¡Ups! ¡No me equivoqué! 105. ASUMIENDO EL PUESTO
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105. ASUMIENDO EL PUESTO

MINETTI:

La tensión era tan espesa que parecía cortarse con un cuchillo. Dimitrov, el primero en desatar el tema, se removió incómodo en su silla ante mi respuesta, pero no se atrevió a hablar más. Bien hecho. En este juego, la prudencia es lo menos que podían tener.

—Alessandro —me llama Rufo—, llevémoslo a votación y veo cómo todos están de acuerdo con él.

—De acuerdo, no les quitaré ese derecho —acepté al ver la mirada de Rufo de nuevo advirtiendo que ceda un poco—. Vamos a votar, no es que sea un dictador. Si votan que todo se debe quedar como hasta ahora, no me opondré. Pero si deciden modernizarlo, será de mi beneplácito.

Rufo hace todo el lío de la votación secreta.

Se ponen las capuchas que, ahora que me fijo, tienen dragones de diferentes colores bordados en ellas que coinciden con uno pequeño en su mano izquierda, y me imagino que lo deben tener en su espalda.

Me dedico a memorizar cada uno de ellos.

También a los dueños; me doy cuenta de que el dragón que vimos en las fotos que le llevaron a Rufo no aparece en ninguno, tampoco veo al dragón blanco.

Al fin termina todo. Y para mi sorpresa, solo hay dos votos en contra; todos los demás votaron a favor.

—Muy bien, entonces el sábado los quiero a todos en el club de mi hotel, ya saben cuál.

El mismo en que se hospedan gratis —señalo con una sonrisa—.

Haremos una despedida de solteros allí, y el domingo será la ceremonia en mi casa.

Rufo les entregará el programa y lo que deberán hacer y llevar. ¡He dicho!

Me pongo de pie con intención de marcharme, pero el alemán junto al ruso me cierran el paso, sonrientes, extendiéndome su mano.

—Hicimos muy bien en esperar por usted, jefe —comenta Dimitrov mientras el otro me observa con el ceño fruncido.

Los observo con una sonrisa, sé que me están probando.

Observo sus manos extendidas, pero no les estrecho las manos; sé muy bien que son mis oponentes y quieren desacreditarme.

En cambio, cierro el puño, como me enseñara mi abuelo el saludo de los dragones, y les golpeo fuerte la mano que apenas les da tiempo a cerrar.

Hago lo mismo con cada uno de los integrantes que sonríen felices.

Luego, sin que ellos lo esperen, le indico con la cabeza a uno de mis hombres que apague la luz, voy hasta el fondo de la habitación y doy un fuerte puñetazo en un punto invisible que solo el UNO conoce y que descubrí cuando vinimos a inspeccionar.

Por suerte, las cosas que me entregó abuelo, que me dejaron mis padres, tenían indicaciones muy precisas que al parecer ahora solo nosotros conocemos.

Al golpear el punto de una manera específica, hace que del centro de la mesa salgan tres cabezas de dragones que lanzan una fuerte llamarada que hasta a mí me impresiona.

Pues hay una llama roja, otra casi blanca y una casi negra que envuelve a las demás.

¿Cómo rayos lograron hacer eso? Me pregunto, pero sin demostrar mi sorpresa.

Todos gritan eufóricos y encienden una especie de encendedores en forma de dragón en sus manos con llamas de diferentes colores que dirigen al centro. Sonrío de ver lo ridículo de la situación, pero bueno, no se puede eliminar todo; si ellos se sienten felices con eso, les mantendré esa tradición.

Por lo que saco un arma que me diera Luci, no sé de dónde la buscó, el caso es que al apretar el gatillo despide un holograma de un dragón negro que vuela, acompañado del otro dragón en forma de serpiente que emite el arma de Rufo,

que me mira sonriente ante las miradas de asombro de todos en la sala.

—¡Lunga vita al re drago! ¡L'unico! (Larga vida al rey dragón. El Uno)

—¡Eviva! ¡Eviva!

Todos vociferan felices mientras me observan con admiración.

En serio, pienso que todo esto debe haber sido obra de mamá, porque por lo que cuenta el abuelo de papá, no tenía imaginación para esto.

Mamá era la artista. Me siento bien de haber presenciado algo de lo que creó con su propio esfuerzo; fue una gran pena no haberlos conocido.

Comienzo a avanzar, siempre seguido por Rufo y mis guardias, por el centro de ellos, inclinando mi cabeza para despedirme ante la gran inclinación que ellos realizan al pasar por su lado. Voy a salir, cuando la voz de Berthold me detiene.

—Ahora solo falta que aparezca el dragón blanco —lo escucho decir.

¿Quién diablos es el dragón blanco? Pensé que me lo iba a encontrar hoy aquí. Miro a Rufo y comprendo que no debo demostrar que no tengo ni la más remota idea de quién pueda ser.

—No se preocupen, muy pronto va a aparecer —contesto con mucha seguridad.

—¿Lo conoce, jefe? —quiere saber ansioso—. ¿Sabe dónde se esconde? Alguien nos dijo que había muerto junto con sus padres.

—Todo a su debido tiempo —señalo sin detenerme—. En cuanto esté listo, tanto el dragón blanco como el rojo aparecerán ante ustedes.

—¿Estará en la ceremonia del sábado? —presiona otro.

—Paciencia —repito, dejando a entender que no iba a decir quién era—. Ahora, si me permiten, tengo asuntos importantes que hacer.

Salgo raudo; el olor a humedad me está matando, nunca lo he soportado, lo odio, no sé por qué. Rufo me sigue y me detiene en la entrada, diciendo que debo cerrar con mi anillo. Hago lo que me pide para luego avanzar hasta detenerme en mi auto. Me monto y cierro la puerta, respirando tranquilo.

—¿Qué vamos a hacer, Rufo? —quiero saber en cuanto entra—. Tenemos que acabar de encontrar quién es ese dragón blanco.

—No te preocupes, lo encontraremos —asegura, tranquilo—. De seguro entre todas las cosas que dejaron tus padres dice quién es. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Vamos para la casa?

—No, vamos a beber algo, Rufo —me niego, tengo demasiada energía y estoy muy frustrado por toda la situación. Al ver cómo me mira, le explico: —Si voy para la casa ahora, voy a violar a mi esposa.

Rufo suelta una enorme carcajada al escucharme, mientras le indica al chofer que nos lleve a uno de nuestros clubes.

—Ya falta poco —me dice sin dejar de reír—. Podemos ir a otro lugar para que alguien te quite las ganas.

—¡No! Quiero quitármelas con Lilian; aguantaré.

—Miro hacia afuera, llenando mis pulmones de aire—.

Mi amigo, todo esto me está volviendo loco.

¿Por qué mis padres hicieron esa organización?

¿En verdad creyeron que ellos, unos niños ricos de la alta sociedad, iban a poder controlar a esos mafiosos que parece que salieron del infierno? ¡Ellos mismos deben haberlos eliminado!