98. LA DESAPARICIÓN DE LUCILA
LUCILA:
Mamá lleva más de dos horas buscándome, pero no consigue dar conmigo.
Trata de comunicarse con Lili, pero tampoco le responde.
Está desesperada, no sabe dónde puedo estar.
Por lo que llamó al abuelo, que al poco rato se aparece con unos guardias de seguridad y manda a abrir la puerta de mi cuarto.
Al hacerlo, no me encuentran por ningún lugar.
—No está, señora Libia —lo escucho decir.
—¿No? ¿Dónde puede estar esta niña? —quiere saber mamá angustiada.
—A lo mejor salió con Lili —señala el abuelo más tranquilo.
—Me lo hubieran dicho —responde ella—. Además, como Rufo le empezó el tratamiento de nuevo, le suspendió un medicamento y le salió un nuevo brote de granos. No quiere que nadie la vea.
—Esta pequeña me prometió que nunca más se iba a esconder de mí —dice el abuelo preocupado también—. ¿Está segura de que no salió? ¿Buscó en el cuarto de Damián?
—¿De Damián? No, no está en el cuarto de Damián —asegura mamá—. Las enfermeras vinieron temprano y lo bañaron, cambiaron de ropa y Luci no estaba. Ahora una lo cuida y es lo que me extraña, a esta hora Luci siempre le está leyendo.
Se hace un silencio, hasta que el abuelo le pide que no se desesperen, porque a lo mejor andaba dando un paseo en mi nuevo auto por toda la finca. Era mi último entretenimiento, además de todos esos aparatos que vuelan.
—¿Por qué no se llevó el teléfono? —insiste mamá—. Ella nunca se separa de su teléfono. Además, es de noche, ¿cómo va a andar manejando de noche?
—Creo que está haciendo un problema donde no lo hay.
Vamos a mi casa un momento, a lo mejor está con Melani como la otra vez, que se desapareció —sugiere el abuelo—.
Se han hecho muy buenas amigas y últimamente anda con un reloj en su mano y otros aparatos que no necesita el teléfono. A lo mejor hasta tiene otro.
—Cierto, lo había olvidado que le ha dado por ir a hablar con Melani —acepta mamá de inmediato—. Vamos, las enfermeras cuidarán a Damián. Es que me preocupa, lleva días que la veo muy misteriosa.
Los escucho como se marchan en el auto del abuelo. La enfermera viene hasta el closet donde me encuentro escondida y lo abre. Se asusta al verme, envuelta en grandes ropas que no dejan ver nada de mi cuerpo con una mochila en mi espalda.
—¡Señorita Luci! —grita al verme—. ¿Qué hace ahí escondida?
—Ssss… que te va a oír mamá —le pido saliendo despacio.
La enfermera me ayuda a salir mientras me dice que mamá acaba de irse con el abuelo. Me explica que no debería hacerle esto a mi mamá. Ya había escuchado cómo se puso, y mi hermana todavía no está recuperada del todo. Sabía muy bien que Lilian no puede ser sometida a ninguna emoción fuerte.
—Tengo que hacerlo, no puedo seguir aquí así —le ruego para que me ayude.
—¿Hacer qué? —cuestiona la enfermera intrigada.
—Iré a hacer un tratamiento que me dijeron que funciona —susurro solo para que ella me escuche—. Serán solo tres días, si me cubres nadie se tiene que enterar.
—¿A dónde va a ir así, niña? ¿Qué locura está diciendo? —inquiere ella impidiendo que saliera—. El mejor tratamiento del mundo es el que le está haciendo el director Rufino.
—No es el mejor, esa mujer hizo uno que la curó completamente —aclaro con impaciencia.
Trato de salir, pero ella me lo impide colocándose delante de la puerta. Esta mujer me desespera, pero no puedo armar un alboroto.
—¿Qué mujer? ¿Quién es? ¿Ya la investigó? —pregunta la enfermera—. ¿Por qué no se lo dice a su hermana o al director?
Me detengo al ver que no me va a dejar salir y no quiero que nadie nos escuche, sobre todo el Pelirrojo que me vigila todo el tiempo. Contesto que ellos están muy ocupados ahora, no quiero preocuparlos.
—¿Y Damián? ¿No ha pensado en él? —insiste la enfermera.
—¿Qué tiene que ver Damián conmigo? —quiero saber, pero giro a mirar a Damián que sigue dormido en la cama; me acerco un poco con un suspiro.
—Usted fue quien lo acostumbró a dormir juntos todas las noches; ahora no se duerme si usted no está —señala ella muy seria.
—Ssss, si mamá te oye, me mata —me apresuro a decir—. ¿Por qué dices eso, si siempre está dormido?
Pero la enfermera no se rinde, insiste en que no es así.
Él, cuando yo me demoro en venir, se mueve inquieto, le sube la presión y muchos otros síntomas.
Asegura que Damián sabe que yo vengo de alguna manera a dormir con él cada noche.
La miro con incredulidad; tenía que ser su idea.
Dormía toda la noche abrazada a él para que sepa que alguien lo quiere, que está esperando que despierte, pero no lo hacía, seguía dormido.
—Luci, piénsalo —la enfermera me toma la mano—. Todos esos médicos que ofrecen medicina milagrosa son unos charlatanes.
—Pero dicen que se han curado muchos de mi enfermedad —murmuro deseando que sea verdad.
—Entonces dígale a su hermana Lilian que la lleve —me pide ella.
—No, no puedo poner a Lili en peligro —rechazo la idea enseguida—. Muchos la persiguen; ya vio que por poco se muere esta vez. No, no puedo hacer eso; todavía no se recupera.
—Luci, no me hagas cómplice de esta locura —me pide ella y luego me amenaza con firmeza—. No estoy de acuerdo, se lo diré al señor Minetti enseguida que salgas por esa puerta. Estoy segura de que todo eso es un engaño.
—¡No puedes hacerme eso! —le digo desesperada—. Me voy, y no te atrevas a decir adónde.
—¿Cómo vas a irte sola? —me retiene otra vez—. Llévate a tu cuerpo élite.
—¡No quiero! —me niego con firmeza—. Acher siempre me está vigilando, no me deja mover, parece un fantasma, se me aparece cuando menos lo espero.
Pero la enfermera no me suelta, me explica que el Pelirrojo me está protegiendo y es un buen hombre. La miro mientras le explico que no me gusta que le vaya con el cuento a mi cuñado.
—¿Y qué piensas hacer para escapar de ellos? —cuestiona de nuevo con impotencia—. Aunque te lo advierto, Luci, ya te dije que si sales por esa puerta, los llamaré, tocaré la alarma.
—¿Por qué no me comprendes? ¿Crees que es fácil vivir encerrada, viendo como todos me miran con desprecio y repugnancia? —pregunto desesperada—. ¡No puedo seguir viviendo así, tengo que hacer algo!