108. LA AMENAZA
LILIAN:
Me siento en la cama gritando al teléfono desconcertada, pero no obtengo respuesta; han colgado, dejándome de lo más intrigada. Alessandro, al escucharme, sale corriendo del baño chorreando agua.
—¿Por qué gritas, Lili? ¿Qué pasó? ¿Y esa cara que tienes? —me llenó de preguntas.
—Me acaba de llamar alguien desconocido —le explico, sintiéndome realmente asustada—.
Me dijo que era el dragón blanco, mi peor pesadilla.
Mira, es un número desconocido. Me preguntó si era la señora Minetti; cuando le dije que sí y le pregunté quién era, me respondió eso.
Que era el dragón blanco, mi peor pesadilla.
Estaba realmente nerviosa, mis manos temblaban incontrolablemente. Alessandro tomó el teléfono mientras lo revisaba. Miraba el número, todavía sin convencerse de que le decía la verdad.
—¿Estás segura de que escuchaste bien que era el dragón blanco? —cuestiona, tomando mis manos.
—No me mires así, ¡es verdad lo que te digo! —afirmo, revolviendo en la cama. Estoy asustada de verdad. —Alguien me llamó para amenazarme. Además, te puedo poner la llamada si no me crees. Luci puso mi teléfono a grabar todas mis conversaciones.
—¿De veras puedes hacer eso? —quiso saber, sorprendido. —No es que dude de ti, cariño, pero deja que la escuche. A lo mejor reconozco la voz.
Estoy de acuerdo, respiro varias veces profundamente mientras busco la grabación en mi teléfono y la pongo. La conversación se reproduce con claridad. Alessandro se sienta a mi lado y la hace reproducir varias veces.
—¿Quién crees que sea, Ale? —quiero saber, sentándome a su lado. —¿El dragón blanco no fundó todo con tus padres? No debería ser nuestro amigo.
—No sabemos todavía quién es, Lili, no te asustes —señaló, acariciando mi rostro con cariño—. Pero lo vamos a averiguar. Lo que me preocupa ahora es, ¿cómo obtuvo tu número de teléfono? ¿Se lo has dado a alguien?
Lo miro fijamente; eso que decía era verdad, no le había dado a nadie mi nuevo número de teléfono. Era el que me había entregado Alessandro, que se suponía era muy seguro.
—Ale, ese fue el que me diste; nadie sabe mi número, nada más los de aquí de la casa: mamá, Luci, Migue, Rufo, el abuelo, los chicos y tú —aclaré rápidamente—. Nadie más lo sabe. Te lo juro, Ale, no le he dado mi número a nadie.
—Dámelo, iré a ver qué pasa; no te asustes si no regreso —dijo, besando mis labios con suavidad y el ceño fruncido—. Pero este asunto es de suma importancia. Duérmete, cariño.
Lo detuve con una mano, pidiendo que no se fuera; era de noche y no sabía por qué, pero me sentía muy asustada. Ya no era solo la dichosa mujer que se hace pasar por mí; ahora había aparecido un dragón blanco.
—¿Es que siempre voy a tener gente corriendo detrás de mí? ¿Nunca voy a poder estar tranquila sin que nadie me amenace? —cuestioné, realmente sintiendo una gran impotencia.
—Disculpa, Lili, disculpa por meterte en este mundo —Alessandro me abrazó muy fuerte al verme tan asustada.
—¿Por qué me pides disculpas? Tú no hiciste nada ni me metiste en nada —me adelanté a decir; fueron nuestros padres quienes lo hicieron—. Gracias a que me encontraste, Ale; si no, sabrá Dios qué hubiese sido de mi vida si me llega a coger Demon, o quién sabe quién.
Me separo de él, haciendo que me mire fijamente. No quiero que se sienta más culpable; no es la primera vez que me pide perdón por obligarme a casar con él. Le tomo el rostro con ambas manos mientras le digo con seriedad.
—No, Ale, tú apareciste en mi vida para salvarme, para proteger a mi familia. No me pidas más disculpas; soy yo la que debo agradecer que fueras el elegido para ser mi dueño —lo beso suavemente en los ojos—. Esta vida ya la teníamos predestinada desde antes de nacer.
Alessandro se queda observándome fijamente, para luego abrazarme fuertemente, casi sin dejar que respire. Permanecemos así abrazados un buen rato; sin soltarme, al separarnos, besa mis labios.
—No, Lili; soy yo el que te agradece que te hayan dedicado a mí —me introduce un mechón de cabello detrás de la oreja—.
Y no te asustes; enfrentaremos a quien sea juntos.
No dejes que te gane el miedo, porque pierdes la batalla.
Eres Lilian Minetti, mi esposa, la primera dama de la mafia italiana; no lo olvides. Nunca dejaré que te pase nada.
Lo abracé emocionada; tampoco permitiré que por mi culpa le hagan nada. Seré su compañera en todo. Sé que es la única manera en que nos vamos a sentir seguros, volvernos fuertes y unidos.
—Ahora que Rufo ya me dio permiso para empezar a ejercitarme de a poco, mañana mismo continuaremos con nuestro entrenamiento —le pido con suavidad—. No lo podré hacer al cien por ciento, pero no olvidaré los movimientos, ni el uso de armas, y todo lo que creas que me puedas enseñar.
—Está bien, cariño; vamos a dormir, es tarde.
Tienes razón, puedo hacer eso mañana —acepta quedarse al ver que estoy realmente asustada—.
Acuéstate; descansemos, porque a partir de mañana comenzarás a aprender todos los secretos que debes saber.
Te amo, Lili; ven, deja que te abrace; todo estará bien, cariño, mientras te tenga así.
Me habla con cariño; se ha dado cuenta de lo asustada que estoy.
Eso de las hormonas es un gran lío; no solo me aumentan los deseos sexuales, sino que mis reacciones emotivas, me dijo el psicólogo, son más exageradas.
Estoy trabajando en eso. Siempre fui tan impulsiva y ahora, con ese disparo, lo empeoré. Pero lucharé para controlarlas.
—Asegúrate de tenerme siempre en tus brazos, Ale, dentro de tu protección —le pido, acurrucándome en su pecho.
—Lo haré, amor; lo haré —promete mientras me estrecha contra él—. Duerme; estás segura aquí, nadie te hará nada.
Apenas pude dormir, porque cuando lo hacía, soñaba con un dragón blanco persiguiéndome y lanzando llamas hasta quemarme. O veía a la imitadora mía abrazada de mi Ale, gritándome que era suyo.
Al amanecer, fui a correr con Ale, que estaba muy silencioso y pensativo, por lo que apenas hablamos.
Luego recordamos la coreografía de movimientos de defensa que me enseñó; para mi tranquilidad y la suya, lo recordaba todo bien.
Al terminar, se fue a su empresa; dijo que vendría después del mediodía, por eso me fui a ver a mamá.
—Buen día, Lili. ¿Y esa cara? ¿No dormiste bien? —quiere saber, viniendo a mi encuentro.
—Buen día, mamá. No dormí bien, tuve pesadillas toda la noche; ¿puedes darme algo para la ansiedad? —la abrazo con cariño.
—Ven conmigo, siéntate ahí —me dice al entrar a la cocina, huele rico, a café recién hecho—. Habla, ¿a qué le tienes miedo?