104. LA REUNIÓN CON LOS DRAGONES
MINETTI:
Con mi tono frío le recuerdo que es otro miembro del grupo, como todos los demás. Puedo observar cómo la mayoría lo mira algo burlonamente, como si se alegraran de que lo ponga en su lugar.
—Que yo sepa, no debo rendir cuentas de mi familia a nadie —dije, pasando la mirada por cada uno de ellos.
—No, no, disculpe, jefe —se apresura a aclarar Dimitrov—. Teníamos entendido que ella había muerto junto con el Dragón Rojo. Que la única que se había salvado era Leslie.
—Repito, no es Lesie, sino Leslie —rectifico con firmeza—.
Esa que usted menciona es la que buscaron para hacerse pasar por mi esposa, y así no corriera peligro.
Rufo, entrégales la copia de la inscripción de nacimiento de mi esposa a todos para que la vean.
Y las copias de las dobles, sus verdaderas identidades y las que les hizo Kenet.
Rufo hace lo que le pido, les pasa todas las pruebas nuevamente que hemos acumulado para rebatir cualquier duda de que mi Lili es la verdadera y única heredera del Dragón Rojo. Todos sonríen ahora. Un noruego me pide la palabra.
—Jefe, disculpe nuestra descortesía —señala otro que parece ser su lacayo—. Nos habían presentado pruebas que nos hicieron dudar de la veracidad de su esposa, pero con esto todo está aclarado. Así que podemos hablar de la ceremonia.
—Un momento —interrumpe de nuevo el alemán—, antes de eso debemos analizar lo del tatuaje de posesión. Aunque Demon y su padre murieron, debe quedar claro que ella es de usted.
—No se preocupe, el día de la ceremonia les aseguro que quedarán más que convencidos de que ella es mía y nadie puede reclamarla —afirmé, inclinándome hacia adelante, amenazante—. Tengo la prueba irrefutable.
Se hace un silencio en que todos intercambian miradas, sin dejar de comparar las fotos de la falsa y la verdadera Leslie, así como las pruebas de consanguinidad de toda la familia Lemert.
Sé que no se esperaban esto. Como mi abuelo, creían que la señora Libia había muerto en el accidente del avión en que murió Kenet.
—¿Prueba irrefutable? —pregunta el ruso.
—Paciencia, señores —lo hago callar—. Les doy mi palabra de que lo verán con sus propios ojos. Ahora vamos a terminar de hablar de la ceremonia. Rufo, haz lo tuyo.
—Jefe, disculpe que lo vuelva a interrumpir —interviene otro en la esquina—. ¿Qué va a pasar con las cuentas del dinero que se desbloquearon y cómo las vamos a compartir?
Le lanzo una mirada que podría helar la sangre de cualquiera. Aquel hombre bajo y calvo parpadeaba nervioso ante mí, pero insistió. No me sorprende. En este mundo, todos hablan de lealtad y principios, pero, al final del día, lo único que les importa es el dinero.
—¿Estoy entendiendo bien? —cuestiono, acomodándome en la silla y mirando al tipo fijamente—. ¿De dónde sacaron la idea de que ese dinero iba a repartirse?
El silencio a mi respuesta es tenso. Una sonrisa afilada curvó mis labios, pero mis pensamientos estaban claros.
Ese tesoro no era para repartir para sus ambiciones y vicios, sino para utilizar en las cosas de la organización.
Me puse de pie despacio. Recorrí con la mirada a cada uno de ellos, que bajaban la cabeza ante mí.
—Si leí bien las leyes que rigen esta organización, más bien todos tenemos que seguir ingresando dinero a esas cuentas para las luchas que tenemos que emprender contra los Iluminati y quien sea.
¡¿O es que acaso el objetivo de esta organización se les olvidó?
! —grito con voz potente, sin obtener respuesta.
Ellos bajan la cabeza y no dicen nada—. No se confundan, que seamos mafiosos no quiere decir que vayamos a incumplir con los objetivos de esta organización, que sé que muchos los han tergiversado, pero no yo. ¿Me escuchan?
El eco de mis palabras quedó resonando en la sala. Nadie se atrevió a levantar el mentón, ni mucho menos a enfrentar mi mirada, excepto Rufo, quien, cruzado de brazos a mi lado, parecía alcanzar a saborear la incomodidad que yo provocaba. Aunque me advertía con la mirada.
—Todo el que me conoce sabe que Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi y ahora el UNO, cuando hace las cosas, las hace bien o no las hace —continué con voz firme. —¡Así que el que no esté de acuerdo con ello, se me está largando ahora mismo de esta mesa!
El silencio se hizo mayor, mientras observo uno a uno a todos los presentes que no dicen nada. Despacio, vuelvo a sentarme, tomando una de mis armas y me pongo a jugar con ella sin dejar de observarlos, a la espera de que reaccionen. Al ver que nadie se levanta ni dice nada, sigo hablando.
—Muy bien, ya que todo está aclarado, la ceremonia la haremos el próximo fin de semana en mi casa —señalé, poniéndome de pie mientras Rufo recogía todas las cosas.
—¡Eso es imposible! —vocifera Berthold— ¡La ceremonia tiene que hacerse en la cripta!
Doy una fuerte palmada en la mesa, poniéndome de pie, furioso. Comienzo a pasearme alrededor de todos, observando y estudiando a cada uno hasta regresar a mi mesa.
—¿Quiénes son los fundadores de esta organización? —exijo con firmeza, ante la advertencia de Rufo de tratar con ellos con sus propias manías.
—¡Los dragones negro, rojo y blanco! —contestan todos a la vez.
—¡Exacto! —declaro impresionado por el coro de voces. —¿A quiénes dejaron de herederos?
—¡A los hijos del dragón negro, rojo y blanco! —vuelven a repetir al unísono.
—¿Quién tiene el poder? —sigo preguntando, como me había advertido Rufo.
—¡El dragón negro! —las voces se hacen más fuertes.
—¡Exacto! —repito con autoridad, mi voz elevándose por encima de la de ellos. —¡YO TENGO EL PODER, YO TENGO EL DINERO, YO CONTROLO TODO! —vocifero mientras tomaba mis armas. —¿CAPISCI?
—¡Sí, jefe! —responden al unísono.
Rufo se pone de pie y viene a mi lado, haciendo una señal de que baje el tono, pero sé que con estos hombres debo demostrar quién soy. Pero es la primera vez que me reúno con ellos, por lo que me obligo a bajar el tono y sonar reconciliador.
—Eso quiere decir que, como fueron mis padres quienes crearon toda esa historia de la ceremonia en una cripta mortuoria, y veo la mano de mi madre en ello, puedo también cambiarlo como su hijo y el jefe —señalé más suave, pero sin que me faltara firmeza.
—No soy partícipe de eso que ella ideó en aquel entonces.
Estamos en tiempos modernos, todo debe modernizarse.
La haremos en el patio de mi casa, en forma de boda, juraremos ese día. ¿Capisci? ¿Alguien se opone?