¡Ups! ¡No me equivoqué! 90. PROBLEMAS POR RESOLVER
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90. PROBLEMAS POR RESOLVER

ALESSANDRO:

Mi amigo levantó su cabeza para sostener mi mirada. Luego asintió, diciendo que Miguel se lo merecía. Se la pasaba mirando mis autos en el garaje y no quería que, pudiendo comprarle uno, no lo hiciera. Pude ver el brillo de felicidad en su mirada cuando hablaba de su compañero.

—Ale, he decidido darlo todo con Migue, quiero hacerlo feliz —aseguró con una sonrisa—. Dinero es lo que nos sobra. A él le encanta correr autos, igual que a tu mujer. ¿Por qué no dejarlos que lo hagan seguros? No en las noches por toda la ciudad.

—En eso tienes razón. ¿Qué crees si los llevamos a correr a la pista de nuestro amigo?

—sugerí, tratando de encontrar una diversión para todos—.

Podemos ir los cuatro; también podemos invitar a sus amigos.

De seguro Miguel y Lilian van a saltar de felicidad y yo suelto un poco mi estrés. Dejaré que utilicen todos mis autos.

—Es buena idea, lo haremos —aceptó entusiasmado—.

Cambiando de tema, Ale. Me acaba de llegar esta noticia sobre Minerva, mira quién es en realidad.

Tengo que comprobarlo aún, pero si es verdad lo que dicen, tenemos que actuar rápido porque puede causar muchos problemas.

Y eso no es lo peor, sino que se casó con el ruso Yura.

—Hay que verificar todo eso urgente —señalé, concentrándome en el tema—. Porque no solo es una amenaza para Damián, sino para nosotros también. Ahora entiendo por qué Minerva me amenazó como lo hizo.

—No solo eso. Sino por qué nos han estado dando problemas todos estos años los rusos —reflexionó Rufo—. Aunque, si Minerva es quien dice ser, ¿qué pasó con la otra chica?

Estuve de acuerdo; era verdad todo lo que decía.

No se le parecía en nada. Se nos escapaba algo en todo eso y teníamos que averiguarlo.

No entendía por qué tomaba su odio con nosotros, si no tuvimos nada que ver con ello.

Miré a Rufo en busca de respuestas, como siempre.

Él actuaba tres pasos por delante que los demás, incluso de mí.

—No quiero ser alarmista, Ale, pero creo que nos va a dar gran dolor de cabeza con esta noticia —dijo al fin, con preocupación—.

Además, no he podido localizar dónde está la otra joven, si es verdad eso, que es la más peligrosa.

Estoy seguro de que ellas están detrás de todo este plan para suplantar a Lilian.

—También lo creo —continué y regresé al tema que me interesaba—. ¿Ya salieron los resultados de la prueba de paternidad de Lilian? ¿Es la hija de Kenet Lemert y la señora Libia? ¿Mandaste a investigar a mi suegra para ver si es verdad que es la esposa del dragón rojo?

—Sí, lo hice, lo hice. Todavía no me llegan los resultados —explicó enseguida, mostrando los resultados—.

También investigué al Pelirrojo. Al parecer, es verdad lo que contó, pero todavía no hay nada seguro.

De todas formas, le tomé muestras de sangre ayer cuando fui a ver a Damián, para hacer una prueba de consanguinidad con tu esposa y cuñada; si son familia, lo sabremos.

—Eso es muy bueno, no quiero sustos —comenté con un suspiro—. Cada vez la vida de Lilian se vuelve más y más enredada. ¿Cómo viste a Damián?

Me observó, asintiendo con la cabeza, mientras me explicó que Damián estaba evolucionando muy bien, mejor de lo que pensó. Le había puesto un tratamiento para ver si despertaba lo antes posible. Ya se movía más naturalmente y, si todo seguía así, creía que muy pronto despertaría.

—Eso es muy bueno, no me gusta verlo tirado en aquella cama —dije, más tranquilo de que mi amigo reaccionara—. ¿Opinas que me perdonará y volveremos a ser amigos?

—No lo sé, Ale. Ya me había dado cuenta de que en nuestros últimos encuentros se nos quedaba mirando mucho —apuntó Rufo, pensativo. También lo había notado; Damián se me acercaba más—. Parecía que tenía deseos de hablarnos. En verdad, yo también lo extraño; me hacía reír con sus cosas.

Estuve de acuerdo con él; incluso Damián me advirtió algo sobre su padre cuando fui a Francia. Lo dijo en broma, pero al final fue verdad cuando negocié con él. Me quedé pensativo; le había fallado a mi amigo. Si tan solo no me hubiera escondido que amaba a Celia…

—Lo malo es que tú y él sigan teniendo los mismos gustos en las mujeres —mencionó burlonamente Rufo—. Lilian lo volvió loco, como a ti.

—Lo sé. Si no llega a ser por Demon, la hubiera desaparecido —estuve de acuerdo con él—. Espero que esta vez no lo vuelva a hacer. De veras me gustaría que nos arregláramos. Quiero recuperar a mi viejo amigo.

Rufo guardó silencio; sabía que deseaba lo mismo que yo.

Los tres: Damián, él y yo, desde niños, habíamos sido mejores amigos y, a nuestra manera, aún lo éramos.

Porque, a pesar de saber muchos de mis secretos, Damián no me traicionó, ni yo a él.

Nuestra rivalidad se quedó en el juego de quitarnos a las mujeres, donde lo dejaba ganar casi siempre.

—Ale, ¿qué harías si Lili no es la hija de Kenet? ¿Dejarías todo? —miré a Rufo ante tal pregunta que me formulaba.

—Ella es hija del Dragón Rojo, deja de hacerme esas preguntas —me detuve al notar la preocupación y, quizás, la esperanza en su mirada—. Pero si no lo es… sí, lo dejaría todo. Sabes que nunca me gustó esa organización oscura de los Dragones.

No se me escapó el brillo en la mirada de mi mejor amigo.

Sabía que nunca quiso pertenecer a la mafia.

Su vida era ser doctor; era un genio y le gustaría solo dedicarse a eso.

Pero, por fortuna o desgracia, lo salvé y, desde ese día, su destino cambió.

Pasó a ser mi hermano y segundo en todo lo que yo hacía, sin protestar.

Lo comprendía: yo tampoco quisiera ser un capo, pero mi abuelo me hizo uno desde niño. No había salida, por ahora, de eso.

—¿Alguna noticia de quién es ese Dragón que vimos? —pregunté, tratando de no pensar mucho.

—Nada. No han vuelto a la casa de los Conti, y las grabaciones que Luci consiguió no parecen ser ellos. Parece que se cuidan bien —contestó enseguida.

—¿Y Rodrigo? —seguí indagando.

—Casi lo tengo localizado. Me dijeron que estaba en España —me contó con calma.

—¿En España? Quiero agarrar a esa sabandija, Rufo —dije con rabia. No esperaría más; ya lo había hecho demasiado. Ese traidor debía dejar de respirar.

Rufo asintió con gravedad. Siempre estaba allí, sosteniendo el peso de mis decisiones como si fueran suyas. Éramos hermanos, aunque la sangre no nos uniera, y eso implicaba respaldarnos, incluso en cuestiones que sabíamos no podían terminar bien.

—Si lo quieres muerto, lo estará —dijo, cruzándose de brazos—. Debe pagar por cada maldito segundo que pensó que podía engañarnos sin consecuencias. ¿Quieres que vayamos a cazarlo a España?