¡Ups! ¡No me equivoqué! 112. QUE ME QUEME
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112. QUE ME QUEME

LILIAN:

Sabía que tenía razón. Él siempre era así, contundente, incapaz de disfrazar sus verdades con falsas cortesías. Y, sin embargo, nunca lo tomaba a mal, porque también sabía que venía de un lugar puro, de un amor genuino, casi fraternal.

—No te hará nada, más bien se reirá de mí —señalé cerrando las piernas.

—No lo hará, Lili, todos los grandes jefes estarán ahí —objetó con seriedad—. ¿Cómo crees que le va a gustar que te vean desnuda?

—Deja de protestar y mírame —traté de que dejara de regañarme—. ¿La enrosco mejor así?

—Sí, es como te enseñé. Procura no abrir las piernas e insisto en que te pongas un short corto antes de la tanga —recomendó una vez más—. Eso déjalo para cuando estés con él, en la habitación.

Asentí; en eso podía tener razón. Una vez más me sugirió que bailáramos nada más el espectáculo y nos disfrazáramos de hombres para vigilarlos. Negué con vehemencia.

—No dejaré que esa bailarina que se cree mejor que nadie, y que la escuchamos diciendo que iba a hacer de todo para que Alessandro pasara la noche con ella, le baile —estaba segura de eso—.

No, señor, ni ella ni ninguna otra. ¡Lo haré yo, lo tocaré, lo excitaré, lo volveré loco yo!

¡Es mi hombre, no dejaré que otra me lo toque!

—Estás muy posesiva, ¿lo sabías? —comentó Migue mirándome asombrado—.

Ese hombre, con tantas mujeres que tiene a su alcance, ha estado todo este tiempo utilizando su mano para no engañarte, loca.

¿Cómo crees que lo va a hacer el día que te tenga?

Alquiló la suite principal del hotel; me lo dijo Rufo.

Nosotros tendremos la que sigue. Ha realizado un montón de preparaciones para tu noche de bodas.

Deja los celos, Lili; te puedes lastimar y echar todo a perder.

¡No provoques a ese dragón o te va a quemar!

—¡Que me queme! —dije con vehemencia—. ¡Pero no dejaré que nadie lo toque, no lo haré!

Nadie podía luchar contra lo que no conocía, y yo seguía ajena a los secretos que arrastraba mi esposo como una cadena invisiblemente pesada.

Mi corazón latió más rápido. Si él llegara a descubrir todo lo que quería hacer por mis celos, ¿me seguiría mirando con esa mezcla de devoción y deseo?

¿O sería suficiente para romper lo poco que habíamos construido hasta ahora?

—Confía en ti. Confía en él, Lilian —dijo, y por una vez su tono no era de burla, sino infinitamente serio—. No te pongas en peligro otra vez. Las cosas se pueden poner feas; tú sabes que yo estaré a tu lado. Siempre. Para lo que sea. Pero esto es una locura.

Las palabras de Migue resonaron en mi mente mientras mi cabeza trabajaba a todo dar.

Mi sangre se detuvo por un instante, porque sabía que tenía razón.

Alessandro iba a estar rodeado de esas terribles personas que no valoraban el precio de la vida.

Y mi esposo ocupaba el puesto más alto, era prácticamente el dueño de ese mundo oscuro, y yo con él.

Toda su presencia se imponía, tan viril, tan segura, tan suya.

Pero yo… no podía resignarme a dejar de ser quien era.

Lilian Caleri Pagani, ahora de Minetti. Cerré los ojos por unos momentos y lo vi: erguido, imponente en medio de aquellos tipos llenos de tatuajes y miradas peligrosas.

Pero él era el más temible de todos. ¿Qué haría si descubría que era yo casi desnuda bailando para ellos?

LUCILA:

Estamos sentados delante de mis computadoras, y estoy concentrada en el trabajo. Damián, a mi lado, solo me observa en su silla de ruedas; no puede caminar bien, se cansa mucho. Rufo le dijo que tenía que hacerlo de a poco. Pero él no quiere separarse de mí, le parece aún mentira que estoy viva.

—¿Qué me miras? —le cuestiono con incomodidad.

—¿Por qué te pones tanta ropa? Hace calor —señala el sol que entra por la ventana.

—No me gusta que los extraños vean mis granos —respondo sin mirarlo.

—Pero así, tapados, se te demoran en curar, lo sabes. Vamos, cariño, destápate; no tienes que sentir pena delante de mí. Ya habíamos superado esa etapa, deja ver cómo los tienes —dice acercándose y levantando mi blusa—. Tienes que dejar que cojan aire, o estos de tu espalda no van a sanar.

—¡Damián, por el amor de Dios, deja de estarme desvistiendo! —le reclamo molesta dándole un manotazo en su mano—. No soy tu esposa, estoy cansada de decírtelo.

Damián se ríe con tristeza mientras me dice que no siga negándolo porque no me va a creer.

E insiste en que me quite al menos la otra blusa que me cubre, porque me hace daño.

Y, a pesar de mi resistencia, me obliga a quedarme en una simple camiseta.

Lo observo apenada, pero dejo de protestar; es verdad que tanta ropa me da una terrible picazón, hay veces en que hasta desnuda he preferido estar porque todo me molesta.

—¿Puedo preguntarte algo, Damián? —giro la cabeza para mirarlo de frente.

—Lo que quieras, mon amour —habla en francés.

—¿Qué dijiste? Recuerda que no sé francés —le comento con curiosidad.

—Te dije "mi amor", ¿de veras olvidaste el francés? —insiste una vez más.

—Nunca lo he hablado —aclaro de nuevo—. A lo que iba, ¿desde cuándo despertaste?

Se queda mirándome pensativo, luego entrecierra los ojos y se queda así por unos segundos, hasta que me contesta que son alrededor de diez días.

—¡¿Diez días?! —digo sintiendo cómo mi rostro se ruboriza—. Oh, por Dios, Damián, ¿en serio escuchaste todo lo que te he dicho todos estos días?

—Sí, todo, todo —dice con una sonrisa—. Gracias.

Inclino la cabeza para que mi cabello cubra mi rostro mientras le digo que no me dé las gracias, porque me muero de vergüenza. Yo en verdad creía que dormía. Pero la curiosidad me hace preguntar con la esperanza de que hubiera dejado de oír mis confesiones más vergonzosas.

—¿Recuerdas lo primero que escuchaste de mí? —quise saber.

—Deja ver… —otra vez se vuelve a quedar en silencio—. La primera vez que desperté había muchos hablando a mi alrededor, pero enseguida reconocí tu voz.

—¿De veras? —eso es algo que me asombra—. Pero si nunca me habías escuchado antes.

—Elsie, ¿quieres que te cuente o no? —cuestiona visiblemente incómodo.

Lo miro exasperada, una vez más niego que soy esa Elsie que menciona, pero le pido que siga. Lo primero que hizo al despertar fue querer saber dónde estaba. Todos hablaban italiano, hasta yo, su linda esposa. No sabía qué pasaba con él; tampoco podía moverse y no recordaba muchas cosas.

—¿Qué fue lo primero que recuerdas? —insisto enseguida.

—Deja ver, ya sé… el día en que asenté el divorcio y me casé de nuevo contigo en el juzgado —dijo con una sonrisa—. Creías que nos estábamos divorciando porque me engañaste haciéndote pasar por tu hermana en la boda, y yo no te saqué de tu error.

Lo observé mientras reía divertido por lo que él creía que había sido una buena broma para su pobre esposa.

—¿La hiciste creer eso? —pregunté con incredulidad—. Eres malo, pobre Elsie. ¿Y qué más recuerdas?