106. UN SUEÑO ERÓTICO
LILIAN:
Estoy en mi habitación después de llegar de la consulta en el hospital a realizarme todas las pruebas.
Estuve tentada en ir a saludar a Andy, pero en el último momento me arrepentí al verlo salir del salón de operaciones.
Se le notaba muy cansado y triste; casi corrí a verlo.
La llegada de Eva hizo que me escondiera para que no me viesen.
Todavía no puedo entender por qué continúo con esa necesidad de hablar con él. De preguntarle: ¿por qué lo hizo? ¿Por qué me engañó todos esos años? Los vi irse, justo a tiempo para escuchar cómo me llamaba Migue, junto a los guardias de seguridad, olvidándolo todo en el momento.
Alessandro había salido cuando llegué a la casa. Me desnudé y me metí en el baño. Después de media hora, salí desnuda, como es mi costumbre, chorreando agua mientras me secaba, para luego tirarme en la cama y cerrar los ojos.
¡Cielos, estoy que ardo! Si no llego a darme un baño de agua fría, creo que haría que Ale me hiciera algo.
Rufo me explicó lo que me sucede y, como Alessandro, estoy contando los días para que llegue la dichosa boda, para tener sexo.
¿Dónde estará? Me dijo que esa reunión no iba a durar mucho.
Dejo que lo llame, tomo el teléfono y marco.
—Dime, Lili —contesta enseguida.
—¿Cuándo vuelves? —quiero saber de inmediato.
—En un rato. ¿Por qué? ¿Te pasa algo? —cuestionó rápidamente.
—Muero de ganas, Ale. Yo sé que no podemos hacer nada, o casi nada, pero estoy ardiendo —le confieso lo que me sucede. —¿Puedes venir a hacerme algo?
—¡Diantres, Lili! —grita al otro lado del teléfono. —¿Cómo me llamas para pedirme eso? ¿Qué estás haciendo?
—Me acabo de bañar y estoy desnuda en la cama, ven —le hablo con una voz seductora.
—¿Desnuda, desnuda? —cuestiona y escucho cómo traga en seco.
—Sí —respondo en un suspiro.
—Espera un momento —se hace un silencio hasta que lo escucho de nuevo—. ¿Quieres que te enseñe algo, linda? Abre tus piernas y tócate para mí.
Me quedo en silencio, sin saber qué hacer. Es la primera vez que hago una cosa como esta. Protesto diciendo que no quiero. Deseo que venga a hacérmelo él.
—Lili, si voy, no solo te tocaré —dice con voz ronca. —Dale, dame gusto. Tócate para mí, ábrete despacio y recorre toda tu abertura con tus dedos.
Cierro los ojos y suspiro, abro despacio mis piernas mientras escucho cómo Ale me guía en el movimiento. Mi cuerpo se estremece completo y yo deseo hacer lo que me pide.
—Oh sí… —gimo sin darme cuenta. —Ale, no seas malo, ven, no es lo mismo… ah…
—Sigue, linda, yo también me estoy tocando pensando en ti. ¿Te gusta cómo me pongo duro? —quiere saber con la respiración agitada.
Sigo deslizando mis dedos arriba y abajo por mi abertura, como me indica Alessandro, deteniéndome donde más siento. Mi respiración se acelera, mi corazón salta alborotado; una sensación me inunda mientras respondo.
—Sí, me encanta sentirte duro, ahora, cariño —me exige al otro lado de la línea, con su respiración agitada. —Por favor, ven, toquémonos solamente…
Pero Ale sigue pidiéndome que me abra; para mi consternación, me pide que me introduzca el dedo en mi abertura. Mis mejillas se sonrojan mientras me detengo.
—Imagina que soy yo —susurra con voz ronca—. Que es mi lengua abriéndote despacio de abajo hacia arriba. Siente cómo te succiono como en la playa, cariño, dame todos tus líquidos.
Mi cuerpo se estremece al solo escuchar su voz, su respiración agitada, sus gemidos de placer. Me pierdo de a poco en las sensaciones que inundan mi cuerpo, acelerando mi corazón.
—Ale… Ven…, ah… —todo en mí se acelera. —Oh sí, sí, sí, no pares, no pares, sigue diciéndome cosas, Ale, ah, ah, ah…
Una gran sensación me inunda por todo mi cuerpo.
Mi respiración se acelera, mientras contracciones rítmicas en mi centro se intensifican, acompañadas de una intensa sensación de liberación de tensión acumulada.
De a poco voy entrando en una sensación de euforia; siento que el tiempo se detiene y justo cuando me voy a dejar ir…
—Lili, Lili, despierta, cariño, ¿te sientes bien? Lili, Lili… —Alguien me llama con insistencia.
El ruido al escuchar mi nombre me desconcentra un poco. No quiero abrir los ojos, pero la insistente llamada hace que lo haga para ver a:
—¡Migue!
—¿Estás bien? —cuestiona preocupado—. Te estabas quejando, ¿te duele algo?
—¡Migue! ¿Por qué me despertaste? —me quejo, sentándome en la cama para darme cuenta de que todo ha sido un sueño. —Estaba teniendo sexo por teléfono con mi Ale. ¡Diantres! No me dejaste terminar. ¡Uff…! Tengo que darme otro baño frío, estoy ardiendo.
Migueliño suelta una estridente carcajada, tirándose en la cama a mi lado y burlándose de mí.
—No me lo creo, Lili, ¿en serio estabas soñando eso? —quiere saber sin dejar de reír.
—¡Sí, sí, y me despertaste en la mejor parte! —contesto levantándome. —De veras, Migue, no sé qué hacer, ¡me muero de ganas!
Corro al baño, con él detrás de mí, mientras me pregunta si quería que me enseñara algo para que me quite las ganas yo misma. Le tiro mi ropa al rostro en lo que cierro la puerta, dejándolo afuera.
—¿Te volviste loco? —le reclamo debajo de la ducha.
Pero Migueliño solo se ríe, diciendo que no sea una mojigata. Asegura que todas las mujeres se dan placer a ellas mismas. Le aseguro que yo no necesito eso; para eso tengo a mi dragón negro, que me enseñe él.
—Qué es lo que estaba haciendo, pero me despertaste —le recuerdo, escuchando cómo vuelve a soltar una carcajada.
—Disculpa, mi amiga; si quieres, me voy para que continúes —sigue riendo a todo dar. Salgo del baño y lo empujo.
—¡No te rías! ¿No quieres saber las ganas que le tengo a ese hombre?
—señalo riéndome con él. —Si lo vieras, Migue, es un exquisito dulce prohibido.
¡Uf…! Y el aparato que se manda, estoy que lo veo en todas partes.
Así que no necesitas enseñarme nada, porque mi dragón me va a comer muy pronto, todas las veces que se lo pida.
Se sienta en la cama riendo a todo dar, mientras repite una y otra vez que no se lo puede creer.
—Está bien, no me burlo más —dice por la forma en que le lanzo cosas. —¿Sabes dónde se metieron esos dos, mi amiga?
—¡No lo sé! Anda huyendo de mí. Pero juro que no soltaré en un mes a Alessandro, en cuanto tu Rufo diga que puedo —vuelve a reírse en cuanto me escucha.
—¡No me creas loca! Estoy que veo el miembro de Ale en todas partes.
Sé lo que piensas, pero no me importa, soy casi una ninfómana.
Te aclaro, "casi…", porque este fuego solo me lo provoca Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi.