91. LA IMPOSTORA
LILIAN:
Al fin llegamos junto a todos nuestros guardias de seguridad a la tienda de autos, nos bajamos y entramos felices. Caminaba emocionada sujetando el brazo de Migue mientras nos dedicamos a ver los autos. Un vendedor se nos acerca.
—Pensé que me había engañado, señora Minetti —señala en cuanto se me acerca.
—¿Eh? ¿Me conoce? —quiero saber realmente intrigada.
Se ríe como si hubiera hecho el mejor de los chistes. Al ver que nosotros no reímos y que nuestros hombres de seguridad se nos acercan con cara de pocos amigos, se pone serio.
—¿Es una broma, verdad? —cuestiona muy serio—. ¿Cómo puedo olvidar a una dama tan elegante y hermosa como usted que vi ayer?
—Lili, ¿viniste ayer aquí y no me lo dijiste? —me pregunta Migue, deteniéndose para mirarme de frente.
—No, Migue —negué de inmediato—. ¿Se te olvidó que me pasé contigo ensayando y con las chicas? —Me giro hacia el vendedor—. Señor, perdón, usted debe estar confundido, es la primera vez que vengo aquí. ¿Está seguro de que era yo?
—Señor —interviene Humberto antes de que conteste—, deje que veamos las cámaras de seguridad.
Todos estamos intrigados con lo que acababa de pasar. No intervengo, porque como me dijo Alessandro, debo confiar en mis hombres, y Humberto es el jefe de toda la seguridad que puso a mi lado.
—No puedo hacer eso —protesta el vendedor—, no sé por qué la señora lo niega, pero ayer estuvo aquí y reservó cinco autos exclusivos.
—¿Qué? —exclamo sorprendida—. Ahora sí me va a enseñar esas cámaras, señor, porque le aseguro que yo no he sido. Vamos, lléveme con su gerente.
El vendedor nos mira muy serio y por fin accede, visiblemente preocupado ante la actitud tan seria que asumimos todos. Entramos a la dirección y le explica al gerente general lo sucedido y por qué estamos allí.
—¿Cómo? ¿Le vendiste cinco autos y no verificaste si era ella? —preguntó el gerente con indignación—. ¿Llamaste al banco? ¿Te los pagó?
El pobre hombre, visiblemente alterado, dice que insistió en que su esposo, el señor Minetti, debía aprobar ese gran gasto. La mujer se negó a que lo llamaran y dijo que se los reserváramos, que vendría hoy por ellos. Luego se giró y se inclinó frente a mí.
—Mis disculpas, señora, pero se le parece mucho —explicó sin mirarme—. Aunque ahora que la miro, ella es más baja y el color de los ojos difiere y otras cosas más.
El gerente también se inclinó delante de mí y ordenó que trajeran las grabaciones de seguridad.
—Perdón, señora Minetti, es que no la conocemos. Creo que debo llamar a la policía para que se haga cargo de este asunto. ¿Quién me asegura que usted no es la falsa? —me dice, alarmado, el gerente.
Humberto va a intervenir, pero le indico que se quede callado porque este asunto es muy serio. Por lo que tomo el teléfono para llamar a mi esposo mientras le indico al gerente que espere. Al primer timbre, me responde.
—Ale, necesito que vengan tú y Rufo a la tienda de autos —le pido muy seria.
—¿Para qué, cariño? —protesta con desgana—. Ahora estamos resolviendo otra cosa. Escoge el auto que quieras, no necesitas mi permiso. Dinero tienes.
De inmediato le explico que no se trataba de eso. Le cuento que una mujer había venido ayer haciéndose pasar por mí y había reservado cinco autos exclusivos a mi nombre. Ahora el gerente no sabe si soy la verdadera o la falsa señora Minetti e iba a llamar a la policía.
—Creo que esto es algo que debes aclarar tú, por favor ven —le pedí en un ruego.
—Pon al gerente al teléfono —me pide enseguida.
—No, amor, esto no se resuelve por teléfono —dije enseguida—. Te quiero aquí ahora mismo. Quiero que le demuestres a todos quién es tu verdadera señora.
—En cinco minutos estamos allá —respondió y pude escuchar cómo se ponía de pie.
Cuando cuelgo la llamada, le explico al gerente que mi esposo, el señor Alessandro Minetti, viene en cinco minutos.
No obstante, le pido que llame a la policía porque yo también estoy muy interesada en saber quién se ha atrevido a hacerse pasar por mí.
Le hablo firmemente, mirándolo fijamente, y al escucharme que viene Minetti, se pone muy nervioso.
Me siento con las piernas cruzadas y le indico a Migue y a los demás que hagan lo mismo.
—No es que desconfíe de su palabra, señora, tiene que entenderme —habla, agitado, el gerente, mirando hacia abajo, asustado al saber que Alessandro vendrá—.
Usted se casó hace poco y el señor Minetti no la ha presentado a nadie.
En verdad, es la primera vez que la veo, yo no estaba aquí.
Oh, mire, ya traen las grabaciones, saldremos de dudas.
No le respondo; veo cómo el vendedor regresa con una computadora en sus manos, que coloca frente al gerente mientras le explica que solo están las del interior; las cámaras de afuera no habían grabado ayer.
El dependiente, que ha visto cómo la tienda se ha llenado prácticamente de guardias de seguridad, nos mira muy nervioso.
—Qué casualidad —comento, mirando las imágenes—, pero espero que se vea en alguna.
—No lo sé, señora, solo traje la grabación. Mírelas, señor —y se las coloca frente al gerente, que está inquieto al distinguir en la puerta a Alessandro y Rufino, que entran con todo su séquito.
—¿Llegaste, amor? —me pongo de pie—. Justo a tiempo. Íbamos a ver las grabaciones, póngalas, señor.
Todos nos quedamos atentos a las grabaciones; al fin podemos divisar a lo lejos en el video una figura que el dependiente señala como la señora Minetti.
—Es esa, señor Minetti, ella vino ayer —señala el dependiente.
Todos nos concentramos en la mujer con unos altos tacones, vestida con un juego de pantalones, que lleva su cabellera rizada y roja suelta, cubriendo casi toda su cara, junto a unos grandes espejuelos.
—¿Y dices que te reservó cinco autos? —pregunta Alessandro, que observa por encima de mi hombro.
—Sí, señor —responde el dependiente.
—¿Le pudiste ver bien el rostro? ¿Estás seguro de que se parecía a mi esposa como para que la confundan? —insistió Alessandro, tenso.
El pobre chico se estremecía ante la mirada helada de Alessandro y de todos sus hombres. Se inclinó varias veces delante de él mientras se disculpaba, diciendo que no conocía a su señora. Pero ahora que me veía, podía notar la gran diferencia, aunque para quien no conoce de cerca podría confundirse.
—Enséñame las reservaciones —exigió mi esposo.
—Mírelas aquí, ¿ve? Firmó como Lilian Minetti —le muestra el gerente.
—No puedo distinguir bien su rostro, Alessandro —dice Rufo, que revisa con atención las imágenes—, pero de que se estaba haciendo pasar por Lilian es muy claro.
Hicimos bien en poner esa restricción en las compras; si no lo hubiese logrado, ayer me avisaron de ese intento de pago en el banco y lo rechacé.
—¿Por qué no me avisaste? —preguntó Alessandro tratando de ver el rostro de la mujer en el video—. ¿Quién diablos se está haciendo pasar por Lili? No me gusta esto, Rufo, no me gusta.