116. MÁS QUE CONFUNDIDA
LUCILA:
El aire se me escapó del pecho como si me hubieran golpeado. Mis pies se clavaron al suelo y mi cabeza se llenó de una estática insoportable. Solté la silla molesta; no me gusta para nada que él la crea su difunta esposa. Caminé hasta colocarme delante de Damián, que me sonríe.
—Damián, mírame bien. No soy esa Elsie que recuerdas; ella murió en un accidente con tu hijo —no podía aguantar más—. ¿Por qué no puedes recordar eso? Han pasado ya algunos años desde que sucedió. No fue el mes pasado como crees.
Damián se quedó observándome fijamente; luego, sin más, soltó una gran carcajada mientras tomaba mis manos.
—¿Cómo puedes decirme que moriste si te estoy mirando viva delante de mí? Vamos, linda, no seas mala, no quieras engañarme, no otra vez —hablaba con tanto cariño que me rompía el corazón.
Tomé aire varias veces, soltándome de sus manos. Me repetía una y otra vez que debía tener paciencia, que estaba recuperándose y que seguía en esas memorias de su pasado.
—¿Te acuerdas de cuando murió Celia? —Muy a mi pesar, deseaba aclarar las cosas y que dejara de considerarme su esposa.
—Sí, lo recuerdo muy bien; fue el día en que te hice creer que me divorciaba de ti, hace más o menos un mes —¿un mes?
Lo miré desconcertada. No sabía bien la historia, pero sabía que hacía muchos años que había sucedido—.
Como te he contado, no nos divorciamos de verdad.
Bueno, sí, pero era porque teníamos que casarnos con tu verdadero nombre.
Me quedé helada; ¿estaría en verdad casada con él? No dije nada, a la espera de que siguiera hablando. No nos habíamos divorciado nosotros, sino de mi supuesta hermana. Damián me sonreía como si eso que dijo fuera a hacerme feliz. Al verme callada, siguió.
—Luego nos casamos de verdad, con tu nombre real.
Después yo tenía que recoger nuestra acta de matrimonio; te pedí que fueras sola para la casa, y lo hiciste sin mirar una sola vez para atrás —estaba desconcertada; él lo presentaba como algo lindo, y yo, que no era su esposa, sufría por ella—.
Sé que te fuiste llorando, cariño, perdón por eso.
Quería decirme lo del bebé; no te dejé porque ya lo sabía, el doctor me lo dijo.
Te traté así, frío, porque quería recoger tu hermoso anillo de compromiso; no podías verlo, ya te dije que era una sorpresa.
¿Lo recuerdas? Te molestaste así como lo estás ahora, cuando te pedí que te fueras sola; perdón por eso, te lo voy a recompensar con creces.
—¡Damián, por el amor de Dios, mírame! —exclamé fuera de control—. ¿Por qué no puedes verme a mí, a Luci?
Las lágrimas afloraron a mis ojos; Damián estaba desconcertado, podía verlo en la manera en que me miraba, todo confundido. Trató de tomar mi mano de nuevo, pero se lo impedí.
—¿Por qué dices eso? —al fin cuestionó con un tono de voz dolido—. Siempre te he visto a ti, a ti, vida mía; jamás dejé de hacerlo.
Retrocedí dos pasos; quería salir corriendo, pero no podía dejarlo solo en medio de la nada, al sol.
Mi madre y el abuelo iban al frente, enfrascados en una amena conversación, y los guardias los habíamos dejado entrenando.
Tapé mis oídos, no queriendo escuchar lo que decía con un amor que casi podía palpar.
—Te miré desde el primer día que levanté tu velo en la habitación de espera, el día de la boda, y me miraste con esos hermosos ojos llenos de terror.
¿Recuerdas cómo te dije que hicieras silencio?
—su voz ahora sonaba desesperada—. Prometí que todo iba a estar bien; ¿dime que no lo has olvidado, Elsie?
Juro que mi corazón latía acelerado, y el dolor con cada palabra que decía de amor hacía que doliera. Nunca me había enamorado, pero por alguna extraña razón sentía ese amor que él describía.
—Por esa mirada fue que no dije nada a nadie; no levanté tu velo para que nadie te viera en la boda.
Me gustaste mucho, Elsie, y por primera vez, después de lo de Celia, sentí que podía rehacer mi vida contigo —podía sentir que sus palabras eran sinceras—.
Es por ello que te tenía sola en Marsella; no quería que nadie se enterara de que no eras tú, su supuesta hermana.
No porque no te quisiera, Elsie; por eso investigué quién eras de verdad y te casé conmigo con tu verdadero nombre; el detective me los trajo de Escocia, tú firmaste todo.
Me puse de pie de un salto, acercándome a él. Escocia era el país de mis padres, donde según mamá había nacido. ¿Podría ser que en verdad…?
—Damián, ¿qué quieres decir con eso? ¿Esos papeles de los que hablas son los míos en realidad? —sentía que estaba en medio de una película de terror—. ¿Estoy casada contigo con mi verdadero nombre? ¿No son los papeles falsos de la chica que se hacía pasar por mí?
Sonrió y volvió a tomar mi mano, señalando que nadie se hacía pasar por mí; era yo la que no recordaba que me casaron con él, en posición de mi falsa hermana.
La que se crió conmigo y me obligó a tomar su posición al casarse con él no era nada mía, y debía cuidarme de ella porque era una mala persona, muy mala.
—Quería asesinarte; me lo dejaste dicho en la carta que me dejaste en Marsella.
Cuando inventaste todo aquello del accidente, hiciste bien, cariño —retrocedí aterrada ante esta revelación.
Eso no podía ser verdad, no podía—. Pero me lo tenías que haber dicho personalmente.
Tengo una isla y nos hubiéramos escondido allá; no tenías que abandonarme para proteger a nuestro bebé.
Te protegeré de tu diabólica hermana y de todo el mundo.
Ya verás, te llevaré allá y nadie podrá dar contigo jamás.
Lo miré, realmente lo hice. Este hombre que había resucitado de entre los muertos y que todavía no recordaba el presente de su vida parecía que me había casado con él sin que supiera nada. Tenía que investigar, no podía ser cierto.
—¿De qué hablas, Damián? —me detuve pensando en todo lo que había dicho y, como siempre, traté de resumir—.
Déjame ver si entendí bien: a tu Elsie la hicieron casar en posición de su hermana.
¿Te refieres a la falsa que hacían pasar por mi hermana Lilian?
¿Ella se cambió con la que hacían pasar por mí y la obligó a casarse contigo?
¿Es eso? ¿Y ella quería asesinar a Elsie?