¡Ups! ¡No me equivoqué! 84. USA EL AMOR COMO UN ARMA
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84. USA EL AMOR COMO UN ARMA

LILIAN:

Miré a Alessandro a la espera de su respuesta. En mi mente no cabía la idea de que, en verdad, todos esos hombres, incluso el que era mi suegro, quisieran apoderarse de la fortuna que habían dejado mis padres. Sobre todo, esa terrible posición de ser la esposa del UNO.

—Escuché algo de eso, pero no lo comprobé —aclaró Alessandro—. Entonces, vida mía, comienza a ver a Andrea como lo que realmente es: un hombre detrás de tu fortuna y casi un enemigo.

—Trataré, Ale, trataré —contesté pensativa. ¿Cómo pude ser tan tonta y dejar que Andy me engañara por seis años?

Suspiré, no queriendo pensar en nada más. Aunque mi mente, ahora que había recuperado todos mis recuerdos, buscaba en ellos todos los momentos que había pasado con Andy y, para mi desconcierto, no encontré muchos.

—Aunque… —continuó Alessandro—, si un día te ves en la necesidad de usar ese amor que te tiene Andrea para tu beneficio, hazlo, cariño. Ya te dije que el sexo y el amor son armas poderosas.

—¿Qué quieres decir con eso, Ale? —quise saber por inercia, porque no era la primera vez que lo escuchaba decir eso.

—Andy está convencido de que solo lo amas a él.

Incluso, lo llamaste después de salir del coma, le da esa seguridad.

No cree que me amas a mí —explicó en voz baja—.

Por eso, si un día te encuentras con él en una situación difícil o en peligro, hazle creer que es verdad, que solo lo amas a él. Que estás conmigo porque yo te obligo.

—¡No quiero! Me niego, Alessandro. No puedo, no soy así —protesté sintiendo una gran opresión en mi pecho—. ¡Sólo te amo a ti!

Alessandro se giró hacia mí, acercándome más.

Era la mirada paciente de un hombre que está acostumbrado a utilizar todo lo que tiene a su alcance como el depredador en que se había convertido y sabía cómo acechar a su presa.

La habitación, con sus techos altos y candelabros antiguos, de repente pareció muchísimo más pequeña de lo que era en realidad.

—Lili, eso es otra cosa que tenemos que ocultar de todo el mundo —sentenció con vehemencia. —Cariño, no se trata de lo que quieres o no quieres. Se trata de la supervivencia.

—¿Esto te hace feliz, Ale? ¿Ese juego retorcido donde todos traicionan a todos? No quiero ser como ustedes —me negué con firmeza. —Me niego a perder lo que me queda de humanidad.

—En nuestro mundo, Lilian —habló, inclinándose apenas hacia mí, tan cerca que sentí su aliento cálido tocar mi piel—, o aprendes a manipular o te aplastan.

Pero sobre todo, amor, tenemos que dar a entender que nuestro amor está arreglado, que no existe cariño entre nosotros.

No podemos volvernos la debilidad del otro.

Debemos tratarnos con frialdad delante de todos.

Lo observé fijamente, cerrando la boca. Primero me pedía que utilizara el amor de Andy si en verdad lo sentía para engañarlo, y ahora me pedía que no demostrara que nos amábamos.

Lo miré a sus ojos, usualmente endurecidos, que destellaron un instante sin que pudiera descifrar nada.

¿Era culpa? ¿O compasión? Pero la máscara volvió un parpadeo después.

—Sigo sin entender, Ale —confesé, bajando la mirada. —No quiero ocultarle a nadie que te amo. Quiero poder abrazarte y besarte en cualquier parte.

—No, cariño, no puedes hacer eso —rechazó la idea con firmeza. —Porque nos pondrás en una situación difícil. Como yo también tendré que aguantarme mis celos cuando otros hombres te miren. ¿Comprendes? Nuestro amor es nuestro. Nadie más debe percatarse hasta qué nivel nos amamos, Lilian.

El corazón se me detuvo un segundo. No contesté.

Me giré dándole la espalda, incapaz de sostener esos ojos oscuros que parecían perforar mi alma.

Mi mundo llevaba meses derrumbándose, desde que cometí la locura de entrar en el suyo.

Quería gritar y huir, pero sabía que Alessandro jamás lo permitiría.

Y aunque lo permitiera… ¿a dónde iba a ir? Y lo más importante: ¿quería huir?

—¡No me gusta comportarme así! ¿Me conoces? —Intenté convencerlo. —Quiero que cuando me entren las ganas, como en Milán, pueda abrazarte delante de todos, nunca me rechazaste allá.

No contestó de inmediato, mientras mis manos se apretaron con frustración. Mi respiración se aceleró al ver que no me respondía. Lo sentí detrás de mí, abrazándome más fuerte, encarcelándome entre sus brazos. Su aroma me envolvió por completo.

—No tienes opción, amor mío —murmuró en mi oído. —Allá podíamos comportarnos así, porque en mis hombres de Milán confío como si fuera yo. Aunque no lo creas, si te fijas; la mayoría de nuestro cuerpo élite, y casi todos mis guardaespaldas son de allá, no de Roma.

Quería seguir protestando. Decirle que sí teníamos opción. Que nadie podría obligarnos a esconder nuestro amor. Pero su proximidad me quebró, porque aunque odiaba admitirlo, Alessandro tenía razón.

En este mundo oscuro al que ahora pertenecía, las reglas no eran las mismas. Aquí, la moral era un lujo que no todos podían costear. Tomé aire y me giré hacia él para escuchar su explicación del por qué confiaba tanto en los hombres de Milán.

No tuve que preguntar; Alessandro conocía mi curiosidad.

Comenzó a contar que desde que su abuelo decidió entrar en la mafia italiana.

A los de Milán nadie los tomaba en cuenta, todos los grandes grupos los despreciaban.

Su abuelo fue muy inteligente, se fue a vivir a esa ciudad.

Atrajo a todos los mafiosos con dinero, y no solo eso, se hizo amigo de ellos.

Lo había llevado con él también. Jugaba con sus hijos sin temor.

Bebían sin cuidarse, le dieron su confianza y ellos les dieron la suya.

—Somos una familia, ¿comprendes? Hasta ahora, en todos estos años, jamás ninguno de ellos nos ha traicionado. ¡Ninguno, Lili! —aseguró con orgullo. —Y han muerto muchos por nosotros. Son los únicos de toda Italia y más allá, que pueden visitarnos sin anunciarse, porque son familia.

—¿En serio? —me asombré de esa lealtad.

—Sí. Y, aunque a todos los que se integran a mi guardia los mudamos para Roma, les damos casa y dejamos que hagan familia.

Regresan cada vez que pueden a Milán. No pierden sus raíces —continuó contando Alessandro.

—Es otra cosa que quiero que aprendas. Si algún día tienes que ocultarte o estás huyendo, vete a Milán, te daré varios teléfonos que tienes que aprenderte de memoria; cualquier número de esos te va a responder y ayudarte.

—Está bien, amor, está bien —estuve de acuerdo, cuando una memoria vino a mi mente.

—Ahora, quiero decirte algo que vi hoy cuando venía de casa de mamá.

Me pareció…, no estoy segura, que el Pelirrojo estaba riéndose con Eva, que estaba estacionada en un auto en la calle frente a la entrada de la casa de la laguna.

—¿Estabas tan lejos de la casa, amor? —fue lo primero que preguntó.