¡Ups! ¡No me equivoqué! 82. UNA CONFESIÓN DESCONCERTANTE
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82. UNA CONFESIÓN DESCONCERTANTE

LILIAN:

Miré a Alessandro, que se había quedado en silencio.

Parecía arrepentido una vez más de haberme metido en su mundo.

Aunque, pensándolo bien, ya estaba dentro desde antes de nacer, igual que él.

Aprendería todo lo que me enseñara, y eso me llenaba de confianza.

Sería una muy buena observadora y también tendría que aprender a dirigir.

—Lili, te he visto en los videos que tiene Rufo de tu trabajo —dijo muy serio al ver la expresión que ponía—. Nunca dudas, y eres rápida en las más difíciles operaciones y complicaciones que se te han presentado. Pues, amore mío, debes llevar eso a la vida real.

Lo abracé acomodando mi cabeza en su pecho. Él también se acomodó mejor en la cama mientras me escuchaba decir que tenía razón. Cuando opero, soy la jefa, la que decide todo.

—Lo haré, Ale —prometí entre sus brazos—. Tienes que llevarme contigo a todas tus operaciones y dejarme tomar decisiones. ¿Lo harás?

—Sí, te llevaré conmigo a todas partes —aseguró enseguida. Sabía que quería traerme a su lado para protegerme—. Pero júrame que no te separarás de mí y que estarás prendida de mí todo el tiempo.

—Lo juro, Ale, juntos para siempre, en lo bueno y en lo malo —juré enseguida—. Quiero nada más que me contestes algo sinceramente, Ale. ¿Olvidaste a Celia? ¿Me amas tanto como a ella?

Después de hacerle esa pregunta, me arrepentí. Nunca debí formularla. Celia fue su primer amor, yo soy diferente. ¿Por qué tuve que preguntarle? Estaba a punto de pedirle que no me respondiera, cuando me asombró escucharlo.

—No, Lili, nunca voy a olvidar a Celia ni a mi hijo —dice con seriedad—. Fueron una parte importante de mi vida. Sin embargo, conocerte a ti ha sido toda una revelación para mí.

—¿Por qué dices eso? —Me giré para mirarlo a los ojos.

Alessandro me miró en silencio, luego me estrechó fuerte para al final mirar al techo mientras parecía hablar más para él que para mí.

Comenzó diciendo que siempre había pensado que había experimentado el más grande y único amor hacia su difunta esposa, pero su abuela le decía que no.

Ella siempre supo que Celia no era en realidad su verdadero amor.

—¿De veras? —Me asombra escuchar eso—. ¿Sabes por qué ella te decía eso?

—No lo sé, pero abuela me lo dijo muchas veces.

Yo siempre le contestaba que se equivocaba, que Celia era el gran amor de mi vida y tenía razón —hizo una pausa sin mirarme, antes de confesar mirándome fijamente—.

Lili, tú eres mi verdadero amor. Lo que siento por ti no se compara con lo que una vez sentí por ella.

La amé, no te lo niego, y era capaz de hacer por ella hasta lo imposible.

No obstante, cuando tú apareciste en la iglesia, que giré decidido a pegarte un tiro…

tus limpios ojos me taladraron hasta lo más profundo de mi ser, no te miento.

La sensación que tuve cuando tú me miraste, ahora la comprendo mejor.

Fue de alivio primero, luego de satisfacción, y por último de certeza.

No entendía con claridad lo que decía, o mejor dicho, no podía creerlo.

Recordaba su mirada la noche en la casa del lago, donde me prohibió enamorarme de él porque él solo amaría a Celia.

Mis labios se entreabrieron pero no dije nada.

Su confesión tan cruda, tan directa, me dejó helada, y al mismo tiempo, sentí una calidez en mi pecho que no podía controlar.

Escucharlo decir que soy el amor de su vida derritió mi corazón.

Alessandro seguía mirándome con su mandíbula tensa y sus ojos oscuros fijos en los míos. Quise decir algo, cualquier cosa, pero tenía miedo de romper ese momento con alguna palabra torpe o que no estuviera a la altura de lo que acababa de confesarme. Inclinó su cabeza y me besó.

—Lili, toda mi vida tuve esa necesidad de buscar algo.

No sé si fue que mi abuelo me lo transmitió en su búsqueda de mis padres, luego en la búsqueda de una cura para mi abuela —continuó—.

Lo cierto fue que cuando apareciste en mi boda, cariño, sentí que al fin había encontrado eso que ni yo mismo sabía que estuve buscando.

Sentí un ligero estremecimiento recorriéndome el cuerpo al escuchar esas palabras que jamás había esperado escuchar de él.

Su tono era sincero, fuerte, seguro y decidido.

Este hombre con un pasado oscuro que me hacía cuestionarme si estaba lista para todo lo que vendría junto a él ahora me decía que me amaba. Que era el amor de su vida.

Me acomodé en su pecho nuevamente, buscando refugio, mientras los latidos de su corazón retumbaban contra mi oído mientras lo seguía escuchando.

—Mi alma te reconoció, no sé explicártelo bien, Lili.

Fue como si te hubiese estado esperando ese día para que me salvaras.

Algo en mi pecho saltó, y mi corazón latió violentamente ante tu visión.

Por eso te agarré, Lili, y te obligué a casarte conmigo.

Ni yo mismo me creía que estuviera haciendo aquello.

Sin embargo, algo me decía que no debía dejarte ir —prosiguió mientras me abrazaba—.

Y aunque traté de convencerme a mí mismo de que lo había hecho porque me molesté por tu zapatazo y porque no quería volver a pasar por una boda, muy en el fondo sabía que no lo hice por eso.

Y comencé a amarte, Lili, como no sabía que se podía amar.

Tú eres mi verdadero amor, contigo me siento completo, sin miedos.

No es que no sienta celos, los tengo y mucho.

Porque temo perderte, Lilian, me aterra la idea de volver a esa oscuridad que viví después de la muerte de Celia y mi pequeño hijo.

—¿Me estás diciendo que, como yo, que creí amar a Andy, descubriste el verdadero amor conmigo? —Tenía que preguntar, asegurarme de que no me engañaba—. ¿Estás seguro, Ale? ¿No lo dices para hacerme feliz?

La sonrisa amplia de Alessandro al mirarme junto a los ojos brillantes con que me observaba me decían que era verdad.

—Estoy muy seguro. Tú eres mi verdadero amor, ese que me hace sonreír como un tonto con solo pensarte.

Que me llena con tu presencia, que me hace hacer y decir cosas que jamás pensé que fuera capaz —añadió con una sonrisa—.

Un amor que siento correspondido completamente por ti, lo cual jamás sentí ni tuve con Celia.

Ella me quiso, pero solo amó a Damián con todo su ser.

—Disculpa por preguntarte eso, Ale, no debí hacerlo —dije sinceramente arrepentida.

—No importa, no quiero que entre nosotros existan secretos ni dudas. Ahora seré yo quien te pregunte —se detuvo para mirarme—. ¿Querías ver a Andy hoy en el hospital?