¡Ups! ¡No me equivoqué! 92. EN LA TIENDA DE AUTOS
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92. EN LA TIENDA DE AUTOS

LILIAN:

Se hizo un gran silencio al escuchar la pregunta. Alessandro tiene la cara de capo que no augura nada bueno, esa que todos conocemos muy bien y que aterra a los enemigos. Al sentir que me prendo de su brazo nerviosa, me abraza y besa mi cabeza.

—¿Lili, te gustan esos autos? —me cuestiona, tratando de distraerme, visiblemente preocupado por mí—. Si los quieres, puedo pagarlos ahora.

—No, no, Ale, no sé ni cuáles son —me opuse enseguida—. No necesitamos más autos. Vamos a escoger el de Migue y nos vamos.

Acepta enseguida, mientras se hace cargo de la situación.

Nos pide que vayamos a escoger un auto nosotras mientras él se quedará hablando con el gerente.

Vuelve a decirme que si me gusta alguno que lo compre, pero me niego.

Me gusta el mío rojo. Sugiero que quizás llame a mi hermana Luci para comprarle uno a ella.

—Ya ella se lo compró por internet, cariño, ¿no te lo dijo? —me informa Alessandro para mi sorpresa—. Me llamó para preguntarme si podía; llega hoy en la tarde.

—Está bien, lo veré al regresar —respondo sin soltar su mano mientras los escucho conversar.

—Tampoco me gusta, Ale, pero ahora mismo está claro que no es tu mujer.

Es alguien con demasiadas agallas o con un deseo demasiado grande de que la maten —señaló Rufo, girándose para mirar a Alessandro con esa mezcla de alerta y preocupación que le conocía desde que comencé a tratarlo—.

Quizás quieren intercambiarla con Lilian, ya sabes quién.

Alessandro no se inmutó al escucharlo. Su rostro seguía siendo una máscara fría de autoridad y peligro, pero yo sabía que detrás de esos ojos oscuros y profundos algo se movía; un torbellino contenía sus emociones.

Él me miró de reojo y, durante un largo segundo, sostuvo mi mirada, queriendo leer más allá de mi rostro.

—Tenemos que investigar muy bien —dijo en un tono que no admitía ninguna réplica—. Encuentra el registro de esos autos y quién diablos los compró. Quiero respuesta pronto.

Observaba a la mujer en el video, asombrada del modo en que se movía. Era evidente que me había estudiado muy bien. Se movía y actuaba como yo. Observé a Migue, que estaba estudiando a la mujer junto a Rufo.

—Lleva las mismas marcas de ropa, zapatos y bolso que tú, Lili —observó Migue de pronto—. Cualquiera que sea, te ha investigado muy bien.

—¿Tú crees? Porque a mí no me impresiona —dije con sarcasmo, aunque por dentro estaba hirviendo.

Me fijé más en la impostora. Por un momento, quise convencerme de que esta mujer era solo una loca obsesionada, alguien sin más recursos que un par de movimientos e imitaciones burdas.

Pero al observar con más detenimiento la imagen del video, tuve que admitirlo: no.

Ella sabía lo que hacía. Y esta era la mafia; que me quisieran imitar era muy peligroso para mí.

—¿Quién crees que sea, Ale? —quise saber asustada, pensando que esto era demasiado.

—Lili, ¿por qué no vas con Migue a ver los autos? Escojan el que quieran, nosotros pagamos —trató Alessandro de alejarnos.

—No, prefiero quedarme aquí a tu lado —me opuse, temiendo que me raptaran y me intercambiaran por esa mujer.

Me miró con intensidad. Luego Alessandro suspiró lentamente, mientras me abrazaba y me susurraba que me mantuviera tranquila. Vi cómo Rufo levantó la vista para observarme preocupado. Extendí mi mano hacia él, que me tomó el pulso de inmediato.

—Doctora Lilian, no tengo que explicarle las consecuencias de tener la presión intracraneal elevada. Vaya con Migue a ver los autos y deje que nos encarguemos nosotros —y, girando hacia su pareja, le ordenó—. Mira los Ferraris que están en el salón con ella, escoge el más moderno. Luego avísame.

No quería irme de su lado, abrí la boca para negarme.

Pero Alessandro levantó una mano, callándome sin decir una palabra.

Rufo miró a Migue, que vaciló un momento antes de ponerse de pie para obedecer su orden.

Eché una última mirada a mi esposo y salí de la mano de mi mejor amigo, solo para ver que todo estaba inundado por nuestros hombres, mientras otros vigilaban las puertas.

—¿Cuál te gusta más? —pregunté a Migue, dando la vuelta por el auto que estaba en exhibición—. ¿Te gusta este blanco? Es el Ferrari último modelo.

Migue esbozó una media sonrisa que apenas se distinguía bajo el peso de la situación, aunque intentaba parecer casual. Pasaba la mano por la superficie, mientras escuchaba las explicaciones que decía el vendedor.

—Es un buen auto, Lili —comentó, mientras recorría el automóvil blanco y luego se posaba en uno negro, estacionado unos metros más allá—. ¿Qué te parece ese? Más discreto, más… seguro.

Me acerqué al Ferrari negro, tocando la superficie lisa y brillante con la punta de los dedos, sin dejar de observar cómo Alessandro daba órdenes por teléfono, mientras Rufino seguía enfrascado en la computadora.

Sentía a mi corazón latiendo con fuerza al saber que mi esposo estaba enfrentándose a un peligro que no entendía del todo.

—Si voy a tener un Ferrari, tiene que ser algo... bueno, más impactante, ¿no crees? Mira aquel rojo —añadió Migue, señalando otro modelo al fondo—. Clásico, elegante, pero con carácter.

—Rufo de seguro aprobaría ese —murmuré, mientras trataba de enfocarme en el auto, aunque mi mente estaba fija en la escena que acabábamos de dejar.

Lo observé, tratando de concentrarme, pero no lo logré del todo.

El peso de la preocupación seguía aplastando mi pecho y me hacía mirar hacia donde estaban Alessandro y Rufo; la oficina estaba rodeada de cristales, lo que nos permitía ver lo que sucedía.

Inspiré profundamente, tratando de calmar el temblor en mis dedos.

Pero justo cuando íbamos a avanzar, nos interrumpió un vendedor que se acercó con una sonrisa nerviosa, pero profesional.

—Allá afuera tenemos los últimos modelos —nos señaló hacia la entrada.

Miro hacia Alessandro, que me sonríe y asiente cuando le señalo que saldré a ver los autos.

De inmediato, la marea de hombres que nos rodeaba se movió al igual que nosotros.

Un último vistazo a ellos, que siguen analizando el video, visiblemente sin lograr nada.

Salimos y, por un momento, nos concentramos en mirar a los autos.

Entramos y salimos de ellos, disfrutando de saber que podíamos escoger lo que queríamos.

De pronto, vemos cómo Estefan corre llamando a Alessandro.

—¡Jefe, están aquí, están aquí! —gritaba mientras todos los guardias nos rodeaban, y otros corrían hacia sus autos—. ¡La que se hace pasar por la señora Minetti está aquí!

—¡Diantres! Vio a la señora Lilian y se van, jefe —escucho a Humberto decir a mi lado mientras Alessandro y Rufo corren hacia nosotros—. ¿Qué hacemos? ¿La perseguimos?