87. MISTERIOS POR RESOLVER
ALESSANDRO:
Levanté la mirada hacia el cielo, claramente evitando responder a su pregunta de forma precipitada. Tenía a Lilian firmemente sujeta por la mano, mientras jugaba con mis llaves, haciendo un leve tintineo que rompía el silencio de la tranquila noche.
—Pienso en muchas cosas... —contesté finalmente—. Pero sobre todo en el Pelirrojo: Acher Lemert. Ya me había llamado la atención un tatuaje que tiene hace mucho.
—¿Qué tatuaje? —quiso saber ella, llena de curiosidad.
—Uno en medio de su cabeza, no se le ve por el cabello —continué, pensativo, mientras avanzábamos y veía cómo las luces se prendían. —Pero esa vez se peló al rape y lo vimos. Creo que voy a tener que averiguar quién es en verdad Acher Lemert. Hay algo que no encaja en su historia.
No me dijo nada más, ella miró a lo lejos el atardecer sintiéndose agradecida por estar viva.
Al llegar a la casa, le pido que suba a la habitación sola.
Luego llamo a Rufo mientras me la observaba introducirse en nuestra habitación pensativa.
Luci y ella tienen el cabello rojo, y el pelirrojo también. ¿Será una coincidencia o serán familia?
Necesito averiguar qué sucede con lo que acabo de aprender. Y como está dentro de mi propiedad, cerca de las personas que amo, debo averiguar todo de él. Por eso Rufino, como es mi consigliere, tiene que ayudarme. Me sigue al despacho de inmediato y le cuento lo del Pelirrojo.
—¿Cómo se nos pudo escapar eso, Ale? —cuestiona sentándose. —¿Crees que sea un enemigo?
—No, Rufo, no lo creo —contesté con firmeza—.
Llamé a James para saber por qué lo despidieron la vez anterior y me dijo lo mismo que antes: fue por el error que cometieron en mi boda al dejar que entrara Lilian, y luego a los Conti aquí en la casa.
Pero hay algo más que no me cuadra. ¿Piensas que sea familia de Kenet Lemert el padre de Lilian?
¿Recuerdas el tatuaje en su cabeza que tanto nos llamó la atención?
—Espera, Ale, tengo gente en Escocia que me puede buscar esa información sobre ellos —al escucharlo, acepto enseguida.
Rufino saca su teléfono y llama; después de describir lo que quiere, le responden que averiguarán y que mañana sabremos. Así que no nos queda otra que esperar. Al colgar quiere informar sobre lo que le dijo la sirvienta de los Conti.
—¿Ya operaste a su mamá? —me intereso enseguida.
—Sí, se va a recuperar —señala muy serio—. Pero me preocupa algo. Me dijo que el señor Conti lleva días reuniéndose a escondidas con un joven asiático. Dice que no tiene más de treinta y tantos años; mira la foto que me trajo. ¿No te recuerda a alguien?
Tomo su teléfono y me pongo a observar por un breve tiempo la foto. Una figura me llama la atención de inmediato.
—¿On Ji Won? —inquiero sorprendido y Rufo asiente. —¿Qué hace con los Conti?
—Eso mismo me pregunto yo; pero no solo él, mira esta otra foto —señala la que continúa.
—¿Leslie? —pregunto con incredulidad.
—Sí, es ella; sin embargo, fíjate en el hombre de atrás que apenas se ve —señala Rufo en la pantalla. —Mira su mano, el tatuaje que lleva.
—¿Es un dragón? —me asombra, sin dejar de mirar el tatuaje.
Rufo sigue explicando que, aunque no se percibe bien, no es cualquier dragón. Ese dragón no está en todas las imágenes de dragones que nos mandaron de la organización. Y si me fijo bien, tiene un dragón negro debajo de su pata derecha aplastándolo.
—Ese es nuestro enemigo, Ale —afirma Rufo.
Observo con más detenimiento las fotos. Le pido que mejor esperemos a reunirnos con todos los dragones. Así que buscaremos ese tatuaje entre ellos. Si no está, entonces seguro que es él quien nos persigue, y quizás es hasta el asesino de mis padres.
—Estoy de acuerdo —añade Rufo—. Le pedí a la chica que tratara de tomarle fotos más claras o de robarse las grabaciones de las cámaras de seguridad.
—¡Lucila! —exclamo poniéndome de pie.
—¿Qué hay con ella? —quiere saber Rufo sin entender.
Le explico que estoy seguro de que mi cuñada Lucila puede entrar en esas cámaras de seguridad con facilidad. Es una hacker de las mejores que hemos conocido.
—¿Todavía tienes el número de Adelina, mi ex? —pregunto enseguida.
—Tienes razón, esa chica es un genio. Mañana mismo le diré que lo haga, ahora me voy a dormir.
Estoy agotado, hoy tuve mucho trabajo —se puso de pie y salimos del despacho rumbo a la segunda planta.
— Ale, estoy empezando a pensar que tu abuelo tiene razón en algo, tus padres cayeron en una trampa de alguien en quien ellos confiaban.
—¿Por qué dices eso? —lo observo intrigado.
—Hoy me puse a leer todo lo que me entregó de lo que ha investigado, porque quiere que lo mire yo, ahora que se convenció de que soy inteligente —reímos los dos con las cosas de mi abuelo—. Quiere que lo ayude a encontrar aunque sea el cadáver de tus padres.
Me detengo al escucharlo. Confieso que también quiero encontrarlos.
Lo miro intrigado por el motivo por el que me dice que tengo razón.
Quiero saber si encontró algo diferente.
De inmediato, me informa que en unas grabaciones de Kenet Lemert con el abuelo del dragón blanco, menciona varias veces un teléfono negro secreto y que solo se abre con la voz del guardián, así como el pasadizo a la cripta secreta.
—¿Guardián? ¿Dice quién es? —pregunto intrigado.
—No, Ale, no dicen —explica enseguida—. Lo que me llamó la atención no es eso, sino que, según Kenet, durante el tiempo que estuvo en Escocia, su esposa le decía que ese teléfono no dejaba de sonar.
—¿Su esposa? ¿La señora Libia tiene ese teléfono? —lo observo muy interesado.
Levanta los hombros diciendo que no lo sabe porque, más adelante en la grabación, dice que no lo podía abrir porque el mensajero no quería decir el trabalenguas.
—¿Trabalenguas? —cada vez entiendo menos.
Rufino se detiene un momento, dice que al parecer, por lo que entendió, le pusieron de llave para abrir ese teléfono un trabalenguas. Y este tiene los contactos de los verdaderos integrantes de la organización, los dragones. Pero necesitamos la voz de alguien para abrirlo.
—Tengo que seguir investigando —dije pensativo.
—¿Por qué no le preguntas a tu suegra, la señora Libia? —me recordó Rufino—. Ella debe saber y tener todas las cosas que dejó su esposo Kenet.
La simple sugerencia de Rufino me recuerda que debe ser cierto. Mi suegra, la enigmática Libia, ¿estará dispuesta a compartir toda la información de su esposo con nosotros? Resoplé, pasándome una mano por el cabello, intentando calmar la marejada de pensamientos que me asaltaban.
—Lo pensaré —contesté finalmente con un tono seco, evitando mirarlo, ya que sabía que después vendría con más preguntas y teorías—. Por ahora, descansa, Rufo. Hablaremos mañana.
—Espera, Ale, ¿cómo pasó el día Lilian? —preguntó enseguida como el doctor que era—. ¿Durmió bien anoche?
—No dormimos, tiene miedo —respondí enseguida—. ¿Ya tienes una idea de por qué la presión intracraneal de Lili está elevada?