¡Ups! ¡No me equivoqué! 117. CASADA SIN SABERLO
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117. CASADA SIN SABERLO

LUCILA:

Damián alzó el rostro y me miró directamente, con esos ojos tan azules como el cielo encima de nuestras cabezas. Podía ver que en verdad creía que era su esposa; todo lo que decía era cierto, solo que yo no era la protagonista de su bella historia de amor.

—¿Por qué me preguntas, amor? Tú mejor que nadie sabes que ella lo hizo, te mandó a ti en su posición.

Pero eras tan bella e inocente que no te delaté o te hubieran asesinado.

—Estaba asustada. Entre más lo escuchaba, más me asustaba.

—Me gustaste desde que te vi, Elsie, créeme.

Estaba confundido, todavía creía que amaba a Celia, bueno, tal vez lo hacía.

Se detuvo un momento y pude ver el dolor en sus ojos. Luego prosiguió diciendo que Celia había sido su primer y gran amor desde niños. Pero cuando supo que Elsie estaba embarazada de él, decidió dejar que Celia fuera feliz con Alessandro Minetti y tratar de ser feliz con ella.

—Pero la mataron ese día y no pude controlarme; estaba borracho cuando te dije aquello.

—Lo vi acercarse en su silla de ruedas, sin poder responder.

Todavía estaba consternada con lo que acababa de escuchar, aterrada de que pudiera ser verdad.

—Perdóname, cariño, por favor. Juro que te haré feliz, no me rechaces más.

¿Cuánto tiempo estuve dormido? ¿Fue mucho?

¿Más de un mes? ¿Es a eso a lo que te refieres cuando dices que pasó mucho tiempo?

¿Sabes qué pasó exactamente conmigo? ¿Qué pasó con tu embarazo?

¿Estás todavía embarazada o tuviste al bebé?

¿Dónde tienes a nuestro bebé si lo tuviste?

—¡No, no, y no! ¡No soy tu esposa, nunca he tenido novio!

—exclamé, exasperada al ver que él no regresaba a la realidad y no me veía a mí, sino a su doble.

—No he estado embarazada. Deja de preguntarme por un bebé que no existe.

Tu esposa murió en un accidente. ¡Mírame!

Me acabas de conocer, soy Lucila, Lucila, la que te ha cuidado todos estos días.

¡Nunca hemos sido nada! Nunca he hecho el amor, soy virgen, nunca he estado embarazada y mucho menos he tenido un bebé.

Fue una explosión que no pude detener. Él intentaba acercarse más a mí, pero no podía en su silla de ruedas, que era difícil de maniobrar en el sendero.

Lo observaba sin poder moverme, sintiéndome impotente ante su mirada de sorpresa y dolor, hasta que llegó a donde yo estaba, helada.

Tomó mis manos, que tenía frías, y tiró de mí con suavidad.

—Elsie, deja de decirme eso. ¿No sientes pena de mí? ¿Es que no me vas a perdonar y por eso no quieres que conozca al bebé? —Dolía; mi corazón dolía por él.

—¡No existe ningún bebé, por Dios! —Grité, a punto de echarme a llorar.

Me siento impotente, sin saber por qué me molesta tanto que él vea en mí a su difunta esposa.

Me irrita tanto que he explotado, olvidando que está enfermo.

Le doy la espalda, tomando grandes bocanadas de aire, tratando de calmarme.

Me digo una y otra vez que está enfermo, que tengo que ser paciente, pero Damián no me lo pone fácil, sigue insistiendo con lo mismo.

—¡Elsie Lemert Cavalieri, eres mi esposa legalmente! —Lo miré mientras me reclamaba con lágrimas en los ojos. —Deja de querer engañarme diciendo que eres Lucila; sé quién eres y no me importa.

Me quedé sin respiración por la fuerza de sus palabras. Pero seguía queriendo saber más; en toda esa maraña de mentiras, secretos y traiciones que contaba, temía que estuviera realmente enredada con él. Necesitaba comprobarlo por mí misma.

—¿En serio buscaste mis papeles en Escocia? —Traté de mantener la calma.

—Sí, descubrí que eras la hija del hermano del dragón rojo.

Y mandé a buscar tus papeles y te hice mi esposa.

—Sonreía ante mi cara de terror. —Ahora la loca de la falsa hermana tuya no puede amenazarte más con que me lo va a decir.

Por eso, amor, deja de querer engañarme y dime qué pasó con nuestro bebé.

Mi temblor interior aumentó sin poder dejar de mirarlo. Él asentía lentamente, con un anhelo que me destrozaba. Podía ver un rastro de dolor en su mirada.

—No puede ser verdad eso que dices, Damián. No puedo estar casada contigo. ¿En serio mandaste a buscar mis papeles reales a Escocia? —Repetí, negando con la cabeza, y por instinto giré a buscar a mi madre.

—¿Qué sucede, Luci? —pregunta mamá, que ha regresado con el abuelo al verme discutiendo con Damián—. ¿Por qué discuten? Luci, acuérdate de lo que te dijo Rufo; él no recuerda muchas cosas. Lo hará con el tiempo. Ten paciencia y deja de molestarte con él.

La observé sin saber si llorar o reír. Mamá, ajena a que mi vida se estaba adentrando en un laberinto que podría consumir todo lo que soy, lo primero que hizo fue regañarme y mirar si Damián estaba bien.

Tenía la esperanza de que todo fuera una mentira y, si no, yo misma arrancaría la verdad de su historia.

—¿Sabes lo que me acaba de decir mamá? —La tomé por un brazo, haciendo que me mirara. —Dijo que estoy casada con él de verdad.

—Vamos, hija, eso lo dice desde que despertó. Cree que eres su difunta esposa —mamá me acarició la mejilla con cariño al mismo tiempo que revisaba con su mirada mis granos. —No tienes que molestarte por eso; tú no eres así, cariño. Cálmate, te puede hacer daño.

Sé que mamá trataba de calmarme al verme tan molesta. El abuelo se acerca despacio y mira a Damián con preocupación. Pero necesito saber toda la verdad; estoy tan asustada que todo mi cuerpo comienza a picar descontroladamente.

—No me estás entendiendo, mamá. Ahora mismo, Damián me acaba de decir que mandó a buscar mis papeles reales a Escocia y que se casó conmigo con ellos. —Concluí de explicarle, y ambos se giraron hacia Damián.

—¿Es eso cierto, Damián? —preguntó el abuelo.

—Sí, señor Minetti. Elsie Lemert es mi esposa legal; ella firmó los papeles cuando los llevé. —Contestó seguro, sin dejar de observarme preocupado—. Y si no me crees, Elsie, puedo mandar a buscar el registro de nuestro matrimonio; fue el mismo día que murió Celia.

—¡Vamos ahora mismo a ver si lo que dices es verdad! —Señalé, furiosa, más allá de lo que podía aguantar.

Realmente estaba molesta; tomé la silla de ruedas de Damián para regresar a la casa, seguida por el abuelo y mamá. Entré en mi oficina, lo coloqué al lado de mi computadora central y me senté lista para averiguar todo.

—¿Cómo lo vas a saber desde aquí? Todo está en Francia; llamaré a mi abogado para que me lo mande. —Comentó Damián, mirando cómo me siento delante de su computadora y, sin mirarlo, le pido.

—¿Dime la fecha del matrimonio y tu nombre completo? —Exigí, furiosa. Él no tenía idea de quién era yo. Encontraría todo sin importar lo que costara.