¡Ups! ¡No me equivoqué! 97. LA AMENAZA VELADA
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97. LA AMENAZA VELADA

ALESSANDRO:

He regresado a la oficina de Rufo al ver a Andy salir.

Desde donde estaba, pude escuchar lo que hablaban.

En ese momento, mi teléfono suena y, al ver que es Lilian, lo tomo.

Al escuchar de qué se trata, salgo raudo junto a Rufo, que precisamente estaba llamando al banco para pedir información del caso.

Después de que Lilian y Miguel salieron a mirar los autos, me concentro.

—Señor gerente, nunca, escúcheme bien: ¡nunca le venda nada a ninguna persona que se haga pasar por mi esposa sin llamarme! ¿Me escuchó? —le advierto con firmeza—. Si lo hace, no voy a asumir la responsabilidad.

—Sí, señor, descuide, señor Minetti. Esto no volverá a suceder —responde él, nerviosamente.

Observo a Rufino, que sigue tratando de entender las imágenes de seguridad en busca de algo que nos diga quién es esa impostora que está imitando a Lilian. Mi teléfono suena nuevamente. Lo tomo enseguida al ver que es Estefan.

—Jefe, la impostora está aquí. ¡Diantres, vio a la señora Lilian y se van! ¿Qué hacemos? ¿La perseguimos? —pregunta, mientras veo cómo todos los hombres se ponen en acción.

—¡Corre, Rufo! Ve con Migue en un auto; yo iré con Lili. Vamos a coger a esos que se hacen pasar por ella. ¡Señor, ponga los autos en mi cuenta! —grito mientras salimos corriendo.

—¿Qué autos, señor Minetti? ¿Qué autos? —me pregunta el gerente mientras me sigue.

Lilian y Miguel están montados en un auto cuando nos ven salir corriendo y les indico que se monten con nosotros.

Pero ellos se quedan en su posición; Miguel pone en marcha el auto y, al notarlo, nos montamos en el de al lado y salimos raudos.

Conducimos a gran velocidad, pero al final no logramos saber por dónde se fueron.

—Oye, Ale, ¿no te parece demasiada casualidad, ahora que vamos a realizar la reunión de los dragones para aclarar lo de Lilian, que aparezca esta doble? —pregunta Rufo.

—También lo pensé. Fue por ello que, además del cabello que me entregó la señora Libia, te dije que tomaras muestras del cadáver, no solo de Kenet, sino de sus abuelos —repuse, sin dejar de mirar la carretera—.

No sé por qué; tengo la pequeña sospecha de que todavía la historia de Lilian guarda muchos secretos.

¿Quién demonios es esa mujer que está imitando a mi esposa?

Mi mente no dejaba de dar vueltas. Todo esto estaba dejando de ser un simple ataque a mis finanzas o un intento patético de intimidarme.

Ahora era personal. La sangre me hervía.

Nadie, absolutamente nadie se metía con Lilian.

Ningún impostor, ninguna maldita rata osaba jugar con lo que es mío sin consecuencias.

Conducíamos a toda velocidad por las calles de la ciudad, en silencio. Rufino, a mi lado, revisaba una y otra vez las imágenes en el monitor que había conectado en el auto, con el ceño fruncido.

—Alessandro —soltó finalmente sin apartar la vista de la pantalla—, aquí hay algo que no tiene sentido. Mira esto.

Desvió ligeramente el monitor hacia mi lado mientras yo sostenía con firmeza el volante.

Tenía que mantener toda mi concentración en la carretera, pero su expresión me obligó a echar una ojeada.

Las imágenes se repetían una y otra vez: una mujer, cabello rojo, rostro familiar, pero su andar y la forma en que alzaba el mentón me parecieron una pobre imitación.

—Esa no es Lilian —sentencié cortante—. ¿A quién quieren engañar? Solo confundiría a unos tontos.

—Lo sé —Rufo se frotó la barbilla con aire pensativo—.

Pero quieres que te diga algo. Esto no es obra de cualquiera.

Ese parecido no puede ser solo casualidad.

Esa mujer se parece tanto a Lilian que no puede ser coincidencia.

Es evidente que se hizo cirugía plástica. Alguien nos está enviando un mensaje.

Mis manos se aferraron con más fuerza al volante, aunque mantuve el rostro impasible. Nada podía alterar la máscara de frialdad que había cultivado durante años. Sin embargo, dentro de mí, no dejaba de darle vueltas a todo esto.

—Rufo, quiero que consigas toda la información sobre esa mujer. Cómo llegó aquí, quién la trajo y, lo más importante, quién le dio esa orden —exigí de inmediato—. Tenemos que adelantarnos a cualquiera que esté planeando esto.

Rufino asintió, mirando por el retrovisor a ver si veía a Miguel y a Lilian. También miré para ver dónde se habían metido esos dos. Conocía ese gesto nervioso en él desde hacía años; era un libro abierto para mí.

—¿Qué más, Rufo? —quise saber, tratando de que se concentrara en nuestro tema.

Rufo soltó un suspiro y pegó los ojos en la pantalla mientras decía que todo olía mal, pero una idea le rondaba la cabeza. Era evidente que los que ayudan a la impostora tienen un patrón en común. Debían ser los dragones y esa solicitud de reunión para presentar a Lilian.

Estaba de acuerdo con él, sobre todo con el Ruso.

Esta organización de los Dragones era un mundo tan oscuro y brutal que no dominaba todavía, con reglas propias que rara vez se cruzaban con las nuestras.

Pero ahora era el UNO de ellos, estaban debajo de mí.

Sentían que estaba metiendo las narices en su mundo y que habíamos cruzado una línea peligrosa.

—Desearía no haberme visto obligado a asumir ese cargo. Al menos me evitaría todo este peligro sobre Lilian —señalé apretando la mandíbula. Rufino me observó con el mismo deseo, aunque no lo dijera.

—Es una guerra, Ale. Se están moviendo como si necesitáramos un recordatorio de que tu cargo no es fácil —agregó Rufino, mirándome directamente—. Alguien quiere arrebatarte no solo el cargo, sino a Lilian.

Esa insinuación encendió algo que llevaba rondándome la cabeza todo el día. Esa madriguera que se llama dragones no es más que una pandilla de ratas.

—Tenemos que demostrarles quién es el Dragón Negro —sentencié de inmediato—. Nadie me va a quitar a mi esposa.

—Entendido, mi capo —asintió él con seriedad—. Ya casi tengo todo para enfrentarlos.

Nos dirigimos a mi casa al escuchar a Humberto decir que Lilian y Miguel se dirigían allá.

Mejor descansábamos y dejábamos de perseguir fantasmas.

Rufo mencionó que debía ir a ver cómo seguía Damián y acepté.

Me acomodé en mi asiento, girando el timón y poniendo rumbo a mi casa, seguido por los demás vehículos de mis hombres, mientras mi mente no dejaba de preguntarse: ¿Quién demonios se atrevía a jugar conmigo?