88. CUANDO EL CAZADOR SE VUELVE LA PRESA
ALESSANDRO:
Hoy he venido temprano a mi oficina, tengo mucho trabajo atrasado por estar concentrado en Lilian.
Todos hemos recuperado nuestra rutina; resultó que Rufo tenía razón con el abuelo.
Tiene hidrocefalia, como había sospechado, por lo que le están haciendo todos los análisis necesarios para operarlo.
Lo hará él mismo, lo cual me tranquiliza.
Mi abuelo ha dado un gran cambio desde que se enteró, hasta le pidió perdón a Rufo por no confiar en él. Y está muy feliz de que no tenga Alzheimer, al igual que yo; sé que un día lo perderé, pero no en tres años como me habían dicho. Tampoco me olvidará, lo cual me aterraba.
Lilian sigue recuperándose bien, aunque se empeña en acompañarme a todas partes.
Prefiero dejarla en la casa en compañía de la señora Libia.
Rufo no quiere que la fuerce con emociones ni ejercicios fuertes todavía.
Tampoco me ha dado permiso para que tengamos relaciones, está estudiando su comportamiento porque, al parecer, es verdad que se le han exacerbado los estímulos y las emociones, y con ellos su deseo sexual.
Cosa que me está costando mucho trabajo, hacer que sus manos salgan de arriba de mí, porque yo estoy, creo, peor que ella.
No solo mis manos; todo yo estoy atraído como un imán hacia ella.
Somos como un volcán listo para explotar.
—Señor —me interrumpe Estefan al introducir su cabeza en mi oficina—, no pude negarme, señor. Discúlpeme.
Y antes de que pudiera enterarme del motivo por el que me estaba pidiendo disculpas, una espectacular Lilian Minetti entró por la puerta.
Me quedé con la boca abierta, no podía creer que fuera ella.
Llevaba un entallado vestido violeta que hacía resaltar su figura, con un acentuado escote que llegaba casi hasta su estómago, dejando al descubierto la parte media de sus hermosos, redondos y voluptuosos senos.
Su cabello rizado al aire; como única prenda, lucía una cadena con un nudo que colgaba entre sus senos, haciendo que irremediablemente todas las miradas fueran a parar allí.
Su maquillaje era perfecto, sus lindos labios pintados de rojo se abrieron en una increíble y seductora sonrisa.
Caminaba encima de unos zapatos altos de tacón, balanceando sus caderas a mi encuentro sin problemas, segura de su sensualidad y de lo que provocaba en mí.
Y lo supe: mi Lili había salido de cacería y yo era la presa.
Tomé mi teléfono y le marqué a Rufo sin poder apartar la vista de mi mujer, que se había detenido justo delante de mi buró y giró para que yo pudiera observarla completa.
Y todo mi cuerpo saltó ante lo que veía.
Levanté mi mano impidiendo que hablara, dándole a entender que yo lo hacía.
Rufo al fin levantó el teléfono. Y sin darle tiempo a hablar, le dije:
—¿Dime que sí puedo, Rufo? Dime que puedo o voy a morir hoy —casi le supliqué, bajando mucho la voz para que ella no me escuchara.
—¿A qué te refieres, Ale? —quiso saber a su vez.
—Rufo, tengo la mujer más hermosa, sexy, divina, escultural, seductora delante, y sé que vino por mí, Rufo —continué explicando—. ¿Dime que sí puedo, por favor?
—¿De qué hablas, Ale? ¿De Lilian? ¿Está ahí?
—cuestionó al fin, concentrándose en lo que le decía—.
¡No puedes, Ale, no puedes! Ahora mismo estoy mirando los niveles hormonales de ella y no debes hacer nada con ella.
¡Tráeme a tu esposa ahora mismo! ¿Me escuchas?
¡No te atrevas a tocarla, Alessandro Minetti!
—¿Estás seguro, Rufo? —repetí, tomando aire.
—Sí, no estoy jugando; tráeme a tu mujer ahora mismo —exigió con autoridad—. Dejaré que le hagas algo mientras le hago las pruebas. Pero yo monitoreándola, no puedo dejar que lo hagas tú solo.
—¿En serio me estás diciendo que me usarás de conejillo de indias? No haré tal cosa —me opuse.
—¡Entonces te aguantas y tráela ahora mismo! —me ordenó con un tono que no permitía réplica.
Colgué despacio, tragué saliva y respiré profundamente, tratando de controlar mi emocionado cuerpo, pero justo cuando bajé mi cabeza listo para levantarme, Lili estaba a mi lado. Me paré de un salto, pero ella fue más rápida y me atrapó por el cuello, atrayéndome.
—¿Por qué me huyes, amor? ¿No te gusta lo que ves? —me habló rozando con sus labios mi oreja, haciendo que un fuerte corrientazo me sacudiera completo.
Y, como un poseído, atrapé su boca y la besé salvajemente, para luego, de la misma manera, tomarla en mis brazos y salir con ella así, ante la mirada de todos.
—¿Qué haces, amor? ¿Qué haces? —se removía entre mis brazos—. Bájame, bájame, todavía no te he dicho a lo que vine.
—Tenemos que ir urgente con Rufo; dice que tienes no sé qué problema, cariño —murmuré sin mirarla. El olor de ella entraba por mis fosas nasales y me estaba enloqueciendo.
—¿No puede esperar un poco, cariño? Ya mi presión intracranial está bien, acabo de ver los resultados, estoy bien, Ale. ¿No puedo quedarme contigo un ratito, amor? —me preguntó mientras me acariciaba insinuante el cuello.
La solté, haciendo que se pusiera de pie dentro del elevador; la alejé todo lo que pude de mi cuerpo, sintiendo que estaba perdiendo la batalla. Hasta que mis ojos dieron con Estefan y Humberto, que se acercaron corriendo al ver la mirada de auxilio que les dediqué.
—Llévenla ahora mismo al hospital a ver a Rufo, yo los seguiré —ordené con determinación—. Debo hacer algo primero.
—Ale, ¿qué haces? —gritó Lilian, queriendo salir—. Ven conmigo, te necesito a mi lado, amor. No te vas a arrepentir si me acompañas, cariño, vamos, ven conmigo. Ale… Ale… ven conmigo, amor.
Salí corriendo como si escapara; la voz seductora de mi Lili llamándome era algo más allá de lo que podía soportar.
Tenía ese timbre sensual que hacía que mi hombría saltara.
Traté de alejarme, pero mis traicioneros pies me llevaron de regreso, justo para ver cómo Humberto cubría a Lilian con su cuerpo, impidiendo que la viera, y Estefan se interponía, evitando que entrara, al tiempo que cerraba la puerta.
Choqué mi cabeza contra las puertas del elevador, ante los ojos de todos que no comprendían lo que me pasaba.
Luego bajé por las escaleras para soltar un poco mi energía; le dije a los guardias que me siguieran en otro auto, mientras yo salía chirriando ruedas del estacionamiento.
Necesitaba elevar mi adrenalina para soltar toda la presión sexual que me estaba consumiendo.
Estuve tentado a ir a parar a un burdel, pero me aguanté.
No podía hacerle eso a mi esposa. Manejé como un loco por entre las calles, sin importarme nada, hasta que sentí que podía resistir y dirigí mi auto al hospital.
Me detuve delante de la puerta del despacho, donde escuchaba las risas alegres de Miguel y mi Lili, junto a la de Rufo. Respiré profundamente, concentrándome en escuchar solo a mi amigo. Toqué, para luego abrir sin esperar la respuesta.
—¿Llegaste, cariño? —me saltó Lilian arriba y me tensé. ¡Trágame tierra! Esta vez no voy a poder resistir.
—Rufo…—llamé a mi amigo en una súplica—. ¿Estás seguro que…?