¡Ups! ¡No me equivoqué! 110. CON MI AMIGO
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110. CON MI AMIGO

LILIAN:

Regreso a la casa de Alessandro con una idea en mente, subo hasta la segunda planta en busca de mi mejor amigo. Camino hasta la habitación al final del pasillo que comparte con Rufino, pero no está. Bajo las escaleras mientras lo llamo.

—Migue, Migue —lo llamo, y lo veo salir enseguida de la cocina—, vamos que me tienes que entrenar. Tienes que enseñarme el baile del tubo y la coreografía de las bailarinas del espectáculo de Ale.

—¿Para qué quieres aprender eso? —reclama enseguida. —Lo hicimos para entretenernos.

—Ahora va en serio —aseguro tomando su mano—. No dejaré que nadie toque a mi hombre.

—¿Qué bicho te picó? —cuestiona mirándome con ese gesto tan suyo en que me mira fijamente.

—Ahora te digo, deja guardar esto en el despacho —le pido mientras avanzo hacia el interior de mi habitación.

Guardo en un lugar seguro la caja negra que me dio mamá, voy, me cambio de ropa y nos vamos rumbo al club en que entrenan las chicas. Están todas reunidas y se asombran cuando me ven. Migue habla con Gina. Ella me mira preocupada en lo que avanza a mi encuentro.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Lili? —pregunta directamente.

Tengo que hacerlo, pero me apresuro a decir que no me esforzaré mucho, sólo marcaré los pasos, mi lugar dentro de ellas. Pero ninguno de los dos está de acuerdo y tratan de convencerme, seguras de que a Alessandro no le va a gustar. Pero yo quiero hacerlo.

—No sabrá nada, me pondré una máscara —insisto en mi idea. —No pierdan el tiempo, que no me cambiarán la opinión. Solo yo tocaré a Ale.

No se oponen más, se colocan junto conmigo a repasar la coreografía que no tiene nada de difícil. Despiden a las bailarinas y nos quedamos Migue y yo solos.

—Oye, Lili, estoy asombrado contigo —comenta para mi asombro—.

Siempre decías que no sabías bailar y que te costaba moverte bien.

Y ahora es como que se ha despertado la bailarina en ti.

Ese tiro que te diste te arregló todo lo desorganizada que eras.

Has aprendido la coreografía muy bien en tan poco tiempo.

Suelta una carcajada a todo dar, me río de sus ocurrencias en lo que le contesto que no sea exagerado.

—¿Le llamas a eso bailar? —quiero saber con sarcasmo. —Solo salen, caminan haciendo hileras, se giran enseñando todo, moviendo la cintura y mostrando su trasero.

Me detengo al escucharme. Ahora que lo mencioné así, me doy cuenta de que puede ser que tengan razón. Esa área que me rocé con el disparo es la que dirige todos los movimientos.

—Quién sabe y tengas razón —reflexiono pensativa—. Esa parte lastimada también ayuda a los deseos tan desenfrenados que tengo de sexo, Migue. No te miento, ya hasta las bragas me excitan. Ayer estuve a punto de correrme con el roce del pantalón. ¡Me muero porque Ale me meta mano!

Migueliño se ríe a todo dar, mientras habla diciendo que si no me oyera personalmente y alguien le dijera que decía eso que acabo de decir, no lo iba a creer jamás.

—¿A dónde se fue la mojigata, amiga mía? —cuestionó burlonamente.

—¡Migue, deja de burlarte de mí! —lo regaño, pero me río.

—No me burlo, Lili, sé que es verdad que sientes todo eso —se pone serio mientras me abraza—. Mi papichuli me lo explicó muy bien.

—¿Papichuli? ¿Rufo? ¿Le dices así al director y te deja? —quiero saber incrédula.

—Le encanta todo de mí… —me abraza en lo que salimos—. Ay, mi amiga, soy tan feliz. Nunca pensé encontrarme una pareja tan comprensiva, que me ame y me guste tanto como Rufo. ¡Lo adoro!

Nos abrazamos felices los dos. Me alegro mucho por ellos. Confieso que tampoco yo esperé encontrar la felicidad en Alessandro.

—Ese capo duro es conmigo un caramelo, un bombón, como tú dices —comento divertida y feliz—.

Pero sabes, me vuelve loca cuando me agarra así violentamente después que lo toqueteo, y me aprieta con todo su cuerpo contra la pared, todos sus músculos contraídos, y me obliga a quedarme quieta.

Me domina, Migue, de una manera que me encanta.

Creo que lo provoco para verlo así en son de macho rudo.

—¿De veras, mi amiga? —suelta la carcajada, divertido.

Me encanta sacarle al mafioso que esconde de mí con sus mimos. Su cuerpo todo sudado me enloquece, lo he visto a escondidas entrenando con los chicos. Es otro hombre.

—Vamos a ir para que lo veas, con aquel enorme dragón pintado en su espalda que parece que lanza llamas por sus ojos, y los golpea con tanta violencia que me asusto —le relato emocionada—.

Pero al mismo tiempo, me excita ver cómo lo hace: tan viril, tan dominante, como no pierde el control y hace que se rindan ante él.

Me encanta, mi esposo, Migue, me encanta. Ese capo es mi perdición.

—Ya veo, esa Lili que salió ahora es el dragón rojo que tenías escondido dentro de ti.

Eres hija de un mafioso, y el dragón negro de Minetti llama a tu dragón rojo que heredaste de tu padre —declara como si fuera una obra fantástica—.

No lo contengas, deja que salga, que no te dé pena nada, explora todo, vive, mi amiga, vive.

No digo nada de inmediato, suspiro sintiéndome perdida. Pero le aseguro que lo intentaré.

—Debería ir a ver a Rufo también, estoy segura de que no tienes idea de lo ágil y bien entrenado que está —le describo a su hombre—. Es muy bueno con los cuchillos. También tiene un enorme tatuaje de un dragón en la espalda que le brilla cuando suda, se ve muy lindo. Pero no como el de mi Ale.

—¡Se lo he visto, cariño! —afirma de inmediato—. Conozco el cuerpo de mi hombre a la perfección y lo disfruto, cosa que debes hacer tú también en cuanto puedas. Es lo que estoy haciendo yo con mi hombre, hago de todo, todo lo que nos da placer a los dos.

Suspiro mirando a mi mejor amigo, mejor dicho, mi hermano del alma, preocupado por mí. Le confieso que tengo un poco de miedo con eso. Levanta una ceja, como es su costumbre cuando está intrigado, y me hace reír porque sé que va a decir un disparate.

—¿Por qué? ¿Es por el tamaño del instrumento? —pregunta, colocando una mano a mitad de su muslo—. ¿Así más o menos?

—¡MIGUE! —río divertida.

—No te preocupes, Lili, eres doctora y sabes que tu cuerpo se va a adaptar a ese tamaño, te lo aseguro —lo miro muy seria—. Y tu esposo sabe lo que hace, no te la meterá hasta que estés lista.