¡Ups! ¡No me equivoqué! 99. EL DESPERTAR DE DAMIÁN
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99. EL DESPERTAR DE DAMIÁN

LUCILA:

La enfermera me abraza con cariño al ver cómo se me llenan los ojos de lágrimas.

Al tiempo que me dice que ya mi hermana y todos se están ocupando de eso.

Me puse así de nuevo porque incumplí con el tratamiento que ya iba muy bien.

Yo misma lo sabía, solo tengo que tener paciencia y vería cómo todos los granos desaparecen.

—Por favor, señorita, hágame caso —me ruega con cariño.

Suspiro con impotencia y le aseguro que no me iré. Aunque esa mujer que encontré en internet me aseguró que ella estaba peor que yo, y ahora parece una modelo. Yo quiero realizar la vida que hice cuando acompañaba al abuelo, al hacerme pasar por mi hermana, esa es la vida que quiero.

—¿Crees que me gusta estar encerrada en la habitación viviendo a través de las computadoras? ¡No! ¡No me gusta! —Y tomo una decisión. Le doy la espalda, lista para salir de la habitación—. Quiero más, tengo ese derecho, me voy y si te atreves a delatarme acabaré con tu vida.

—¡Luci! —me llama de pronto la enfermera ya cuando yo estaba por salir— ¡Damián despertó!

—¿Qué? —me detengo y corro a su lado—. Damián, Damián, ¿cómo te sientes?

Lo llamo sorprendida de ver que es verdad, que tiene los ojos abiertos con su mirada fija en mí. Cuando llego a su lado, me toma la mano y tira de mí, haciendo que me incline sobre él. Lo hago, y para mi sorpresa lo escucho hablar con voz ronca:

—No me dejes, Elsie, no otra vez, por favor —pero lo dice en francés.

—¿Qué dijo? —Me giro hacia la enfermera que está del otro lado de la cama.

—No entendí bien, hablo francés muy poco —responde con la mirada fija en todos los aparatos que están conectados a Damián—. Pero me parece que dijo algo de que no lo dejes. ¿Ves lo que te dije? Él sabe que lo acompañas, si lo dejas va a ponerse peor. No lo hagas, Luci, él despertó para pedírtelo.

—¿Es eso cierto, Damián? ¿No quieres que te deje solo? —le pregunto, viendo asombrada cómo dice que sí con la cabeza y no me suelta la mano.

Lo miro de reojo con incredulidad; no hablo francés y no estoy segura de que Damián haya despertado y dicho eso.

La enfermera insiste en que no sea así, me pide que me quede con él, segura aquí en la casa.

Asegura una vez más que cuando se ponga bien, me dará la vacuna que casi terminan en sus laboratorios.

—Él es tu mayor esperanza, hija, quédate —insiste ella una vez más.

—¿Lo crees de verdad? —Miro a sus hermosos ojos azules que no se desprenden de mí y a su mano agarrada con firmeza de la mía—. Es que me aseguraron que esa medicina es milagrosa.

La enfermera me mira desesperada. Se detiene en lo que hace para decirme muy seria que el abuelo, mi cuñado, mi hermana y el doctor Rufino han buscado mi remedio por todo el mundo. Ellos tienen todos los recursos del mundo para hacerlo.

—¿No crees que si existiera de verdad ese tratamiento milagroso, tu hermana no se habría enterado cuando ella vive investigando sobre ello y hubiera ido a buscarlo? —cuestiona con vehemencia—. Ella vive para buscar el remedio a tu enfermedad, no les hagas eso, Luci.

—Pero esa mujer me aseguró que ella se había sanado —refuto lo que me dice, tengo la esperanza de que puede ser verdad—. Tiene su piel sin una mancha ni granos, me mandó fotos.

Se hace un silencio, ella se me acerca despacio.

Muy seria me mira fijamente, diciendo que soy una chica muy inteligente.

Pregunta si no he pensado que alguien puede estarme engañando porque saben que estoy desesperada, que soy la hermana de Lilian y la cuñada del señor Minetti, que por eso me quieren atrapar.

—Sí, lo pensé —confieso la verdad, me levanto la brisa para mostrarle—. Pero mira cómo me puse, parezco un monstruo. Cuando Damián me vea bien, va a salir huyendo como hacen todos.

—¿Qué te importa cómo te mire él? —inquiere de pronto la enfermera, y me ruborizo al ver la mirada de Damián fija en mí.

Me suelto de su mano y me alejo con la enfermera. Confieso que no lo sé, estoy realmente muy confundida. Pero no dejo de reconocer que lo que dice es verdad. Suspiro y le digo que me quedaré ahora que Damián me lo pidió. Al girar, tiene los ojos cerrados.

—Mira, se volvió a dormir —lo señalo desganada—. Sal, llama a mamá y dile que ya regresé. Que había ido a dar un paseo.

—Está bien, pero no te vayas, te estaré vigilando —me amenaza desde la puerta—. No perderé mi trabajo por tu culpa. Ahora mismo le diré al Pelirrojo que te vigile bien, que te quieres escapar sola.

—¡Oye, no seas chismosa! —le grito sonriente y agradecida porque no dejó que cometiera una locura.

—No importa cómo me digas, lo hago por tu bien —señalo mirando cómo se aleja.

La enfermera sale cerrando la puerta. Suelto la mochila, la acomodo en el closet y me siento en la cama. Me asombro cuando veo a Damián abrir los ojos y me observa; voy a cubrir mi rostro, pero él me detiene la mano.

—Tu es ma belle femme —me dice en francés.

—¿Puedes hablar? ¿Desde cuándo? ¿Hablas italiano? —lo lleno de preguntas—. Yo no sé hablar francés. ¿Qué dijiste?

—Sí sabes hablar francés —asegura para mi sorpresa—. Pero está bien, te hablaré italiano, siempre te gustó más. Te dije que eres mi bella esposa. Y gracias por tu confesión.

—¿De qué hablas? ¿Me escuchabas dormido? —quiero saber poniéndome colorada y trato de cubrirme el rostro.

Estoy realmente desfigurada por mi enfermedad. Damián, al verme, sonríe y cambia la conversación mirando a mi alrededor.

—¿Qué hago aquí? ¿Dónde está esto? —pregunta volviendo a mirarme.

—Estás en Italia, Roma, en la casa de la suegra de Alessandro Minetti. Yo soy su cuñada Lucila, pero todos me dicen Luci —explico despacio—. Te estamos cuidando porque estabas muy mal, después de salvar a mi hermana. Gracias por eso, te estamos eternamente agradecidas.

—¿De veras? —cuestiona fijando su mirada en mí.

—Sí —afirmo de inmediato—. Mamá y Lili de seguro vendrán junto a los demás a verte en un momento. ¿Desde cuándo despertaste?

Damián me observó fijamente sin responder, me acaricia la mano, lo cual hace que me sonroje, sobre todo al escucharlo decir que había despertado hacía unos días, pero no podía hablar ni abrir los ojos.

—¿En serio? ¿Estabas despierto anoche? —pregunto recordando todo lo que hice, poniéndome otra vez toda colorada.

—Sí, muy despierto, gracias —y me aprieta la mano sonriente. Trato de soltarme mientras desvío mi mirada—. Eres mi esposa, Elsie, ¿por qué quieres irte y dejarme solo?

—No, no… —tartamudeo avergonzada. ¡Lo había besado anoche!