93. ANDY Y LA IMPOSTORA
ANDY:
Al llegar a mi consulta, observé a la mujer que se encontraba frente a mí.
Me miraba sonriendo, pero había algo en su sonrisa que no me convencía.
Al fijarme en su rostro, noté que había recurrido a cirugías con la intención de parecerse a mi Lili.
Sin embargo, a leguas podía distinguir que no era ella.
Cualquiera que conociera a Lilian, si la observaba bien, se daría cuenta de la diferencia, y eso me causaba una mezcla de indignación y confusión.
La mujer llevaba el cabello recogido, algo que mi Lili jamás hacía cuando estaba vestida de civil.
Su vestido floreado era similar a los que usaba ella, y los zapatos de tacón muy altos que llevaba intentaban compensar la diferencia de altura, pero ni con eso lo conseguía.
Su cuerpo, aunque delgado, jamás podría alcanzar la perfección de mi novia. La irritación comenzó a crecer en mí.
—Hola, Andy. ¿Me extrañaste? ¿Por qué no me saludas? —su voz trataba de imitar la de Lilian, pero sonaba forzada, como si intentara cubrir una máscara que no le quedaba bien.
—Si esto es una broma, no le veo la gracia —repuse, sintiendo que la incomodidad se apoderaba de la situación. La aparté de un empujón leve mientras me introducía en mi consulta, y ella, sin rendirse, me siguió.
—Soy yo, Andy, Lili. ¿Qué te pasa? ¿No me conoces? —se acercó intentando besarme, pero moví la cabeza, la aparté y me senté en mi buró; la tensión en el aire era palpable.
—Señorita, deje las payasadas y dígame a qué vino —hablé con frialdad, mi paciencia se desvanecía.
No entendía cómo podía pensar que era tan estúpido como para no reconocer una mala copia de mi novia. El desdén y la molestia por su falta de respeto a mis sentimientos me llenaban. Ella se echó a reír, una risa que sonó más nerviosa que sincera.
—Disculpe, doctor —rió mientras se sentaba—. Solo quería hacerle una broma porque todos me dicen que me parezco a su exnovia y que puedo hacerme pasar por ella.
—No sé quién le pudo decir eso; mi novia es muy bella. Jamás la confundiría. Ahora, acabe de decirme qué desea, tengo mucho trabajo —contesté con firmeza, sintiendo que la situación se volvía cada vez más absurda.
Observé cómo su expresión cambiaba. Parecía más decidida, casi como si estuviera dejando de lado la broma para mostrar una parte de su verdadero propósito.
—Sé, doctor Adriano Mancini, que se estará preguntando qué hago aquí y el porqué de mi actuación —señaló mientras cruzaba las piernas con una confianza que me irritaba aún más. Estaba intentando seducirme, en un juego que no estaba dispuesto a aceptar.
—Así es. A no ser que esté enferma, no veo otro motivo —repliqué con un tono helado.
La molestia que sentía por su intento de imitar a mi Lili era casi insoportable, y dentro de mí, una alarma empezó a sonar. Me advertía del peligro que esta mujer podría representar para mi prometida. Interrumpió el aire tenso cuando cambió de táctica; su tono de voz se tornó grave.
—Vine a ofrecerle un trato —dijo, dejando de reír.
La sorpresa me tomó desprevenido. ¿Un trato? La curiosidad me invadió, pero me mantuve escéptico.
—¿Qué trato? —cuestioné, frunciendo el ceño.
—Usted quiere a su prometida de vuelta y yo quiero al mío —afirmó con una determinación que parecía auténtica.
—¿Qué quiere decir con eso? —quise saber, sintiendo que la conversación tomaba un rumbo que no esperaba.
—Lo que oyó. Quiero a Minetti de vuelta —respondió sin titubear.
—¿Es usted la novia que lo dejó plantado en la iglesia? —el asombro y la incredulidad se mezclaban en mi voz al intentar comprender su propuesta.
—No precisamente, pero soy yo la que debo casarme y ocupar el puesto de esposa de Minetti. Así que, si me ayudas, te devuelvo a tu novia y yo me quedo con el mío —su mirada era directa, casi desafiante.
—¿Y cómo sería ese cambio? —le pregunté, más por curiosidad que por convencimiento.
—Si me ayudas a hacerme pasar por ella, podré convencer a todos de que lo soy la verdadera Lilian.
Porque en realidad, la verdadera soy yo.
A tu novia la engañaron desde niña haciéndole creer que era yo —su confesión dejó un aire pesado en la habitación y sentí una mezcla de inquietud y desconfianza.
Quería tomar medidas, rechazar su propuesta de inmediato, pero una parte de mí quería saber más, explorar hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Estaba claro que esta mujer no era solo un capricho.
La tensión seguía latiendo entre nosotros, y aunque sabía que debía proteger a Lili, también me encontraba atrapado en un enredo que prometía complicarse aún más.
La conversación continuó, pero mi mente giraba en torno a las ramificaciones de lo que acababa de escuchar. ¿Podría haber algo de verdad en lo que decía? La inquietud me carcomía, y la necesidad de proteger a mi prometida se volvió aún más urgente.
—Mi padre, en su intento por protegerme, nos puso primero en un orfanato y luego nos dejó con un buen amigo de él en Francia —siguió hablando ella.
—¿Y tienes prueba de eso? ¿De que Lilian no es hija de Kenet Lemert? —inquirí sin dejar de observarla.
Ahora mi objetivo era sacarle información porque yo vi todo lo que recopiló mi padre, y está muy claro que Lilian es hija de Kenet Lemert, hasta dónde investigó.
—¡Claro que tengo pruebas! —afirmó, pero esquivó mi mirada.
—¿Dónde las tiene? —seguí mi interrogatorio—. Muéstremelas para ver si le creo.
—Solamente si aceptas ayudarme —insistió ella.
—¿Me considera realmente estúpido, señorita? ¿Piensa que porque se hizo cirugía para parecerse a mi novia puede venir con esa historia y yo se la iba a creer? ¿Supone que estoy muy desesperado por recuperar a mi novia, veo? —solté furioso.
—¿Y no es así? —preguntó burlonamente—. Si no, ¿qué hace detrás de ella?
La observé con rabia, queriendo delatarla en ese mismo momento.
Pero tenía que saber qué intentaba hacer con mi Lili.
Por eso me tomé el trabajo de explicarle que no era así.
Estaba seguro de que ella volvería a mí sola, sin hacer mucho esfuerzo; nos amamos.
Además, era verdad que estoy en este hospital, aparte de que es mi trabajo, por estar cerca de ella, pero eso no me hace desesperado.
—¿Y por qué si se siente tan segura de que ella es la falsa y no usted, no lleva las pruebas esas que dice tener a Minetti directamente? —quise saber volviendo a sentarme.
La observo como se mueve molesta en su silla; al parecer, en verdad me consideró tonto y que iba a aceptar todo su plan.
—¡Porque él se ha encaprichado con tu novia! —casi vocifera, algo desesperada, tratando de contener su furia—. Además, la señora Lara, la mujer que las crió, que ni siquiera es su verdadera mamá, las convenció de ello.
—¿Entonces, según usted, mi suegra no es la verdadera mamá de mi novia? —pregunto con sarcasmo.
Acaba de cometer un gran error porque eso que acaba de decir no lo creo por nada del mundo; la señora Libia se parece mucho a Lilian.
—¡Exacto! Todo te lo puedo demostrar; ella era mi tía —continuó con su historia—. Cuando mis padres murieron en el accidente, mi tío tomó la decisión de escondernos por el secuestro a mi prima y a mí.
—Muy bien, supongamos que le creo —me recosté en la silla cruzando los brazos—. ¿Por qué se hizo cirugía plástica para tomar la apariencia de Lilian? Con demostrar con pruebas que usted es la verdadera es más que suficiente.