89. LA HORMONA DE LA FELICIDAD
ALESSANDRO:
Rufo negó con la cabeza mientras no pude impedir que Lilian se abrazara de mí, besándome apasionadamente, pero no dejé que lo profundizara.
Porque con ese gesto, de nada me había servido todo mi esfuerzo; quise resistirme, pero mi cuerpo reaccionó y la atrapé, besándola con desespero, mientras la estrechaba con ansias. La voz de Rufo vino en mi auxilio.
—¿Pueden dejarme a solas con Alessandro? Lilian, vayan a hacer eso que quiere Migue y después directo para la casa; lo probaremos juntos —les pidió, para mi alivio—. Promételo, Miguel.
—Te lo prometo, cariño —contestó Miguel, dándole un beso.
Luego, tomando a Lilian de la mano y desprendiéndola de mí, que hasta ese momento permanecía abrazada a mí, besando mi cuello y volviéndome loco.
Respiré aliviado al ver que salieron riendo felices, no sin antes que ella me diera un beso en los labios estremeciéndome. Me dejé caer desesperado en un sillón.
—Rufo, si esto sigue, no sé qué va a ser de mí —dije con sinceridad.
—Toma este vaso de agua fría —me pidió Rufo con serenidad—. Ya te explico lo que pasa con tu mujer y el motivo por el que no te dejo tocarla.
—¿Por cuánto tiempo, Rufo? ¿Por cuánto tiempo? —quise saber desesperado.
—Alessandro, puedo dejar que te metas con ella ahora mismo en una habitación y le hagas juegos sexuales para que te desahogues, pero no sexo —explicó con firmeza—. Realmente me preocupa lo elevado que tiene las hormonas de la felicidad.
—¿Qué quieres decir? —inquirí, poniéndome serio—. ¿Qué son esas hormonas de la felicidad?
Rufino se acomodó en su silla con el rostro impasible.
Y con la misma calma pasó a explicar qué son las hormonas encargadas de hacernos felices.
Eran cuatro: la endorfina es la más importante de ellas; es la que, cuando está elevada, nos hace felices.
Y mi esposa es la que más la tiene elevada; Lilian era inmensamente feliz en estos momentos.
Lo observé con incredulidad y, como un pequeño, le pedí que me dejara ser feliz yo también. Rufo soltó una carcajada, visiblemente burlándose de mí.
—De veras estás desesperado, amigo —señaló al fin al ver cómo lo miraba molesto.
—¡Lo estoy! ¡No te lo niego! ¿Crees que me es fácil verla todos los días pasearse desnuda por delante de mí?
—le grité y me puse de pie, sintiendo que no podía quedarme tranquilo—.
Se me sube arriba a cada rato, le encanta sentir cómo me pongo duro, pero después, tú sabes las consecuencias, Rufo, tienes que hacer algo.
No puedo resistir más, ya no me satisface mi mano, quiero comerme a mi mujer.
¿Por qué, si es tan feliz así, no puedo hacérselo?
¿Por qué? Explícame a ver si lo entiendo, ¿es peligroso?
—Ale, cálmate. Tu esposa es una mujer realmente feliz.
Si a eso le agregamos que también tiene elevada la oxitocina, o la llamada hormona del amor; la dopamina, responsable de la motivación y el placer; y por último la serotonina, que nos ayuda a tener el estado de ánimo tranquilo y relajado, sin preocupaciones,
en paz —me explicaba en términos profesionales que me sonaban a un lenguaje extraño—.
Hacen la combinación perfecta para que, en estos momentos, Lilian Minetti sea una de las personas más felices que existen.
—Está bien, eso me gusta. ¿Es peligroso? ¿Por qué no me dejas tener sexo con ella? —pregunté tratando de entender—. Todavía no me dices; no veo nada malo en que sea inmensamente feliz, todo lo contrario.
Rufo me observaba con incredulidad, entre divertido y preocupado por nosotros.
Se inclinó hacia delante, aclarando que era precisamente por ello que no lo permitía.
Lilian se lastimó el lóbulo frontal de su cerebro.
Precisamente en esa área estaba ubicada, entre el lóbulo temporal y el frontal, la ínsula y el núcleo estriado…
—¡Rufo! —lo interrumpí, desesperado al no entender nada—. ¡Me estás hablando de cosas técnicas que no entiendo! ¡Hazlo sencillo para poder entender!
—Cálmate, Ale. Bueno, en ese lugar es donde se desarrolla el deseo sexual. Precisamente es el área que Lilian se lastimó —aclaró con seriedad—. En la corteza cerebral afectada.
—¿Me estás diciendo que mi Lili se volvió una ninfómana? —pregunté asustado; no es que no pueda con ello, pero no me gustaría que fuera eso.
Volvió a reír a carcajadas al verme negar con la cabeza. Explicó que Lilian iba a tener el deseo sexual muy elevado cada vez que estuviera cerca de mí. Este placer y ansias se despiertan en todos los seres humanos; ante un estímulo, en ella era yo.
—Le gustas mucho a tu mujer, mi amigo —continuó con una amplia sonrisa, divertido con mi actitud—. Así que te espera una vida muy activa, pero muy activa.
Solté una carcajada estruendosa con ese anuncio. No podía creer que mi vida amorosa fuera a ser muy activa. Algo que no me molestaba en absoluto, todo lo contrario.
—¿En serio? ¿Mi Lili me va a estar solicitando a cada rato? —quise saber para asegurarme—. Eso me encanta; me desquitaré de toda esta abstinencia.
Asintió mientras revisaba sus papeles, advirtiéndome que Lilian podía solicitarme en cualquier lugar y hora. Por eso, debía tener unos días más de paciencia. Cuando le midió la presión intracraneal hacía un momento, no la tenía alterada demasiado, pero todavía no estaba donde debería.
—Así que sigue utilizando tu mano —sugirió con una carcajada.
—¡No te burles, que no sabes lo que me cuesta! —le espeté, sin poder dejar de reír con él. Pocas veces lo hacíamos de esta manera.
Rufo siguió explicando que yo percibía las hormonas elevadas de Lilian y que eso me volvía loco. Por eso no podía evitar excitarme. Eso sin agregar que ella me tiene loco; naturalmente, aseguró que todos podían ver que yo babeaba por mi esposa.
—¿Te estás burlando, verdad? —me acomodé en la silla con un suspiro—. Se ve que Miguel te tiene feliz, pero muy pronto yo también lo estaré. ¿Dime cuántos días tengo que esperar?
—Bueno, Ale… —dejó de reír y habló seriamente—. Ya casi tenemos organizado lo de la boda y ceremonia de ustedes. Creo que ese día lo puedes hacer.
—A ver… cuántos días —conté mentalmente—. ¡Falta una semana y media, Rufo! Está bien, acepto hacer eso que me ofreciste con Lili ahora. No creo que aguante ese tiempo sin hacerle nada. ¡Estoy que veo su sexo en todas partes!
Otra vez, Rufo soltó una estridente carcajada al escucharme mientras me decía que ya no podía.
Ya les hizo las pruebas y, además, Lilian y Miguel se habían ido a comprar un auto.
Lo miré con incredulidad de que no me hubieran informado de nada.
Lo había arreglado con su pareja, que se la llevara a comprarse un Ferrari que quería, porque ella también le estaba exigiendo que la dejara tener sexo conmigo.
—¡No me mires así! —replicó al ver cómo lo miraba—. En serio. Le expliqué lo mismo y lo entendió, pero me temo que va a seguir persiguiéndote. Aunque quizás se entretenga con el nuevo auto de Migue.
—¿Le regalaste un Ferrari a Migue? —pregunté, seriamente, ahora.