107. CON GANA DE MÁS
LILIAN:
Migue deja de reír, diciendo que ya me falta poco. Rufo había dicho hoy que podemos toquetearnos. Suspiro, porque en verdad no sé si voy a poder aguantar estos pocos días que me faltan.
—No sé por qué Rufo ya no me lo permite —aunque lo digo, sé la respuesta. —Ya me viste que sueño con él; todo lo que veo de alguna manera se me parece a su miembro. ¿No te ha pasado eso cuando llevas mucho tiempo sin tener sexo?
—¡Pero si tú no has tenido sexo! —me recuerda con una ceja levantada.
—Eso es verdad, pero probé el dulce y me encantó —admito con una risita. —Ahora que lo recordé todo, quiero volver a sentir un orgasmo como esos que me hizo sentir mi Ale en la playa, que ni siquiera me deja mirarlo desnudo ahora.
—¿En serio? —cuestiona Migue con incredulidad.
Se queda mirándome muy serio, luego se pone a ayudarme a vestirme como hace siempre.
Le explico que Alessandro casi no me deja verlo.
Ahora le ha dado por entrenar y organizar a esos dichosos dragones.
Todas las noches procura llegar muy tarde, cuando estoy dormida.
Siempre lo hace todo sudado o ensangrentado; puedo oler la sangre.
—Sé que en verdad está como un dragón, acabando con todos esos grupos que se atrevieron a retarlo —le cuento, terminando de vestirme.
—Lo sé, se lleva a mi Rufo, que también regresa todo ensangrentado —dice tristemente. —A veces me inquieta pensar en lo que hacen, Lili.
—Perdóname, mi amigo, por meterte en esto —le doy un abrazo realmente arrepentida.
—No seas loca, no tienes que pedirme perdón. Yo entré por voluntad propia y no me arrepiento —señala enseguida—. Rufo es el amor de mi vida, no me importa lo que haga, solo me da miedo que un día no regrese, que le pase algo.
—A mí también me asusta, Migue, siento el olor a sangre cuando vuelve.
Al amanecer, cuando despierto, solo veo las marcas en su cuerpo —me siento a su lado con las manos tomadas—.
He tratado de aguantarlo, de hacerle cosas para que se tranquilice, pero no acepta porque dice que no se va a poder contener y me va a violar.
Y es que estamos que nos queremos comer.
Nos dedicamos cada mirada cargada de deseos, como si nos estuviésemos retando.
—¿Cómo así? —quiere saber divertido.
—¿Has visto a dos boxeadores antes de pelear cómo se miran y se retan? ¿Sí? Pues ya tienes la imagen exacta mía y de Ale —me río al ver cómo él también suelta la carcajada.
Estuvimos riéndonos un buen rato mientras me decía que era una exageración. Me defendí, diciendo que no lo era, pidiendo que dejara de burlarse de mí.
—Menos mal que Rufo te dio permiso para quitarme un poco el estrés en lo de enseñarme el baile del tubo —continué—. Porque te digo que estoy al borde de violar a Alessandro sin importarme lo que me pase.
—Deja de ser tan melodramática —rió divertido—. Mi Rufo solo quiere asegurarse de que no te pase nada, me lo dijo.
—Pero si ya me dijo que puedo hacer ejercicios, ¿por qué me pide que me aguante lo del sexo? —estaba exasperada.
Miguel me ayudó a arreglar la cama, diciendo que de seguro su Rufo tenía motivos para impedirlo. Luego me mandó a dormir, diciendo que mañana teníamos que seguir con el entrenamiento.
—Oye, parece que llegaron —señaló al escuchar ruidos en la planta baja—. Me voy, y deja de tener sueños húmedos.
—¡Búrlate, me las vas a pagar! —le tiré una almohada.
—Hola, Alessandro —lo escuché decir, riendo divertido—. Me voy porque tu dragona me quiere comer. Buenas noches.
—Buenas noches, Migue —saludó Alessandro y me preguntó a mí—: ¿Por qué dice eso?
—Por nada, Ale, por nada —me encogí debajo de la cama y le pregunté, tratando de sonar normal—. ¿Llegaste temprano? ¿Cómo fue la reunión?
Alessandro cerró la puerta y giró para observarme intrigado. Sabía que no lo podía engañar; él me lo decía, me leía como un libro abierto.
—Nada mal, puse a todos en su lugar —respondió mientras se desvestía. Me observó con curiosidad e insistió—: ¿De qué hablabas con Migue? ¿Qué es eso de sueños húmedos?
—¿Lo escuchaste? —quise saber, escondiendo medio rostro bajo la sábana.
—No es que hable muy bajito, que digamos —repuso sin dejar de mirarme, haciendo que me sonrojara.
Solté una carcajada nerviosa, escondiéndome debajo de la sábana abochornada, mientras le decía que no era nada. Se acercó despacio y se detuvo al lado de la cama.
—¿Segura? ¿Y por qué te pones roja? —cuestionó mientras se reía—. ¿Y qué haces prácticamente desnuda delante de Migue?
—Estoy envuelta en la toalla; desnuda es esto —digo, poniéndome de pie.
Dejé caer la sábana, quedando completamente desnuda. Lo veo resoplar y avanzar despacio. Ahora que está cerca, me doy cuenta de que está bebido; el olor del alcohol ligado con el de tabaco inunda todo. Me toma por la cintura y me besa desaforadamente, como si quisiera comerme.
—Eres preciosa —habla con la cabeza metida en mi hombro—. ¿No me vas a decir qué sueños húmedos tuviste? ¿Fue conmigo?
—Unjú —solo atino a responder, sintiendo cómo sus calientes manos recorren mi cuerpo desnudo—. Ale, hazme algo. Rufo dijo que puedes tocarme.
No habla, solo me acaricia, me restriega contra su cuerpo.
Intento quitarle la ropa, pero me lo impide.
Sigue besando mi cuerpo desnudo, despacio, sin dejar de impulsarme contra su erección.
Lo atraigo, haciendo que caigamos en la cama; lo beso, lo muerdo.
Él resopla, tratando de escapar, comienza a tocar con su mano mi centro.
El calor que me provoca es tan grande que lo suelto y aspiro profundamente. Se detiene al verme.
—¿Estás bien, Lili? —pregunta preocupado.
—Sigue, sigue, estoy bien —le pido, deseando que vaya más allá.
—Mejor nos detenemos y esperamos estos últimos días —lo maldije por el control que tenía.
Y sin más, se levanta y se mete en el baño, cerrando la puerta.
¡Rayos, es la segunda vez que me deja sin terminar!
Debí dejar que Migue me enseñara algo. Mejor lo busco por internet mañana; sí, eso haré.
El timbre de mi teléfono me saca de mis pensamientos.
¿Quién puede ser a estas horas de la noche? Es un número que no conozco.
—Hola —respondo intrigada.
—¿Es la señora Minetti? —escucho una voz extraña al otro lado.
—La misma, ¿con quién hablo? —pregunto enseguida.
—Con el dragón blanco y tu peor pesadilla —dice con una voz cavernosa.
—¿Eh? ¿Qué quiere decir? —pero solo escucho el clic del teléfono. —¡Oiga, oiga!