¡Ups! ¡No me equivoqué! 114. LA CONFESIÓN DE DAMIÁN
39%

114. LA CONFESIÓN DE DAMIÁN

LUCILA:

Damián me observó con una mirada llena de cariño, que me hizo sobrecoger, porque sabía que ese amor no era para mí. Me seguía confundiendo con su difunta esposa. Pero no dije nada al ver lo nervioso que estaba por el modo en que se movían sus ojos.

—Me desesperaba cuando te demorabas a veces, cuando te pasabas muchas horas sin ir a verme, querida —la candidez con la que lo dijo me enterneció.

—No puedo creer que lo que me dices es verdad —sentía una mezcla de emoción y tristeza al escucharlo, pero sobre todo, vergüenza—. A ver, ¿qué te dije esa noche?

—Empezaste a decirme que era muy tarde, que si tu mamá te agarraba acostada conmigo se iba a molestar —no lo podía creer, todo lo que decía era verdad.

—¡Fue eso mismo! —señalé viendo cómo sonreía ante mi expresión—. Es verdad, llevas quince días despierto.

Bajé la mirada ante él; la vergüenza no me dejaba levantar la cabeza. Siguió diciendo que no había entendido de qué mamá hablaba y todavía no lo entendía, porque yo era huérfana. Pero le alegraba que tuviera a alguien que me quisiera como si fuera una madre, y mi mamá Libia parecía muy buena.

—No es mi mamá verdadera, pero me crió desde bebé —aclaré al ver su confusión—.

Y me iba a acostar contigo porque no puedo dormir cuando me duele todo el cuerpo.

Estos enormes granos me hacen sufrir mucho.

Por eso iba a hablar contigo, eras el único que me escuchaba y al que le podía contar mis miedos.

Porque creí que no me escuchabas y que cuando despertaras no te ibas a acordar.

—Ya veo, siempre fue así —comentó con naturalidad—. Había noches que te la pasabas caminando por el jardín. Por eso lo mandé a llenar de todas las flores olorosas que te gustan. Porque siempre me dijiste que odiabas el olor de las medicinas. ¿Te gustó cómo quedó el jardín?

Suspiré al ver que otra vez hablaba de su difunta esposa que padecía mi misma enfermedad. Tragué en seco. No quería contradecirlo, pero que asumiera que yo era ella me hacía sentir muy incómoda.

—No lo sé, ya te dije que no soy tu Elsie y que nunca he estado en Marsella —no lo miré porque sabía que no me creía.

Por eso cambié de tema—. Mientras dormías estuve leyendo sobre ti.

Eres muy bueno en lo que haces, lástima que te hayas derrumbado con la muerte de Celia.

Debe ser lindo amar así. Siento mucho también lo de tu esposa.

—¿Vas a seguir diciéndome que no eres mi esposa? —Damián estaba realmente molesto, y aunque trataba de aguantarme, exploté.

—¡No lo soy, Damián! —grité, pero, al ver su mirada, me contuve—. Sé que has tenido mala suerte en tus relaciones, aunque eres un mujeriego, siempre andas con modelos famosas muy hermosas.

Damián chasqueó la lengua, completamente irritado. Podía ver la tormenta que mi negativa le provocaba, pero no quería que siguiera confundido. Sin embargo, al escuchar lo último que dije, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No he hecho tal cosa, nunca te fui infiel aunque las revistas dijeran otra cosa —lo observé; hablaba con una seriedad tal que, si no hubiera leído todo sobre él, le habría creído—.

Me hiciste creer que estabas muerta, eso fue cruel, cariño, muy cruel.

¿Cómo crees que en tan poco tiempo iba a andar de mujeriego, Elsie?

Yo, en realidad, te amo, querida, y te voy a amar mucho más.

—Está bien, no te presiono más, ya te acordarás —solté sus manos y me giré hacia mi computadora furiosa—. ¡Diantres! Estos malditos granos me están matando.

Suspiré, intentando controlar la picazón que me recorría los granos de la espalda.

Había tal insistencia en su relato que me desesperaba.

Me negaba a dejar que siguiera confundiéndome con su difunta esposa.

Pero debía aguantar mi frustración; había, como quien dice, acabado de despertar.

Rufo me había dicho que debía tener paciencia.

—¿Te pican mucho? Ven, deja que te pase la mano, siempre se te alivia cuando lo hago —Damián comenzó a pasar suavemente la mano por mi espalda.

Para mi sorpresa, al hacerlo me disminuía la picazón, por lo que me quedé quieta dejando que lo hiciera—.

¿Cómo te sientes? ¿Se te alivió? No sabes cuánto te extrañé, Elsie.

Lloré mucho cuando me dijeron que habían muerto. Te amo, Elsie, te amo mucho.

Me aparté de golpe de su tacto, al escuchar esas palabras que me molestaban mucho; su tacto, que momentos antes me había aliviado, ahora sentía que me quemaban.

—¡Basta, Damián! ¡No soy tu Elsie, no soy tu esposa! —hablé toda frustrada, al borde del colapso.

Damián apretó los labios y me observó fijamente. Agarró mi silla y me colocó frente a él, mirándome con un profundo dolor que no podía descifrar, pero que me hacía temblar de pies a cabeza. Solté todo mi aire, repitiendo en mi cabeza que estaba enfermo y que debía tener paciencia.

—No tienes que gritarme. Sé quién eres —afirmó con vehemencia—. Y también sé lo que intentas negar. No puedes escapar de mí, estés confundida o no. Eres mi esposa y te amo.

—Deja de decir eso, sé que no es a mí a quien lo dices, no me gusta —repliqué tratando de volver a mi computadora—. Yo nunca he amado a nadie, ni he tenido a nadie que me ame. En cambio, tú conociste el amor con Celia, sé que nunca lo conoceré.

Me solté de su agarre y me coloqué de nuevo frente a mi computadora donde los gráficos de las empresas de Damián no dejaban de moverse. Quería dejar de hablar sobre su difunta esposa y regresar a mi trabajo.

—Sé que no te enamoré, Elsie, como debía hacerlo, y que nunca antes de mí te relacionaste con nadie, eso lo sé —lo observé con curiosidad.

El tono de su voz había cambiado—. Como también sé que eres huérfana, que no tienes padres.

Solo me tienes a mí y a nuestro bebé cuando nazca, porque esa que crees que es tu hermana no lo es y la otra que te hizo tantas cosas malas y que te obligó a casarte conmigo, no es nada tuyo.

—Sé que mamá no es mi verdadera mamá, y que Lilian nada más es mi prima, pero yo las quiero como lo que representan para mí —reconocí esa parte de su historia porque era verdad—.

Mi mamá que me crió y mi hermana que da la vida por mí.

Por eso es que te agradezco tanto que hayas impedido que Lili se suicidara.

—Perdóname, amor, por lo mal que me porté contigo, por favor —el ruego de Damián me estremeció. ¿Cómo era posible que no se diera cuenta de que no era su Elsie?

—Está bien, deja eso. Algún día te vas a acordar, ya verás —tenía que hacer que cambiara de tema, estaba exasperada—. ¿Y después de eso, qué más recuerdas de lo que yo te dije?