103. EL UNO
MINETTI:
Nos hemos trasladado a la sede de la organización aquí en Roma.
Siempre me llamó la atención este edificio; no puedo creer que lo que llaman el Museo Nacional Romano sea en verdad un conjunto de museos formado por cuatro sedes divididas en diferentes lugares de la ciudad.
Fue fundado, según estoy leyendo en el folleto que me alcanza Rufo, en el año mil ochocientos ochenta y nueve e inaugurado un año más tarde, con la unificación de Italia.
Su objetivo era coleccionar antigüedades, y resulta que están, desde aquella época, bajo nuestro dominio.
No lo entiendo; si según me contó mi abuelo, fue papá junto al padre de Lili, quien fundó a los dragones. Y eso fue cuando ellos eran jóvenes, es decir, que no llegan a cincuenta años.
—Rufo, ¿por qué dice que desde su fundación es nuestro? ¿No fueron nuestros padres quienes hicieron los dragones? —quise saber mientras avanzábamos.
—Según la información que rescaté, eran de una organización que se dedicaba a lo mismo y la cedió a la nuestra —me aclaró Rufo a mi lado—. Pero olvida eso y vamos a reunirnos con todos, nos están esperando en la cripta.
—No me gustan los lugares funerarios; cambiaremos la sede —señalé con un estremecimiento—. No me importa que ellos la hayan escogido, no me gusta y punto. ¡Yo soy el Uno y la cambiaré!
—Contrólate, Ale —me pide por lo bajo Rufo.
—¡No me pidas eso! —espeto de mal humor—. Tienen que saber quién es el jefe desde el primer momento. Mantén tú la calma, que para eso eres mi Consiglieri. Han estado demasiado tiempo haciendo lo que les da la gana; tienen que saber que eso se acabó.
Bajamos por una angosta escalera oscura hasta dar con una puerta negra. Rufo se adelanta y da unos toques; al momento se abre y entramos en una amplia estancia con una enorme mesa ovalada negra, con candelabros encendidos a la usanza antigua.
—¡Prendan las luces! —ordeno; todo este misticismo no va conmigo.
—¡No puede, jefe! —señala un encapuchado a mi derecha. Saco mi arma y le apunto a su cabeza.
—¿Quién te crees para decirme a mí que no puedo hacer una cosa? ¡Prendan las malditas luces ahora mismo, y quítense todas esas estúpidas capuchas! —ordeno, sacando mi otra arma y moviendo mi cabeza para que mis guardias hagan lo mismo.
—Alessandro… —trata de detenerme Rufo, pero lo miro y saca su arma también.
—Señores, señores, calma —dice el mismo hombre a mi derecha—. Es nuestro jefe, tiene el derecho de exigir lo que él cree justo. No sabe nada de nosotros; tiene que aprender.
Se adelanta uno y se quita la capucha, dejando ver quién es. Y me doy cuenta de que este es mi rival, él ha sido el que ha estado dirigiendo todo. Conozco su voz, fue el que se negó a ayudarme a buscar a Lili enseguida. Veo cómo, de a poco, todos los demás se la quitan y me miran fijamente.
—Gracias, quien quiera que seas, pero no necesito de tu ayuda. Si me eligieron como su jefe, su número UNO, eso quiere decir que me tienen que obedecer a mí, no a ti. Así que decidan, a quién van a seguir, si al señor que les ordenó o a mí —sigo apuntándoles a todos.
—Disculpe, jefe, disculpe —bajan la cabeza hablando bajo.
Comienzan todos a disculparse conmigo. Bajo las armas, sin dejar de observar al que se creía el jefe, que no deja de analizarme, hasta que me cede el puesto al inicio de la mesa.
—Jefe, no le hemos faltado —comienza a hablar—. El problema es que usted se ha demorado mucho en aparecer, por lo que se acostumbraron a escucharme.
—Eso es algo que a mí no me importa. Desde que nací estoy acostumbrado a mandar y que me obedezcan. Me querían de su jefe, su Uno. Aquí me tienen. Preséntense —ordeno mientras tomo asiento y coloco mis pistolas delante de mí en la mesa.
Al ver que me siento, todos lo hacen sin dejar de mirarme y mirarse entre ellos. Se van poniendo de pie, dicen su nombre, de dónde son y a qué se dedican. Cuando todos terminan, los observo seriamente; sé que Rufo está grabando todo.
—Muy bien —comienza a hablar, por último, Rufo—. Creo que todos me conocen; soy Ruffino D'Fiore, el Consiglieri principal en todas las organizaciones del jefe. El punto que nos trajo hoy aquí, además de conocernos, es la ceremonia de la pareja número uno.
—¿A qué se refiere, Consiglieri? Tengo entendido que todavía no se sabe si la señora del jefe es la verdadera heredera del dragón rojo —habla un ruso.
—¿De dónde sacaron eso? Aquí está toda la información. La señora Leslie Lemert Minetti es la legítima heredera del dragón rojo Kenet Lemert —responde Rufo.
Aprieto mis manos intentando contener mi furia, mientras Rufo se pone de pie y distribuye las pruebas que trajo entre todos los asistentes.
Son las que ha recolectado. Todos las leen con curiosidad, pero puedo ver que dirigen miradas furtivas a uno sentado en la esquina que al fin se decide a hablar.
—Pues yo tengo las mismas pruebas que aseguran que Lesie Lemert está en Rusia y es la hija legítima de Kenet Lemert, heredera del dragón rojo —saca una carpeta de donde extrae varios papeles—. Míralas aquí, me las hicieron llegar justo antes de venir.
—¿Perdón? ¿Quién es Lesie Lemert? —cuestiono para enfrentar al ruso, que riega en la mesa todas las fotos de la supuesta hija.
Con calma las tomo y las miro de soslayo, y aunque se parece a mi Lilian, enseguida me doy cuenta de que es diferente. Se las paso a Rufo, que las observa al igual que yo con detenimiento, y sé que está organizando sus pensamientos. Por eso no digo nada; después de todo, él es mi Consiglieri.
—Señor Dimitrov —comienza a hablar Rufo, que ha recogido todo—, he observado sus pruebas, pero para su conocimiento, la hija de Kenet Lemert se llama Leslie Lemert Minetti; su madre, Lara Lemert, su esposa, que creo que todos conocen, vive con nosotros. Puedo presentarla en cualquier momento.
Todos murmuran entre ellos al escucharlo. Sigo sin decir nada observando a todos estos extraños que siguen observando al ruso con miradas furtivas. Levanto la mirada hacia mis hombres que estaban ubicados alrededor para que se mantengan alertas con las armas listas.
—Fue la señora Lara quien nos facilitó los cabellos de su esposo Kenet para las pruebas de paternidad.
Además, como puede ver aquí, también está la prueba indiscutible que es la madre de Leslie.
Y si con ello no les es suficiente, estas son las pruebas que se realizaron a los cadáveres de toda su familia en relación con ella, con sus abuelos y con su tío —demuestra Rufo presentando todas las pruebas con claridad.
—¿La esposa de Kenet está viva? —pregunta el que fungía como jefe, que dijo que se llamaba Berthold Weber, un alemán, intercambiando una mirada con Dimitrov—. Nadie nos informó de ello.
—¿Y por qué motivo habían de informarle, señor Berthold? —cuestiono con frialdad.