95. LA EXPLICACIÓN DE RUFINO
ANDY:
Mi corazón late acelerado al ver que viene hacia mi consulta. Ella me busca, pero no sé por qué tengo tanto miedo de enfrentarla aquí. No estoy listo, pero en mi consulta no hay dónde esconderse.
—No, tenemos que irnos ahora mismo —se niega Miguel y respiro aliviado—. La cita es en diez minutos, y después quiero ir a la casa a preparar una sorpresa para Rufo. Es su cumpleaños hoy.
—¿Su cumpleaños? ¿Por qué no me lo dijiste antes para felicitarlo? —se emociona Lilian alejándose—. Vamos, vamos ahora mismo; después de comprar tu auto iremos a comprar un regalo.
Y los oigo alejarse riendo felices. Salgo despacio para ver cómo se aleja de la mano de Miguel. Todos la saludan como la esposa del Capo di tutti i capi; va rodeada de una gran cantidad de guardias que la cubren por todas partes.
"Sí, Andy" —me digo—, "hiciste bien en dejarla por ahora con Minetti; hay muchos detrás de ella. Pero no puedo negar que ver cómo él la protege me llena de celos."
Aprovecho que todos los trabajadores están pendientes de Lilian y salgo de mi consulta rumbo a la dirección, pensando qué decir por mi larga ausencia.
Tengo que hacer que el director Rufino me deje continuar trabajando en este hospital.
Me será más fácil mantenerme al tanto de lo que le pasa a Lili.
Al llegar, la enfermera me manda a pasar.
—Adelante, Adriano —me indica pasar el director.
Para mi sorpresa, veo al señor Minetti que se pone de pie, me saluda con una leve inclinación de cabeza, que contesto de igual manera. Parece que vino con Lilian. Ahora entiendo por qué está aquí.
—Siéntate, Adriano; enseguida te atiendo —me pide el director. Luego se gira hacia su amigo—. Alessandro, no demoraré mucho; ve a hacer lo que me dijiste y te alcanzo en cinco minutos.
El capo Minetti vuelve a mirarme de una manera que tengo la sensación de que me está midiendo con intención de asesinarme.
Para luego, sin decir nada, marcharse. Tomo asiento en una silla delante de su despacho.
El director escribe algo en la computadora; cuando termina, levanta la cabeza y se queda mirándome en silencio hasta que pregunta:
—¿En serio quieres seguir trabajando aquí, Adriano?
—Sí —asiento enseguida.
—¿Estás seguro de que es a trabajar a lo que viniste? —continúa interrogándome.
—Sí, señor; se lo juro —me inclino un poco ante él—. Quiero convertirme en un excelente cirujano bajo su dirección.
El director Rufino guardó silencio sin dejar de observarme por unos minutos. Bajó la cabeza y, cuando la levantó, me dijo que no me iba a preguntar por qué falté todo este tiempo porque lo sabía. Tampoco me iba a insistir por qué realmente regresé, porque también lo conocía.
—Pero Andrea o Adriano, debo advertirte algo: si viniste a trabajar, lo harás muy bien; me encargaré personalmente de eso.
Pero si viniste pensando en recuperar a Lilian, creo que deberías desistir —señaló con una firmeza que me estremeció—.
Ella realmente está muy enamorada de Alessandro Minetti; se casaron de verdad.
Y dudo mucho que él le dé el divorcio, aun cuando ella se lo pida, que no creo que lo haga.
—¿Cómo está ella? —le pregunto, ignorando todo eso que me dijo porque sé que no es verdad. Lili solo me ama a mí; no pudo olvidarme tan pronto.
—Todavía está muy lejos de estar bien —respondió con honestidad. —Pero despertó del coma y, como sé que viste los resultados de las pruebas, sabes que tiene un gran trecho por delante.
—Vi que camina y habla también normal —dije, tomando aire.
Sé que todo lo que dice es verdad. El director asintió, diciendo que Lilian tenía todas las funciones mecánicas normales; solo le preocupaba mucho la presión intracraneal. Estaba demasiado elevada; cualquier emoción fuerte de cualquier índole podía provocarle un derrame cerebral.
—Es otro de los motivos por los que te mandé a llamar; ven aquí, quiero que lo veas tú mismo —giró la computadora hacia mí.
Me acerco a la computadora del director; presiona un botón y comienza a rodar el video de la enorme operación de Lili. Observo todos los parámetros que están escritos y que conozco muy bien.
—¡Dios! ¡Mi Lili está viva de milagro! —exclamo sin poder contenerme.
—Fue realmente complicada su operación, como puedes ver —me aclara el director, mientras no puedo separar mi mirada de la cabeza abierta de mi Lili—.
Tuve que buscar minuciosamente cada fragmento del hueso que explotó.
Gracias a que tiraron del arma justo antes del disparo, no le entró completamente.
Pero, si puedes ver en las imágenes de hoy, aunque su herida ha sanado y la inflamación cerebral casi se ha ido, no está fuera de peligro todavía.
Es verdad, Lili está en un estado de peligro inminente. No me miente; ella debe estar en un lugar muy tranquilo. No puedo apartar la vista de las imágenes por separado de la extensa lesión. Trato de concentrarme en todo lo que veo como doctor. Observo otro punto negro y le pregunto:
—¿Qué es eso que tiene aquí, doctor?
—Eso fue la abertura que tuve que realizarle para descompresionar la masa cerebral; era terrible la inflamación que tenía después de la operación —explicó con tono profesional—.
Adriano, sé que eres un buen chico y que en verdad amas a la doctora Lilian.
Esto te lo estoy pidiendo como el doctor de ella: si en verdad la amas, si en verdad quieres que ella viva una vida lo más normal posible, déjasela a Minetti.
—¿Por qué? ¿No cree que yo la pueda cuidar y hacer feliz? —cuestiono molesto.
Rufino me observa mientras acomoda de nuevo la computadora en su lugar y yo regreso al sillón decidido a enfrentarlo por mi novia. Cuando vuelve a mirarme, su mirada es gélida como siempre.
—Para ser honesto, no. No creo que Lilian sea feliz contigo —dice con firmeza—. La hiciste sufrir mucho. Por tu culpa está como está. Y sé que conoces quién es ella en realidad y cuántos andan detrás de su persona. ¿Opinas de verdad que la puedas proteger más que Minetti?
—Pero ella me ama; me llamó en cuanto despertó —me defiendo, aunque sé que tiene razón.
El director asiente; era cierto que Lilian me llamó en cuanto despertó, porque había olvidado lo que pasó después del día de la discusión aquí en el hospital, me explica con calma. Sigue informándome que ella ya recordó todo lo que le hice.
—No la hagas sufrir más; al menos deja que se recupere del todo. Que salga del estado de peligro en que se encuentra —me solicita con serenidad—. Tú, mejor que nadie, sabes lo impulsiva y emocional que es la doctora Lilian; no la busques por ahora. Ella, cuando esté bien, se incorporará al hospital.
—¿En serio? —pregunto incrédulo.