113. DAMIÁN Y LUCI
LUCILA:
Damián siguió contando sin hacer caso a lo que le había dicho. Después de hacer todo lo que hizo con su esposa en el juzgado, la había mandado con los guardias a la casa en Marsella, diciéndole que no podía irse hasta que él llegara. Elsie se había molestado mucho; nunca antes la había visto así.
—Estoy cambiando mi opinión de ti, eres malo —señalé volviendo mi atención a la computadora.
Me imaginaba a la pobre chica sufriendo por culpa de este hombre malvado. Lo escuchaba reír feliz mientras pasaba con suavidad su mano por mi espalda, lo cual me agradaba por la picazón que tenía. Aunque me molestaba que siguiera riéndose de mí.
—No te molestes, cariño, solo era una broma.
Te daría la sorpresa por la noche, ya te lo dije —Damián no dejaba de reír ante mi actitud—.
Luego que te fuiste, me dirigí a la empresa a hablar con papá.
Compré un ramo de flores y los zapatitos azules de bebé para darte la sorpresa y decirte que todo era mentira. Y entonces fue que pasó lo otro...
Giré mi cabeza para observarlo al sentir cómo flaqueaba su voz. Tenía los ojos muy abiertos con una gran expresión de dolor. Me asusté y le presté atención.
—¿Lo otro? ¿Qué otro? —quise saber, esperando que hablara.
—Sí, lo otro, lo otro. ¡Oh por Dios! ¡Oh Dios, esa llamada! —gritó y se puso realmente alterado.
Me asusté al verlo así. Su rostro reflejaba puro terror y sus manos las había llevado a la cabeza mientras negaba. Estaba segura de que había recordado algo malo, por lo que me apresuré a decir que no siguiera. No quería que recordara nada malo.
—Vamos, no te pongas así —le tomé las manos, asustada—. No puedo ser tan malo que Elsie te dijera que te iba a dejar.
—No fue eso, amor, no fue eso —continuó atormentado—. ¿No recuerdas cómo me puse? ¿Las cosas que te dije por teléfono? La llamada era para decirme que Celia, mi Celia, estaba muerta. ¡Esa desgraciada mujer mandó a matar a mi Celia, ella me lo dijo!
Tragué saliva, asustada, al ver cómo se había alterado.
Este hombre al que yo apenas conocía se veía ahora como un niño asustado, atrapado en un dolor tan antiguo como su corazón.
Él alzó sus ojos hacia los míos, y pude ver una gran vulnerabilidad en ellos; su mundo parecía destrozado con lo que había recordado.
La puerta se abrió y mamá entró por ella con una bandeja en sus manos con unos vasos de jugos.
—¿Qué le pasa? —mamá se acercó al ver cómo estaba alterado—. ¿Por qué está tan agitado?
—Estaba recordando algo y se puso así —apretaba las manos de Damián tratando de que se tranquilizara—. Estaba bien hace un momento.
Damián movía la cabeza diciendo que no, con la mirada perdida, mientras se aferraba a mí de una manera que me asustaba.
Mamá de inmediato dijo que llamaría al doctor Rufino y salió presurosa.
Di un paso hacia él, insegura. No sabía si abrazarlo o salir corriendo.
¿Qué se supone que debía hacer en este tipo de situaciones?
Yo no era médico, ni arreglaba cuerpos rotos, mucho menos almas fragmentadas.
—Vamos, Damián, no estás solo, yo estoy contigo —me animé a decir, sintiéndome culpable por haberlo obligado a hablar de esas cosas—. Deja de recordar cosas tristes. Eso hace mucho que pasó.
Se quedó en silencio, mientras sus hombros temblaban ligeramente. Era evidente que estaba verdaderamente luchando contra un recuerdo que amenazaba con consumirlo. Lo peor era que seguía perdido.
—¿Qué quieres decir? ¡No hace nada qué pasó! —Se revolvió en su silla de ruedas mientras pasaba las manos por su cabello, y sus hermosos ojos azules brillaban con lágrimas que se negaban a caer.
—Está bien —le atrapé una mano tratando de que se calmara—. Ya lo recordarás, ha pasado el tiempo. Mírame, Damián, sé que la amaste mucho, pero ya no está. Tienes que ponerte bien, hazlo por mí, te ayudaré con eso.
Mi corazón se encogió al verlo así, pero también por mí misma. Estaba arrepentida de haber iniciado la conversación, pero no pude evitarlo. Mi maldita curiosidad, siempre llevándome a los lugares más oscuros, ahora había provocado esto.
—Gracias, Elsie, muchas gracias —Damián me agarró de pronto con más fuerza de la que era necesaria—. Precisamente eso fue lo primero que escuché que me dijiste.
Una sonrisa torcida se formó en el rostro de Damián mientras me miraba con cariño con sus ojos vidriosos. Su mirada era la de un hombre que lo había perdido todo y se aferraba a mí como un salvavidas.
—Esa noche cuando me abrazaste y dijiste: "Vamos, Damián, lucha, tienes que sobrevivir por mí, por mi hermana. No te rindas. Si lo haces, Lili se va a sentir muy mal. Resiste, Damián, resiste. Recuerda que estoy esperando por ti".
Me quedé helada. Recordaba claramente ese día. Hacía más de quince días que dije esas palabras. Me apresuré a hablar, necesitando con desesperación una distracción.
—¿De veras me escuchaste ese día? —Todavía no lo podía creer—. Pero hace más de quince días que pasó.
—¿Quince días?... —susurró más para él que para mí.
—Sí, ese día te pusiste tan agitado que hasta Rufo tuvo que venir —lo miraba confundida.
Lo observé fijamente, preguntándome si había estado fingiendo su coma. Pero deseché la idea al recordar que eso no se puede fingir. Después de todo, había visto sus graves heridas. Miré al hombre que tenía delante, y vi que estaba roto.
Lo escuché decir que saber que Celia había muerto había sido un gran golpe para él. Se la había dejado a Minetti, creyendo que él la iba a cuidar, que esa loca no iba a poder hacerle daño. Se detuvo tragando en seco, casi sin poder respirar.
—No quiero engañarte, linda, nunca lo he hecho —Damián tomó mis manos con vehemencia—.
Te dije siempre que Celia era mi gran amor imposible porque lo perdí por estúpido.
No debí esconderla de Minetti, tampoco aceptar esa boda.
Aunque ahora no me arrepiento de haberme casado contigo porque pude salvarte.
Y sabes, Elsie, ese día cuando me abrazaste; tu calor, tu cariño, hicieron que me tranquilizara y me durmiera.
Así como ahora, que me siento mejor. Gracias por eso, ya me siento mejor, linda.
No contesté. Seguí abrazándolo, diciendo que mamá había ido a llamar al doctor Rufino. No dijo nada por unos momentos. Luego asintió diciendo que quería preguntarme algo. Se acomodó en su silla mientras me sonreía, aunque no era una sonrisa, sino una mueca dolorosa.
—Bueno, después de eso que acabo de contarte —prosiguió Damián, tratando de seguir narrando de lo que recordaba de cuando estaba dormido—.
Cuando volví a despertar, seguía sin poder abrir mis ojos, pero la calidez de tu cuerpo me llenó de tranquilidad.
Me encantaba escucharte hablar con tu cabeza apoyada en mi hombro.
—¿Hace quince días que me escuchas hablar y me sientes dormir contigo? —No pude evitar preguntar.