85. PREOCUPACIÓN POR LUCILA
LILIAN:
Paso a contarle que en verdad Luci quería que paseáramos en su carrito. Ha creado un recorrido por toda la cerca de la propiedad; es hermoso por donde va. Seguí explicando con una sonrisa.
—Es otra cosa que quiero pedirte; quiero que le pongas en esos recorridos seguridad —le pedí enseguida. —Hay lugares muy solitarios, me asusté.
—¿Luci hace ese enorme recorrido en ese carrito? —quiso saber Alessandro con asombro.
Asentí mientras seguí contando que mi hermana lo hacía cuando no podía dormir por la picazón y dolor que le provocan los granos que le salían.
Su recorrido por la finca nos llevó casi dos horas, si no fue más.
De inmediato propuso comprar un auto pequeño para que lo pudiera hacer más rápido. Me miró para saber mi opinión.
—¿Qué opinas si creo un cuerpo élite para su protección y el de tu mamá? —cuestionó pensativo.
—¿Un cuerpo élite? —Me gustó mucho su propuesta. —No es mala idea; me asustó saber que anda sola por toda la propiedad, y a muchas veces lo hace de noche.
Alessandro se sentó de pronto, extendiendo la mano para tomar su teléfono, diciendo que ahora mismo iba a hacerlo. Y mañana la llevaría a comprar un pequeño auto, y la enseñaría a conducir dentro de la propiedad.
—No necesita sacar licencia para ello —siguió planeando. —También la enseñarás a disparar. Vamos, te llevaré al sitio de la finca en que la puedes enseñar. ¿Qué dijiste del Pelirrojo?
Giré mi cabeza hacia la claridad que entraba por la ventana y me percaté de que habíamos pasado toda la noche conversando, y no tenía sueño. Le volví a decir que me pareció que Eva se estaba riendo con el Pelirrojo. Recuerda que es la doctora amiga de Andy.
—Vamos a levantarnos, no tengo sueño —dije poniéndome de pie. —Desayunaré con mamá.
Mientras entraba en el baño, lo escuchaba hablando por teléfono. Luego de prepararnos, salimos de la casa. Seguimos hablando en un carrito de golf rumbo a la casa del lago. Al llegar, vino el Pelirrojo corriendo a nuestro encuentro.
—Hola, jefe, señora —nos saluda con una leve inclinación de cabeza.
—¿Qué hacías hablando con una enemiga fuera de la puerta, Pelirrojo? —preguntó Alessandro de inmediato.
—¿A quién se refiere? ¿A la doctora Eva?
—respondió con calma. Alessandro asintió y pasó de inmediato a explicar.
—Jefe, usted me ordenó hacerme amigo de ella para tenerla vigilada, ¿se le olvidó?
Lo he seguido haciendo. Supe que ella y Andy empezarán a trabajar de voluntarios en la clínica de maternidad, esa que queda más allá, al final de la calle.
La detuve porque los veo hace unos días pasar por aquí a cada rato.
Creí que estaban espiando la casa, pero si ya no es necesario que la trate, lo dejo de hacer, jefe.
—No, sigue haciéndolo, los tenemos que tener bien vigilados— se apresuró a decir Alessandro.
—Ya Cian se hizo cargo de Galatea; me faltaban esos dos.
Ahora bien, a lo que vine. Quiero que escojas ahora mismo diez de los mejores hombres que tienes para hacer un cuerpo élite para Lucila y mi suegra Libia; tú serás quien lo dirija.
—¿Diez? ¿No pueden ser doce, jefe? —preguntó y al ver cómo Alessandro levantaba una ceja, aclaró: —Es que esos son mis hombres de entera confianza, no me gustaría tener que dejar a dos afuera.
—Está bien, que sean doce —aceptó de inmediato. —Pero no quiero que Lucila vuelva a pasear sola por la finca. Tienen que andar siempre mínimo cuatro detrás de ella sin que lo note. ¿De acuerdo?
El Pelirrojo contestó que ya lo hacían porque Lucila a veces, en medio de la noche, salía, se montaba en su carrito y se ponía a dar vueltas por todas partes.
Lo observé recordando el largo y solitario recorrido.
Él la seguía desde que la vio. Le había preguntado por qué lo hacía y le respondió que así se le aliviaba el dolor de los granos.
—Desde entonces, la sigo a donde quiera que ella va, sin que se dé cuenta, con cuatro más —terminó de explicar el Pelirrojo.
—¡Muchas gracias, Pelirrojo! —exclamé emocionada de saber que alguien cuidaba a mi hermana. Es verdad lo que dice; muchas noches, cuando lloraba, yo me la llevaba a dar vueltas en el auto hasta el amanecer, y así la dormía. —La próxima vez que la veas, por favor avísame, no importa la hora que sea.
—Creo que es mejor que el Pelirrojo se haga amigo de Luci —sugirió Alessandro muy serio. —Así él puede conducir. ¿No crees? Ven, acompáñanos.
No me convence eso, pero es verdad. Mejor que tenga un hombre de confianza con ella siempre, como yo tengo a Humberto y Estefan. Me giro hacia Alessandro con una idea en mi mente.
—¿Amor, y si le damos a Estefan? —sugerí enseguida.
—No, ellos son tuyos —negó con vehemencia. —Confío en el Pelirrojo.
No dije nada, girando la cabeza para mirar al llamado Pelirrojo. Era un hombre alto y fuerte, con el cabello rojo, algo extraño para un italiano. Fue cuando me di cuenta de que no sabía cómo se llamaba. Si iba a ser amigo de mi hermana, debía saberlo.
—¿Cuál es su nombre? —pregunté enseguida a Alessandro, casi en la entrada de la casa.
—Mi nombre es Acher Lemert —contestó el Pelirrojo.
—¿Lemert? —preguntamos Ale y yo al mismo tiempo.
—Sí, ese es mi verdadero nombre —respondió levantando la mirada para mirarnos sorprendidos. —¿Por qué se asombran?
Alessandro y yo intercambiamos una mirada interrogante antes de girar a observar de nuevo al Pelirrojo, que nos miraba intrigado.
—Porque mi hermana Lucila y yo somos Lemert —respondí a su mirada interrogante.
—¿De dónde eres, Pelirrojo? —lo interrogó ahora muy serio, Alessandro. —¿Por qué nunca supe que ese era tu apellido?
El Pelirrojo se quedó sorprendido al escuchar nuestro apellido que coincidía con el suyo. Comenzó a explicar que era de Milán. Sus padres emigraron de Escocia. Pero él nació en Italia y su nombre verdadero nunca se lo decía a nadie.
—Mis padres adoptaron un nombre italiano. Pero a mi hermana y a mí nos inscribieron con los verdaderos, y a usted no tengo por qué ocultárselo —contestó con firmeza, sosteniendo la mirada de Alessandro. —Además, todos me conocen por el Pelirrojo, ya sabe, por el color del cabello.
—¿Tus padres están vivos? —siguió interrogándolo Alessandro.
—Sí, señor, ambos. Pero viven en Milán —continuó explicando. —Tengo también una hermanita que se llama Ellie, es de la edad de la señorita Lucila. ¿Pasa algo?
—No, no, Pelirrojo, solo que a lo mejor seamos familia —me apresuré a responder y detener el interrogatorio de Ale. —Ahora sí te confiaré a mi hermana, quiero que la cuides como si fuera la tuya.
—Quiero hablar con tus padres —le pide muy serio, Ale—, quiero saber si son familia de mi esposa. Y esto no se lo digas a nadie, no vuelvas a decir tu verdadero nombre a menos que yo te lo ordene. ¿Capisci? Porque si en verdad resultas ser familia de ellas, correrás mucho peligro.