118. ESTAMOS CASADOS
LUCILA:
Damián me da todos los detalles, y en breve entro en la base de datos del ministerio de Justicia de Francia y me quedo mirando fijamente el acta de matrimonio entre él y yo. Mamá está muy nerviosa y mira la pantalla junto al abuelo Minetti por encima de mi hombro.
Mis dedos vuelan por el teclado y en menos de lo que tarda en contarla, tengo en la pantalla todos los datos.
—¡Oh por Dios, es verdad, Luci, esos son los nombres de tus papás! —exclama mamá llevándose las manos a la boca—. ¡Eres de verdad la esposa legal de Damián!
—Se los dije —dice Damián, sonriente—, Elsie y yo estamos casados. Ahora no lo puedes negar. Elsie, deja de decir que no eres mi Elsie.
No lo escucho y sigo registrando todos los datos que encuentro en busca de un error que me haga ver que no soy yo.
—¿Cómo sabes, mamá, que no es falsa? —le cuestiono a mamá, ignorando la cara de felicidad de Damián—. ¿Me dijiste que papá Kenet me había inscrito como de ustedes?
—Lo hizo, Luci —asegura mientras se acomoda los espejuelos, fijándose en todo lo que está escrito—. Pero esa inscripción de nacimiento es la original tuya, con los nombres de tus verdaderos padres. La reconozco muy bien.
—¿Y qué importa que tenga el nombre de mis padres? —sigo interrogándola, negándome a creer que estoy verdaderamente casada con Damián, quien no deja de observarme feliz—. ¿No dices que papá cambió una letra de nuestro nombre? Fíjate bien, ese 'Elsie' está escrito con dos S.
—¡Exacto! Es así como se escribe tu verdadero nombre.
Espera, deja que te traiga tu pasaporte ahora mismo.
—Mamá sale corriendo, regresando al momento con dos en las manos—.
Fíjate bien, Damián tiene razón, eres tú, no la otra chica.
Y te dije que son los nombres de tus padres esos, no los de nosotros.
Fíjate en tu pasaporte original. ¿Ves? Este es el verdadero que tiene los nombres de tus padres y este otro es el que te hizo Kenet.
Tomo los pasaportes de las manos de mi madre y comienzo a verificar todos sus datos. Y entre más lo hago, más compruebo que es verdad. Son mis datos reales los que están en el certificado de matrimonio.
—¡Es verdad, mamá, estoy casada con Damián desde hace mucho! ¿Qué locura es esta? ¿Cómo puedo estar casada cuando ni siquiera he tenido novio? —señalo, ahora más irritada que antes.
—Luci —interviene el abuelo, que se ha sentado a mi lado en una silla—, cálmate, hija, todo tiene solución. Busca el acta de nacimiento de las otras chicas a nombre de ustedes en Francia y el de matrimonio de Damián con Elsie.
Sigo buscando, encuentro las inscripciones falsas de las otras chicas y me doy cuenta de que es verdad lo que dice mi mamá sobre la falta de una letra en los nombres.
Además, no aparecen los nombres de mis padres, sino los de mis tíos.
Busco, pero no encuentro otra acta de matrimonio con la Elsie falsa, sino con Lesie Lemert.
—Abuelo, estaba casado con Lesie Lemert —le enseño el acta—. Pero se divorció de ella y se casó conmigo.
—¡Esa es la chica que se hace pasar por Lili! Kenet le quitó la segunda L —explica la señora Libia, sorprendida—. ¡En vez de Leslie, le puso Lesie!
—Ella era la que tenía que casarse conmigo, pero te mandó a ti, querida, recuérdalo —interviene Damián—, pero lo arreglé. Solicité sus verdaderas inscripciones de nacimiento y todo lo demás en Escocia.
—¿Cómo te enteraste de que era Elsie Lemert? —pregunta el abuelo.
Damián sigue sonriendo mientras le contesta al abuelo que su padre se lo había contado todo. Luego mandó a un detective a ver si era verdad que ella era hija del hermano del dragón rojo, no de él, lo confirmó. Le había llevado todos los verdaderos papeles de ambas: Leslie Lemert y Elssie Lemert.
—Me costó mucho dinero, pero los conseguí.
Te libré de esa maldita mujer que te torturaba, querida —me aprieta con cariño la mano y sus ojos brillan de felicidad mientras los míos revelan una confusión e incredulidad ante ese hecho—.
Con esos papeles confirmé lo que sospechaba, que no eran hermanas, esa que te mandó a mí, casándote con su nombre no es nada tuyo. Ya ella no es mi esposa, lo eres tú.
—No, hijo —le explica mamá con cariño—, sé que estás confundido, pero ella nunca ha estado casada con nadie, ni siquiera ha tenido novio.
Además, Luci ha permanecido aquí en Italia conmigo siempre.
Mira sus pasaportes, ¿ves? No ha salido en todos estos años de Italia, a no ser hace poco que fuimos a Valencia.
Con quien te casaste fue la chica que se hacía pasar por ella.
—Luci, búscale las fotos del accidente de la esposa y su papá —me pide el abuelo.
Voy a hacerlo, pero me detengo recordando lo que dijo Rufo, debíamos dejar que sus recuerdos vinieran solos, y estos hechos son muy traumáticos.
—¿Está seguro, abuelo? —quiero saber ahora preocupada al ver la cara de desconcierto de Damián.
El abuelo mira a Damián, que sigue sonriendo por unos momentos; luego observa la expresión de terror que tengo, asiente y dice que debe recordar que perdió a esos seres queridos.
—¿Y si se pone peor? —estoy realmente preocupada. Aunque estoy molesta con él, no quiero que le pase nada malo.
—Hazlo, Elsie —me solicita ahora Damián, muy serio, comenzando a creer que lo que le decimos es cierto—. Quiero ver si es cierto eso que me dices.
—¿No será mejor esperar a que Rufo diga que puedes? —cuestiono, asustada de que algo le vaya a pasar. He visto las imágenes y son realmente muy malas.
—No, quiero ver qué tanto he olvidado. Al parecer es mucho —responde él, ahora con expresión seria.
Enseguida encuentro todos los periódicos con las noticias.
Damián se queda mucho tiempo observando todo en silencio.
Se acerca a la computadora, me quita el ratón y comienza a pasar despacio todas las terribles escenas de los periódicos.
Se detiene en un video que hace todo un reportaje desde que se casó hasta el aparatoso accidente, donde se ve a su esposa muerta y ensangrentada.
Poco a poco, todo se va aclarando en su memoria.
Recuerda la llamada de aviso, el entierro, la pérdida de sus seres más queridos.
Luego, todo lo que pasó con Lilian y la muerte de su padre a manos de Demon.
—¡Oh, Dios mío, es cierto! ¡Me he quedado solo en el mundo! —exclama mientras las lágrimas le corren por las mejillas, aferrado al ratón, pasando una y otra vez las aterradoras imágenes: su casa en Marsella quemada, el entierro de su padre—. ¡Estoy solo, solo!