lo que hiciste por Lili —añade mamá, pasándole la mano por la cabeza.

—Solo, me he quedado solo… —balbucea sin levantar la cabeza.

—¡Que no! ¡Soy tu esposa! —me escucho decir para mi propia sorpresa, mientras lo estrecho en mis brazos y lo lleno de besos, que Damián trata de rechazar—. Vamos Damián, cálmate. Perdóname, por favor, no quise que te pusieras así, es mi culpa por estar molesta, perdóname.

Su respiración irregular llena el silencio. Aunque parece que mis palabras le han llegado a algún lugar dentro de él. No me abrazó, no dijo nada, pero al menos ha dejado de luchar y tratar de escapar de mi abrazo.

—Te prometo algo —le señalo con firmeza mientras no lo suelto—. No sé qué pasará después de esto, pero no voy a dejarte enfrentar todo solo. Eso te lo juro.

Sin embargo, Damián no se calma, sigue llorando. Mamá me pide que lo lleve a su cuarto y llama a Rufo. Hago que la enfermera me ayude a acostarlo, y me acuesto abrazada a él, que no me devuelve el abrazo y me da la espalda.

—Disculpa, Luci, disculpa —lo escucho balbucear.

—No, no me pidas disculpas, y puedes seguir llamándome Elsie, es mi nombre.

Vamos, deja de llorar, que te vas a enfermar —estoy realmente desesperada—.

Si dejas de hacerlo, prometo no divorciarme de ti nunca, hasta que tú lo pidas, ¿quieres?

Así no te sentirás nunca solo, tendrás a mi familia como tuya.

Al final, yo sé que nunca nadie se va a fijar en mí, ni me voy a casar.

—¿Harías eso? ¿Te quedarías casada conmigo una vida entera? —Damián me miraba con incredulidad.

No sé lo que me ha agarrado, le tomo el rostro con ambas manos. Asiento con la cabeza varias veces. Mientras le digo que sí, él había salvado a mi hermana, no una, ni dos, sino tres veces. Mataron a su papá tratando de salvarla.

—Aunque tus intenciones con ella no eran buenas, te lo hemos perdonado todo.

¿Me escuchas? Hasta mi cuñado te lo perdonó.

Vamos, deja de llorar y abrázame, no seas malo.

Me vas a hacer llorar a mí también, sabes que mis granos se ponen peor si lo hago.

Perdóname, Damián, no sé por qué estaba tan molesta y la cogí contigo —y se echa a llorar también, arrepentida de haberle causado esa pena—.

Yo te quiero mucho, Damián, no lo hice a propósito, perdóname.

De a poco, Damián se gira y me abraza también, pero no puede contener su llanto. Rufo entra en compañía de Alessandro y Lili, que sin importar las protestas de su esposo, se acuesta al lado de Damián, lo abraza y lo llena de besos también.

—Deja de llorar, Damián, no estás solo. ¿Ya te acordaste que te dije que estarías siempre en mi vida?

Eres el hermano que siempre quise tener, ¿me escuchas?

Te debo la vida a ti, me diste una segunda oportunidad de vivir, y por eso siempre estarás acompañado.

Lo estarás, ya Ale te perdonó también. Siempre estarás en nuestras vidas, dale, deja de llorar.

Te queremos mucho, no estás solo, nunca más lo estarás.

—Vamos, Damián, nunca dejamos de considerarte nuestro amigo, nunca vas a estar solo. Ya te lo dijimos, que volveríamos a ser como antes, hermanos —añade Alessandro, palmeando la espalda, al ver que, lejos de tranquilizarse, se pone peor.

—Ya escuchaste a Ale, Damián, todos te perdonamos y te queremos con nosotros, no estás solo. Por favor, deja de llorar —presiona Lili.

—Lilian —la interrumpe Rufo—, déjenlo solo con Luci, es lo mejor por ahora, no lo presionen. No debieron decirle las cosas así, debió acordarse solo. Ya lo inyecté, de seguro se duerme ahora.

Todos salen, dejando a Damián abrazado de mí, que también lo abrazo y acaricio. Y hasta lo beso en la mejilla cada cierto tiempo. En una de las veces que lo voy a hacer, él se gira al mismo tiempo y me besa en los labios.

—Perdón, Damián, perdón. Te iba a besar en la mejilla.

Damián se queda mirándome por un instante, y sin previo aviso me atrapa los labios y me besa con desesperación. Por la sorpresa, me quedo quieta, luego me separo, toda colorada. Pero no digo nada, escondo mi cara en su pecho.

—¡Eres mi esposa, Elsie, lo eres! No me importa que eso que me dijeran sea verdad, pero yo a ti es a la que reconozco y amo.

—Está bien, Damián, duérmete, seré tu esposa hasta que lo quieras —lo siento como de a poco se va quedando dormido sin soltarme. ¿Y ahora qué va a pasar conmigo? Me pregunto.