115. SIGUE CONFUNDIDO
LUCILA:
Se detuvo guardando silencio al ver que no quería hablar más sobre ese tema.
Suspiró y siguió diciendo que cuando había despertado de nuevo, yo no estaba.
Rufo lo estaba revisando e indicándole cosas a los enfermeros y terapeutas.
Ese día también escuchó a Minetti y a mi hermana.
Lilian le decía que le había prometido algo que no recuerda todavía.
Y los demás hablaban de otras cosas que tampoco recuerda.
—Era algo de que yo la había raptado, ¿sabes algo de eso? —no contesté, no quería que recordara más.
—No, olvídalo, eso no es importante. Lo relevante es que la salvaste de un mafioso que la quería para él —volví a soltarme de su agarre para regresar a mi trabajo—. La salvaste tres veces, y por eso nosotras te cuidamos. Por lo que hiciste por mi hermana Lilian.
—¿Puedes al menos decirme si es verdad que mis empresas están al borde de la bancarrota? —quiso saber al fin algo interesante—. Escuché a Minetti y a Lilian hablando de eso.
Me apresuré a decir que todo con sus empresas no debía preocuparse, lo había visto él mismo. Le mostré todos los archivos que tenía abiertos en mi computadora, queriendo dejar esa conversación.
—Rufo dijo que no debíamos forzarte a recordar, que lo harás de a poco. Ven a ayudarme con esto —me concentré en el trabajo.
Me quedé callada, señalando varios datos en la computadora. No quería seguir hablando de ese tema. Por suerte, escuché como se acercaban pasos apresurados.
—Luci, Damián, ya llegó Rufo —mamá, seguida de Rufo, entró al fin.
El doctor Rufino, con su maletín en la mano, se acercó presuroso a Damián, llenándolo de preguntas. Y de inmediato pasó a tomarle la presión. Los observé mientras todos guardamos silencio. Me sentía culpable por haberlo perturbado.
—¿Rufo, cuánto crees que me dure el efecto de eso que me hicieron? —cuestionó Damián.
—No sé decirte con exactitud, Damián —Rufo siguió verificando sus signos vitales mientras contestaba con profesionalidad—.
Pero estoy seguro de que te irás acordando de todo, solo hace unos días que despertaste.
No te impacientes, todo regresará. Estoy completamente seguro, porque tu cerebro está muy bien, ten paciencia.
—¿Y caminar? —presionó de nuevo Damián.
Se hizo un silencio pesado, hasta que Rufo le explicó que con la fisioterapia se iba a recuperar. Debía mantener la calma y tener paciencia. Tenía un poco elevada la presión arterial, pero nada más de qué preocuparse. En ese momento entraron Lilian y Minetti con semblantes preocupados.
—Minetti, ¿fue verdad que todos mis abogados, junto con los demás, me hicieron esto? —se dirigió a mi cuñado, que lo observaba desde la puerta.
Asintió con la cabeza; habían descubierto quiénes habían sido y los hicieron pagar por todo lo que le hicieron. Ignacio cuidaba de todo junto conmigo desde aquí y otro hombre de su confianza que puse al mando en Francia.
—Primero, ponte bien, Damián —Minetti lo miraba con preocupación—. Luego te vuelves a hacer cargo de todo. Está en buenas manos, ¿verdad, Luci?
—Sí, Ale. Todo está en orden —respondí con una sonrisa.
Al ver que no tenía nada, todos se dispusieron a salir, diciendo que estarían afuera un rato más. Pero Damián se negó a salir, diciendo que quería terminar de contarme algo.
—Luci, después te voy a curar bien —me recordó Lili antes de salir—. Estoy mirando que te pica mucho.
—De acuerdo, mi hermana, en un rato —cerré los ojos ante lo que se avecinaba; esas curas eran una tortura para mí.
Los vimos alejarse y nos quedamos en silencio. Estoy muy nerviosa al ver cómo Damián la mira fijamente. Al fin le cuestiono:
—¿Qué es? ¿Por qué me miras así?
—Nada, nada, esperaré que me lo digas tú misma —sonaba misterioso, y eso me intrigó—.
No te preocupes, tendré paciencia. En lo que estábamos, lo otro que recuerdo que me dijiste y que me asustó mucho fue lo de esa mujer que te estaba engañando.
No sabes el gran esfuerzo que tuve que hacer para despertarme, Elsie; me aterraba la idea de que te atraparan tus enemigos. La loca esa de tu falsa hermana.
—¿En serio despertaste porque yo me iba a escapar? —quise saber, recordando la escena.
—Sí, fue por eso. Estaba aterrado, trataba de hablar, de decirte que todo era una trampa, que te estaban engañando —no pude evitar observarlo fijamente, con mi corazón agitado—.
¿Cómo pudiste creer en esa mujer, cariño?
Yo estoy terminando una vacuna, sabes que lo hice por ti, por ti, linda. Ten paciencia.
—Damián, yo… —estaba avergonzada.
—Amor, mírame, nunca me importaron tus granos —insistió mientras lo miraba con incredulidad—. Eres bella, Elsie, muy bella. Cambia esa cara; me divertí mucho con lo otro.
—¿Lo otro? —sentí como mi rostro se volvía rojo.
—¿No recuerdas lo que me hiciste?
—¡No! —exclamé abochornada y le di la espalda, toda colorada.
Damián rió divertido con mi vergüenza; soy novata en este tema, y aunque estoy consciente de que todo lo que dice no es para mí, no deja de provocarme sensaciones que desconocía.
—Está bien. Me gustaba mucho que me dieras un beso cuando te ibas y regresabas —siguió contando con una gran sonrisa y ojos brillantes—. Desde que desperté, dejaste de hacerlo. ¿Por qué?
—Porque no somos nada —susurré sin mirarlo.
—Está bien, también extraño que me cuentes todo lo que haces cuando no estamos juntos —no entendía por qué me hacía esto; cerré los ojos frustrada—. Era algo que me encantaba que hicieras, como me contabas de todo. Por favor, sigue haciéndolo.
Hacía más de una semana de esa conversación; todavía Damián no puede caminar bien.
Mamá y el abuelo se empeñaron en salir a pasear, por eso vamos caminando mientras empujo su silla de ruedas en que va sentado.
Lo hacemos por el mismo sendero que acostumbraba a usar con el abuelo, que va delante en compañía de mamá.
Estoy muy furiosa y no sé por qué ver a Damián recibirme sonriente, abrazarme y besarme con amor, hoy me ha puesto de tan mal humor.
Por eso no hablo, no respondo a nada de lo que él emocionado me pregunta; solo escucho cómo hace planes de la supuesta vida que llevaremos cuando regresemos a su casa en Francia, de los lugares que me llevará, y los menciona a todos.
Y entre más él se emociona planeando una vida feliz para los dos, yo me enfurezco más y más.
—Puedes detenerte, Elsie, por favor, amor, necesito hablarte —me pide Damián.
—Deja de decirme así, ya te expliqué que ese sí es mi nombre. Pero que se lo dieron a la que fue tu esposa para protegerme a mí. Yo soy Luci, nunca he estado casada, ni siquiera he tenido un novio —no soporto más que me siga confundiendo con su esposa.
—¿Por qué me haces esto, Elsie? —se impacienta Damián ante mi actitud—. Ya te pedí perdón, he estado esperando que seas tú la que traiga el tema, pero no lo haces; por eso es que lo hago yo. ¿Qué va a pasar con nuestro bebé?