83. NO ES LO QUE CREES
LILIAN:
Me observaba fijamente, evaluándome, y debo confesarlo, me atemorizaba un poco. Con el miedo arañando mi estómago, me mantuve firme. Alessandro era un hombre cruel, lo sabía, y yo le había causado muchos problemas por ser terca y directa. Éramos dos fuerzas de la naturaleza chocando y amándonos.
—¿Por qué lo preguntas? —No respondí, bajando la vista.
—Lili, tú eres muy fácil de leer. Te vi cuando llegamos buscándolo —respondió con sinceridad—. Lo sé y te entiendo, debiste decírmelo. Hubiera permitido que lo hicieras.
—¿De veras? ¿Te diste cuenta? —Siempre me decía eso, que era fácil de leer y, al parecer, era verdad—. Es verdad, quería verlo. No sé por qué todavía siento esta necesidad de hablar con él. Quiero saber por qué se negó a ir a verme el domingo, cuando habíamos quedado en hacerlo.
Me quedé en silencio, sin el valor de mirarlo a los ojos, sabía que Alessandro se ponía celoso con Andy, pero no quería engañarlo, sentía en verdad la necesidad de hablar con mi ex.
—¿Eso? —quiso saber de pronto Alessandro, esquivando mi mirada.
—¿Por qué dices así? ¿Le hiciste algo a Andy? —Me incorporé un poco para mirarlo a los ojos.
Alessandro no contestó de inmediato y tampoco me veía directamente a los ojos. Y lo supe, él le había hecho algo, no se me olvida que parecía que le costaba trabajo moverse.
—¿Y si impedí que te viera, te molestarías? —cuestionó de pronto.
—No mucho. En realidad, después de que me dijiste que fuera a verlo, no iba a ir, me había arrepentido —confesé la verdad, aunque sentía esa necesidad de confrontarlo, ese día no quería ir—.
Migue se molestó cuando se lo dije, y le di la razón.
¿Qué explicación me podría dar para esconderme todo el tiempo quién era?
—¿Lo dices de verdad? —inquirió con una alegría que me sorprendió—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿No sabes lo que tuve que hacer para que te mandara aquel mensaje?
—¿Entonces sí le hiciste algo? —Sonreí, sentándome en la cama y queriendo saber—. ¿Qué le hiciste?
Volvió a esquivar mi mirada, pero no lo iba a dejar escapar. Al ver cómo lo miraba, comenzó diciendo que no me molestara, pero había mandado al capo Cian que le diera una golpiza porque estaba muy furioso de cómo Andy se había burlado de mí. Lo observé con incredulidad y al mismo tiempo complacida.
—También verte llorar me hizo querer matarlo. No lo maté por ti, Lili, te lo juro. Tampoco dejé que le rompieran las manos, porque sabía que no te iba a gustar que dejara de ser cirujano —explicaba apresuradamente—. Está vivo por ti, pero si quieres, lo elimino.
—¡No! —exclamé de inmediato—. No quiero que le hagas nada. Él, a pesar de todo, no es malo, y a su manera me ayudó.
Torció la cabeza al escucharme decir eso.
Luego me miró fijamente, desesperado, como si no supiera qué hacer conmigo.
Y sin más, comenzó a regañarme, exigiendo que dejara de decir que Andy me ayudó, porque no era así, se había aprovechado de mí.
Era hora de que empezara a mirar las cosas como son.
Y puede que sea verdad lo que decía Rufino, que al final Andy terminó amándome porque me lo merezco.
—Quizás a Andrea le pasó como a mí, que te metiste en el corazón sin que se diera cuenta.
Todo eso lo acepto, linda —siguió tomando mis manos—.
No obstante, Lili, estuve mirando todas las horas extras que hiciste todos estos años en el hospital, y la mayoría las hiciste haciendo su trabajo.
Si tú llegas a cobrar todas esas horas que hiciste para él, no hubiera tenido necesidad la señora Libia de trabajar como una esclava hasta altas horas de la noche en aquella lavandería.
Ni tú en emergencias, y Luci hubiera tenido una vida mejor.
—No es para tanto, Ale —protesté, esquivando su mirada y volviendo a acostarme en su pecho.
—¿No? —Me separó de él y se levantó—. Espera, puse a la de contabilidad que me sacara la cuenta de cuántas horas hiciste en total cada año, cuántas hiciste para Andy, y cuántas para ti y lo que hubieras cobrado si todas las hubieras hecho como extras.
No puedo creer que Ale se haya tomado ese trabajo. Es imposible que sea cierto lo que dice. Aunque Dalia ya me dijo algo de eso. Vamos a ver.
—Mira, Lili, aquí está —me mostró las cuentas que había recopilado—. Observa cuánto hubieras ganado en estos años si todo el trabajo que hiciste hubiera sido reportado como horas extras para ti.
—¿Esa enorme cantidad de dinero? —Me asombré ante la enorme suma y creí que exageraba—. Imposible, me estás engañando.
—Esa enorme cantidad es de un año, Lili.
Mira el total aquí —insistió mientras me mostraba—.
¿Te das cuenta de que hace rato hubieras podido sacar a tu familia de aquel edificio de mala muerte?
¿Ahora dime si Andy, que tenía dinero de sobra, no abusó y te utilizó?
Impidió que tú le dieras una mejor vida a tu familia, Lili, y a ti misma.
No pude dejar de darle la razón. Si estas cuentas que tenía aquí eran ciertas, Andy en verdad impidió que yo le diera una mejor vida a mi mamá y a Luci.
—¿No sabes el trabajo que pasé para comprar la computadora de Luci? La tuve que pagar a plazos —dije sin poder apartar mi mirada de la enorme suma.
Alessandro alejó las cuentas de nosotros y me hizo mirarlo fijamente. Aclaró que no eran celos solamente lo que sentía en contra de Andrea. Era rabia, rencor, odio por lo que nos hizo.
—¿Me entiendes ahora? Quiero que lo veas como realmente es.
Y no sigas mirándolo como tu salvador, tampoco como el único que te miró cuando nadie más lo hizo —siguió explicando ante mi cara de asombro e incredulidad—.
Andy, como estudiante de medicina, sabía que lo de Lucila no es contagioso.
También se acercó a ti porque su padre lo mandó.
Lo observé en silencio. Finalmente, suspiré, tratando de librarme de una carga que no sabía que cargaba y que me aprisionaba el pecho. Alessandro acarició mi rostro con ternura, y un poco de pena porque me habían engañado así. Pero lo último que dijo me llamó la atención.
—¿Qué quieres decir con eso último? —pregunté llena de curiosidad.
—Averigüé que el papá de Andrea se enteró de quién eras en realidad y te mandó a buscar —contestó con franqueza—. Cuando te encontró, mandó a Andy para que te enamorara y así apoderarse de toda tu herencia. No sé qué falló en su plan, porque Andy hace rato pudo casarse contigo y no lo hizo.
—Es verdad, yo me hubiera casado con él, feliz —contesté pensativa.
—¡Exacto! Eso es algo que todavía no sé. Quizás es lo que dijo Rufo: Andrea se enamoró de veras de ti y te estaba protegiendo de su padre —añadió pensativo—. O el plan era que fuera su padre quien se casara contigo.
—¿El padre de Andy quería casarse conmigo también? ¿Qué locura es esa? —pregunté con incredulidad y miedo.