102. ES MI ESPOSA
DAMIÁN:
Me encuentro rodeado de todos que observan al doctor Rufino mientras me revisa.
Me doy cuenta de que me había vuelto a dormir debido al gran esfuerzo que realicé para despertarme al escuchar que Luci se iba.
Abro los ojos despacio ante el sonido de las voces de mis mejores amigos y todos los demás.
Al parecer, han conseguido que despierte de nuevo.
Miro asombrado a todos los que me observan expectantes. Fijo la vista primero en Minetti y luego en Rufo, que me habla.
—Damián, soy Rufo, ¿cómo te sientes? —cuestiona mientras me revisa. Los observo sin entender bien lo que está pasando—. Te vas a poner bien, ya pasó lo peor. ¿Me reconoces, Damián, sabes quién soy?
—¿Y a mí, Damián? —se acerca y me aprieta el hombro—. Soy Minetti, tu mejor amigo. Gracias por salvar a mi Lili, te estaré eternamente agradecido.
—¿Rufo, Minetti? ¿Qué hacen aquí? ¿De qué hablan? —logro al fin decir e intento sentarme.
—Despacio, que te puede dar mareo —me lo impide el doctor—.
Deja que te ayude elevando la cama, eso es.
No te preocupes por las lagunas en tu memoria que puedas tener; estoy seguro de que recordarás todo un día.
Esos desgraciados no debieron hacerte eso.
Sin embargo, no debes pensar en ello, ya se las cobramos a todos esos desalmados que te traicionaron.
Era Rufo quien me decía todo aquello, y no podía creer que ambos me estuvieran tratando tan bien, como en los viejos tiempos en que éramos inseparables.
Por alguna razón, me emocioné y me eché a llorar.
Minetti se me acercó y me abrazó. Yo le devolví el abrazo, aferrándome fuerte a su cuerpo, sintiendo que los había estado extrañando todos esos años en que nos alejaron.
—Todo va a estar bien, Damián, no te preocupes —dijo Minetti, y recordé a mi mejor amigo, que siempre que tenía problemas me lo decía, y era verdad, siempre salía bien.
Él me sacaba de cualquier problema en que me metía—.
Perdóname, Damián, por no haber sabido cuidar a tu Celia.
Te juro que no hay un segundo de mi vida que no me arrepienta de lo que les hice.
—No, Ale, perdóname tú a mí por portarme como lo hice —digo con lágrimas en los ojos.
—Todo está en el pasado, Damián. Seremos otra vez lo que una vez fuimos, mejores amigos —se adelanta Rufo y me abraza también—. Todo va a estar bien, Damián, me encargaré de que eso pase. Tú solo concéntrate en ponerte bien.
Respiro aliviado, sintiendo cómo regresaba la confianza que tenía en ellos dos. De pronto, me solté de Rufo, buscando a mi alrededor ansioso.
—Elsie, ¿dónde está mi Elsie? —quiero saber asustado de no verla allí, temiendo que se hubiera ido.
—¿Elsie? —pregunta Minetti.
—Así le dice a Luci —les explica la enfermera—. Ya viene, señor Damián. Ella no se fue, ya la busco.
—Yo las llamaré —se ofrece otra señora—. Están en el lago. No te preocupes, hijo, ellas están aquí. Me alegro de que te despertaras, y muchísimas gracias por lo que hiciste. Te voy a estar eternamente agradecida por salvar a mi hija.
La señora habla acariciándome la mejilla, y el afecto que percibo ante la caricia me toma por sorpresa, como si fuera mi propia madre. Sigo contestando todas las preguntas que me formula Rufo, mirando con ansiedad la puerta.
—Damián, él es Migue, mi pareja —me presenta Rufo a un chico muy hermoso.
—Mucho gusto, Damián. Muchas gracias por salvar a mi mejor amiga —y me abraza efusivamente—. Muchas gracias, eres mi mejor amigo también a partir de ahora.
—Gracias, no entiendo por qué me agradecen tanto, pero al parecer hice algo bueno —señalo muy ansioso sin dejar de mirar la puerta.
Hasta que al fin veo aparecer a mi Elsie al lado de otra joven que se le parece mucho. Abro los brazos, llamándola y sonriendo feliz de que ella no me haya abandonado. Para mi sorpresa, ambas corren, me abrazan y me besan riendo felices.
—¡Damián, al fin despertaste! ¡Gracias, muchas gracias! —me repite la otra chica.
La sorpresa es enorme al sentir que la conozco, pero la felicidad es mayor por tener a Elsie a mi lado.
No se había ido, estaba aquí, dejando que mi miedo desapareciera.
La abrazo con fuerza, queriendo retroceder el tiempo hasta el primer día en que la conocí y hacer todo diferente con mi dulce e indefenso ángel.
La separo despacio, me desprendo de los brazos de la otra, sonrío al ver el rostro de Luci, toda sonrojada, al apartar su cabello que lo cubría, y no lo pienso más. Mi felicidad es infinita.
—Gracias, mi querida esposa, gracias por no abandonarme —expreso efusivamente ante la mirada de sorpresa de todos, le tomo el rostro y la beso en sus labios.
El beso apenas duró un instante, en medio del silencio que cayó en el cuarto, que me pareció eterno. Escuché las respiraciones contenidas de todos los presentes y, por el rabillo del ojo, vi cómo Rufo se pasaba una mano por la cara mientras Minetti me observaba desconcertado.
Lucila permaneció inmóvil en mis brazos, su piel ardiendo bajo mis dedos. Cuando al fin reaccionó, no lo hizo como esperaba. Sus ojos se agrandaron como platos y, de golpe, me empujó hacia atrás, dando un paso apresurado para separarse.
—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó, llevándose una mano a los labios mientras miraba a todos abochornada.
—Te estoy besando, esposa mía. Te estoy agradeciendo que nunca te fueras de mi lado —contesté con una sonrisa arrogante marcada en los labios, sin importarme en lo más mínimo la indignación en su mirada—. Estoy feliz porque no me abandonaste de nuevo.
—¡Primero que todo, no soy tu esposa! —protestó, moviendo las manos, visiblemente disgustada—. ¡Segundo! No… no puedes besarme así frente a todo el mundo. ¿En qué estás pensando?
—Es bueno volver a ver al viejo Damián —señala Rufo, aunque tiene el ceño fruncido mientras no deja de observarme con su mirada inquisitiva de doctor—. Deja que te revise, amigo.
Lucila parpadeó aturdida, aunque la indignación seguía rondando en su mirada. Alessandro, sin embargo, me miró fijamente con el ceño fruncido. De inmediato se giró hacia mí, demasiado serio para mi gusto.
—¡No me miren así, no lo estoy seduciendo! —prácticamente gritó Lucila al ver cómo todos la observaban.
—Basta, ambos —interrumpió la voz autoritaria de Alessandro.
Observó a la mujer a su lado, llamada Lilian, y sabía que no bromeaba. Era capaz de imponer orden en medio de la tormenta. Pero no entendía por qué todos me miraban como lo hacían por haber besado a mi esposa.
—¡Es mi esposa! —insistí con firmeza—. Puedo besarla cada vez que quiero.
—¡No lo soy! ¡No lo soy! —dijo Elsie, escondiéndose detrás de la otra pelirroja.